Don Óscar Puente, el ministro de los trenes que chocan,  no dimitirá después de la tragedia de Urda. El ministro es un tipo belicoso y ha apoyado su decisión en un afirmación desafiante: Dimitir para reconfortar a las víctimas? Cuánto reconfortaría de cero a cien a quien ha perdido un hijo, un padre o una pierna. Y, aún ha añadido, me espera un calvario, encima, en campaña electoral. En último extremo, permanecerá en su puesto porque el presidente no me ha pedido que lo deje. Cualquiera que sea el argumento de su decisión, ha hecho lo previsible, lo que hacen todos.

En 2003, don Federico Trillo, a la sazón ministro de defensa cuando se produjo el accidente aéreo del Yak42 en Trebisonda (Turquía) en el que fallecieron todos los pasajeros, setenta y seis militares que volvían a casa después de una misión en Afganistán, tampoco dimitió. Más tarde explicaría que le preguntó a su jefe de gobierno, don Aznar, si debería hacerlo y este le dijo que no. Don Aznar tenía buenas razones para que la dimisión no entrara en sus planes. Al comienzo de su carrera política, su antecesor en la presidencia de Castilla-León, el socialista don Demetrio Madrid, dimitió del cargo porque iba a ser procesado por una cuestión privada, un presunto delito relacionado con la venta de su empresa familiar, precisamente para evitar incompatibilidades con su nuevo cargo, por la que las empleadas de la empresa se querellaron contra él. Años después, fue declarado inocente, pero su dimisión debilitó al partido y favoreció la ulterior vitoria de don Aznar al frente de la comunidad. Hoy nadie se acuerda de don Demetrio Madrid pero don Aznar, que sabe de estas y otras desgracias, sigue entre nosotros, tan pimpante en la misión que se ha asignado como gran timonel de la derecha.

La razón nos dice que la dimisión de un cargo político no significa responsabilidad penal, que determinarán en su caso los tribunales; ni tampoco responsabilidad moral porque no está probado que un hecho en último extremo aleatorio se relacione con la ejecutoria del dimisionario. Lo que la dimisión significa es que el responsable de cierta área administrativa se aparta cuando ha ocurrido algún suceso desastroso en su ámbito de competencia. La dimisión clarea el escenario, rebaja la tensión emocional del público y favorece la investigación del suceso por un poder independiente. Es un gesto de probidad y gallardía, palabras en completo desuso. Tan en desuso como la dimisión misma. En la cultura celtibérica hay una rocosa tradición de servicio público en términos militares, donde el honor y la victoria van emparejados y entregar la plaza es sinónimo de derrota. Las víctimas, si las hay, se las entierra y se acabó, aunque el entierro se haga a lo loco para ganar tiempo, como ocurrió en el caso mencionado del Yak42 donde algunos muertos reposan en el féretro de otros.

Resistir es vencer es un lema agónico y bien implantado en la imaginación popular. Al parecer, según google, tendría un origen guerracivilista porque procede del que fuera último jefe de gobierno de la II República, don Juan Negrín, que formulaba así su política de no rendirse al empuje del ejército franquista a la espera de que el estallido de la inminente guerra mundial cambiara la correlación de fuerzas a favor de la causa republicana. No fue así, como sabemos, pero podemos dar por seguro que este es el cálculo que ahora mismo se hacen los partidos en liza electoral. Lo ha explicitado el aguerrido don Feijóo: si no dimiten ellos, los dimitiremos en las urnas. La cuestión es: ¿cuántos votos movilizan sesenta y nueve muertos y más de ciento ochenta heridos? Esperemos que en esta ocasión los difuntos, cumplida su misión de fomentar la participación electoral a favor de este o aquel, viajen a la eternidad en el féretro que corresponde a cada uno.