El más mediocre de los escritores románticos encontraría un filón novelesco en la relación procesal, llamémosla así, del juez don Juan Carlos Peinado y la encausada doña Begoña Gómez. No me digan que no ven en este procedimiento una turbia mezcla de celos, resentimiento y venganza. La imagen casi pornográfica que se nos viene a mientes es la del inquisidor que lacera las carnes de la sospechosa de brujería en la cámara de torturas, más complacido en el procedimiento que en el resultado que puede esperarse de él. Si esta instrucción puede considerarse ejemplo de la práctica de la justicia, tenemos un problema serio.

El inquisidor y el juez parten de la misma premisa para perseverar en su tarea. El primero piensa que la muchacha a la que atormenta es joven y bella por lo que forzosamente ha debido yacer con el demonio y está embrujada. El segundo razona que si la sospechosa comparte lecho con el presidente del gobierno ha de ser culpable. Inquisidor y juez tienen puesta la mirada en un maligno superior, inasible en el procedimiento. Satanás para el inquisidor y don Sánchez para el juez. En cada comparecencia exigida a la acusada, el juez don Peinado le aprieta las clavijas, modismo que procede de la tortura inquisitorial y alude a la compresión de las articulaciones óseas con un tornillo para aumentar el dolor y acelerar la confesión. Por ahora, sin éxito. Y, como se acerca el fin de la instrucción, el juez ha resuelto retirar el pasaporte a doña Gómez y ponerla en manos de un jurado popular, como hizo Poncio en situación análoga. Si hubiera podido enviarla a juicio con sambenito y coroza y montada en un asno lo habría hecho, sin duda. No debe olvidarse que este juicio está motivado por un anhelo de pureza nacional en un país contaminado por las maniobras diabólicas de don Sánchez y en consecuencia ha de ser ejemplarizante. Los más parecido a un auto de fe.

Don Peinado no es un juez pata negra sino un esforzado laborante del derecho. La mayor parte de su carrera profesional discurrió como secretario municipal y accedió a la judicatura por el tercer turno, etiqueta humillante donde las haya. Los malpensados sostienen que este mecanismo de acceso se creó para reforzar la plantilla de los tribunales con letrados de confianza del sistema, que no deben el cargo a su esfuerzo e inteligencia sino a su disposición para adaptarse al alambique del procedimiento. Sea cierto o no, aquí está don Peinado, dispuesto a reivindicarse como fiel servidor de la justicia y resuelto a dejar su servicio activo (se jubila en breve) como el héroe que libró a España del sanchismo.

No hay duda del carácter ciclópeo de la tarea si se tiene en cuenta la munición de partida con que contaba el juez. Entregadme la carta de un hombre, cualquiera que haya escrito, y lo enviaré a la guillotina, es una famosa sentencia atribuida a Joseph Fouché, que fuera jefe de la policía política durante la revolución francesa, el imperio napoleónico y la restauración borbónica. Un genio de lo que hoy llamamos las cloacas; una especie de comisario Villarejo superlativo. Pues bien, el juez Peinado ni siquiera tuvo esa carta autógrafa. La denuncia partió de una organización del frente judicial de la extrema derecha basada en recortes de periódicos que acusaban a la bruja de favores a empresarios aprovechando que era la esposa del presidente del gobierno.  La denuncia no iba acompañada de ninguna prueba y el fiscal entendió que los datos aportados eran erróneos e inverosímiles y recomendó su archivo pero el inquisidor vio la oportunidad de reivindicarse a sí mismo y al tercer turno del que procede. Eso ocurrió en 2024: dos años después, decenas de declaraciones y requisitorias judiciales y centenares si no miles de titulares en el entretanto, el inquisidor lleva a juicio a la bruja. Al principio, las acusaciones fueron por tráfico de influencias y corrupción en los negocios, pero ya en harina se añadieron al expediente apropiación indebida y malversación, e incluso apropiación de marca e intrusismo profesional, que fueron descartados porque no cabían en la carpeta.

El juicio oral va a ser la apoteosis de este esfuerzo. Si don Sánchez hubiera caído durante el periodo de instrucción en estos dos años la expectación sería mínima, aunque siempre hay gente que se apunta a la decapitación de un cadáver, pero ahora mismo la esperanza del fin del sanchismo está al rojo blanco y don Feijóo se muerde las uñas en su escaño de diputado raso. En estas circunstancias no es fácil que el tribunal eche a la papelera  el esfuerzo del juez don Peinado porque bajo las togas hay muchas cuentas pendientes con el gobierno. Quién sabe, quizá se recuerde la memoria del juez con una estatua en su localidad natal, El Tiemblo (Ávila).