Un rasgo de la sociedad democrática del que deberíamos sentirnos orgullosos es que cualquier idiota tiene derecho a hacer o decir idioteces, en nombre y honra de la libertad de expresión. Nadie está autorizado a la censura porque no hay un canon o convención universal que discierna lo propio de lo impropio. Claro que este derecho tiene truco. La libertad de expresión no se ejerce en un territorio adánico sino en un espacio que es una trama de intereses y propósitos envueltos en la placenta de la mala fe. La libertad de expresión no se ejerce a humo de pajas; tiene un objetivo político.

La célebre frase, no comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla, atribuida a Voltaire no es de Voltaire sino de su biógrafa Evelyn Beatrice Hall (1906) que intentaba resumir con un aserto rotundo e inolvidable lo que creía que era el eje del pensamiento del filósofo. Pero Voltaire era un tipo lo bastante baqueteado por sus relaciones con reyes, filósofos, editores y demás cantamañanas de maneras arbitrarias e irracionales para dar su vida por cada bobada que le era dado oír; de haberlo hecho, nadie recordaría hoy a Voltaire. El filósofo y el tipo que rezonga contra don Sánchez en la barra del bar ejercen la libertad de expresión, pero las palabras del primero y las de segundo no pesan lo mismo en su efecto en la opinión pública. Ahí está el truco, y cuando tu destino natural es languidecer en la barra del bar cuesta no delirar con que eres Voltaire.

Este es el deporte que practica el tal don Vito Quiles, el héroe de los acodados en la barra de bar porque se enfrenta a los que mandan con la verdad por delante (sic, oído a un parroquiano que leía el Marca, como don Mariano Rajoy, el desmemoriado). Dicen del personaje que es un periodista pero también le gusta que le conozcan como un comunicador, dos palabras que significan oficios muy distintos: el primero es un investigador de los hechos; el segundo, un exhibicionista. A Voltaire no se le hubiera ocurrido cruzar con su guante la cara de Catalina de Rusia para salir en el telediario, que es el ingenioso modo que el tal don Vito ha practicado esta mañana con doña Begoña Gómez, esposa del presidente del gobierno. Don Vito no aspira a producir noticias para el mercado mediático sino a romper la convención de esta industria y parasitar así la actualidad del día, lo que hoy ha conseguido con creces. Su trabajo no consiste en destilar conocimiento sobre la sociedad sino en inyectar violencia, aunque sea gestual, siguiendo la consigna del ideólogo trumpista Steve Bannon: inundar el escenario de mierda.

La agresiva violencia gestual tiene como primer objetivo tensar la convivencia y provocar una reacción en la víctima. Esta mañana lo ha conseguido con una de las acompañantes de doña Begoña Gómez, lo que ha dado ocasión a la portavoz del pepé, doña Ester Muñoz, a condenar todas las violencias, sin distinción de agresor y agredido. Don Vito es a la coalición reaccionaria española lo que el tipo de los cuernos y la cara pintarrajeada que asaltó el capitolio de Washington era al movimiento maga.  No cuesta demasiado imaginar una pequeña horda de vitos asaltando la sede del parlamento de la Carrera de San Jerónimo. De momento, nuestro protagonista ya ha conseguido ocupar una cabeza de playa, dicho en términos militares, entre el grupo de periodistas acreditados con el fin de reventar las ruedas de prensa que dan los portavoces del gobierno.

Un líder de partido insulta al presidente del gobierno y a un ministro, a los que tilda respectivamente de mierda y rata. Pero lo tenebroso de la situación es que el friso de seguidores del mitin a la espalda del orador –púberes y ancianos de aspecto bonancible- corean los más obscenos insultos agitando la bandera nacional. A la violencia verbal que empapa a una parte de la sociedad, y hace incluso gala de ello, sigue la violencia gestual de don Vito: asalto, coacción física y acusación inquisitorial a la víctima, todo en un misma acción ampliamente difundida por las redes sociales como una invitación a repetir el patrón en otras circunstancias y con otras víctimas, a elección del voluntario de la causa. ¿Cuál es el paso siguiente?