Don Sánchez no siempre afina en la elección de su equipo más próximo y quizás esa sea una de las fallas más notables de su ejecutoria porque expande la sospecha de que se apoya en una estructura política muy frágil. Ya sea por falta de banquillo, exceso de seguridad en sí mismo o desprecio hacia las consecuencias políticas que los errores de gestión de sus ministros acarrean, lo cierto es que no puede decirse que el equipo de gobierno sea una escuadra uniforme y eficiente.
Dejando de lado, que ya es dejar, el nombramiento sucesivo de dos secretarios de organización del partido –don Ábalos y don Cerdán, el primero además ministro- procesados por corrupción, hay otras figuras de su gobierno que merecerían el cese, aunque no por razones delictivas sino funcionales. Este se ha producido en el pasado por acontecimientos imprevistos o debidos a presiones externas como lo que provocó la destitución de Arancha González Laya para satisfacer al rey de Marruecos. A sentido contrario, el presidente no ha dudado en sacrificar a ministras de las que nadie se acuerda del nombre para presentarlas como candidatas en elecciones regionales que el pesoe tenía manifiestamente perdidas.
Tal vez hoy no sea el día adecuado para poner de relieve una disonancia perceptible desde el momento mismo en que se nombró a don Oscar Puente para la cartera de transportes. Tuitero y conductor de ferrocarril o piloto de avión son profesiones incompatibles. El primero opera en un plano virtual, fugaz e irresponsable; el segundo se ocupa de maquinaria pesada de consecuencias atroces en caso de error. Don Puente parece a menudo el conductor de un tráiler por la autopista absorto en las quisicosas que le suministra su móvil. No hay duda de que el ministro es un hombre de partido, robusto y belicoso en sus convicciones, y, por lo que dice su currículo como alcalde de una ciudad de dimensión media, un buen gestor, pero ahora mismo carga con dos accidentes ferroviarios ocurridos en menos de nueve meses con un saldo de 110 fallecidos. El balance, tremendo, es tanto más inquietante cuanto que ambas tragedias han tenido lugar en la red de alta velocidad y probablemente a causa de su éxito entre los usuarios.
La realidad se ha propuesto imponer sus exigencias ante las elecciones del 29N -primero fue la cuestión de la vivienda a raíz del fallecimiento de Maricarmen Abascal y ahora la cuestión del servicio ferroviario- después de una legislatura ocupada por un debate virtual entre posiciones ideológicas y de poder. En esta gresca, el ministro don Puente ha sido un operador habitual y entusiasta como fuerza de choque dialéctico. Pero ¿qué hace un tipo que debería estar ocupado en los cálculos complejísimos que permiten el funcionamiento de la red de transportes de un país aplicado a las réplicas volanderas y a las ocurrencias maliciosas y ociosas que discurren por las redes digitales? ¿Es necesario un ministro de una cartera del gobierno para responder al zumbido de la oposición en temas que no son de su competencia directa? ¿No saldría más barato y sería más higiénico externalizar la tarea, en último extremo banal, a un equipo de nativos digitales? Al viajero absorto en las fantasías que le proporciona la pantalla de su tableta no le gusta imaginar que el ministro encargado de que llegue a su destino en tiempo y sin percances está ensimismado de la misma guisa.
Es inevitable que, en este momento, mientras las brigadas de socorro buscan aún víctimas entre el amasijo de hierros, los analistas electorales estén haciendo cálculos de coste/beneficio del accidente en los inminente comicios. La realidad, ese fastidioso componente de la existencia humana, ha entrado en juego; para unas decenas de compatriotas de manera irreparable.
(La imagen ha sido tomada del archivo de La Gaceta de Salamanca)