El mundo ha cambiado en estos últimos veinte años, dice el tópico. Aceptémoslo. En el lapso de dos décadas, cronométricamente medido, entre el once de septiembre de 2001 y de 2021, entre la mayor y más sangrienta provocación terrorista en la historia reciente y la humillante retirada de la fuerza que habría de castigarla y vengarla, la realidad que nos rodea y la percepción que tenemos de ella han cambiado, pero ¿en qué? Hagamos esta pregunta a la manera improvisada que practican los programas televisivos de actualidad asaltando a los peatones en la calle, micrófono y cámara en mano: ¿en qué le ha afectado a usted el derrumbe de las torres gemelas y la ulterior y fallida guerra contra el terror?
El interpelado piensa la respuesta durante unos largos segundos: Es muy raro, por no decir algo peor, representar a la civilización occidental teniéndote que sujetar los pantalones con la mano para que no se te caigan. El interrogador mira perplejo al interrogado y este se crece. Ya sabe lo que le digo, cuando atraviesas el control de acceso del aeropuerto tienes que dejar lo que llevas en los bolsillos en una bandeja y eso incluye el cinturón, la cincha, que decía mi padre, y también los zapatos. Los pantalones se caen y has de agarrarlos para que no terminen en los tobillos mientras recuperas tus cachivaches de la bandeja donde los has dejado y los zapatos y te diriges a trote cochinero del control policial al control del pasaje para entregar la tarjeta de embarque que llevas entre los dientes. El tránsito no dura más de un minuto en el que estás prisionero under suspicion del estado que ha de protegerte. En ese trance no miras a los lados ni a ninguna parte, como si no te estuviera pasando a ti sino a otro por que el que no sientes ni un ápice de compasión, algo habrá hecho, y suerte con que el poli no te interrogue sobre un tubo de gel de baño o de crema de afeitar que llevas en el bolso de mano y que podría utilizarse para reventar, otra vez, el orden liberal y democrático, que está en un ay. La humillación queda grabada a fuego.
Entretanto, los pantalones, el símbolo de tu dignidad civil, siguen pendientes de la trémula fuerza de tu mano agarrotada. No puedes enfundar el cinturón en las presillas ni cuando llegas al avión porque te rodea una apretada patulea de viajeros nerviosos y humillados como tú, sin más consuelo que zambullirse en su asiento y alejarse tan alto como sea posible de la pesadilla aeroportuaria, aunque el destino sea la bruñida superficie de otro ignoto rascacielos, y de esta guisa arribarás a Santiago de Chile o a Kuala Lumpur con la prenda indumentaria que mejor representa a la civilización occidental cubriéndote las vergüenzas de incierta manera.
El único efecto del terrorismo, aparte de los destrozos materiales y personales que produce, es que despierta al leviatán al que hemos entregado el monopolio de la violencia para que nos proteja de ella. Escribo esta conclusión con una mano mientras sostengo el pantalón con la otra.