Don Feijóo ha relevado a su guardia pretoriana ante la batalla electoral. La brigadilla de portavoces que le ha acompañado en su travesía del desierto parlamentario –doña Gamarra, don Tellado, doña Muñoz- parecía una exposición canina. Cada portavoz tenía su propio esqueleto y pelaje pero todos hacían lo mismo: ladrar a don Sánchez desde el escaño, como si fuera un extraño en el dormitorio de la casa familiar. Porque, en efecto, toda la estrategia del pepé desde que don Feijóo conoció el amargo sabor de la derrota ha consistido en señalar al presidente del gobierno como un usurpador, un okupa de La Moncloa. A la derecha, lo único que le preocupa de la cuestión de la vivienda son las tribulaciones, reales o fingidas, de los propietarios.

Pero ha llegado el momento de afinar un poco los argumentos y, sobre todo, la calidad de los guardianes de la finca. Los ladridos terminan por enervar a todo el mundo, así que el líder se ha hecho flanquear en la lista de Madrid por doña Cayetana Álvarez de Toledo (2ª) y don Borja Sémper (3º), en puestos de salir, como suele decirse. El rasgo más significativo de este relevo es que la vieja guardia estaba formada por caracteres planos y en la nueva son tridimensionales. Los dos designados tienen experiencia en portavocías pero representan personajes más complejos que don Tellado, que parece un toro de Guisando.

Son caracteres que han exhibido cierta incompatibilidad recíproca en el pasado, lo cual el líder considera un activo de sus nuevos fichajes porque, en su cálculo ratonero, ella servirá para frenar la hemorragia de votos de la derecha hacia vox y el encanto de él atraerá a la gente de izquierda que rechaza a Perro Sanxe. Habida cuenta que se trata de un cálculo estratégico de don Feijóo podemos apostar por su éxito. Es improbable, para decir lo menos, que el discurso altanero y banal de doña Cayetana, que ya le costó el liderazgo del partido en Cataluña por incompetencia, vaya a seducir a algún votante de vox, la opción preferida del buen pueblo ignaro. Y que el tono zigzagueante y quebradizo de don Borja resulte atractivo para nadie, sea de izquierda, derecha o mediopensionista. Doña Cayetana mira al diminuto electorado desde la altura de sus 1,68 m. y don Borja tiene la compulsiva necesidad de hacer amigos en todas partes. Si fracasara el proyecto político, el dueto podría dedicarse al mundillo del espectáculo sadomaso: ella como dominatriz y él como esclavillo perplejo.

Señalar el carácter teatral de esta pareja improvisada no es solo una pequeña maldad argumentativa sino el apunte de una evidencia. Ninguno de los dos tiene experiencia política acreditada más allá del postureo en el parlamento o en ruedas de prensa. Él vivió a pie de calle en los años de plomo del terrorismo etarra mientras ella viajaba en el globo de un conservadurismo rancio y ampuloso; esta fue la causa de la breve disonancia entrambos en 2019, la que ha dado lugar a una ristra de crónicas y memes a raíz de sus altos nombramientos en el radiante futuro de la derecha.  En perspectiva, aquel rifirrafe verbal y súbito retrata a los dos caracteres: arrogante y dogmática, ella; atribulado y sentimental, él. Ambos son lo que dicen y lo que parecen, sin que haya nada detrás y cuando los hechos imprevisibles adoquinen el calendario político dirán una cosa y la contraria para salvar la cara y ganar tiempo. Que este vacío esté extendido en la clase política española no quiere decir que no sea penoso e inquietante. Pero en fin, vamos tirando.