La soberbia humana ha tenido que ceder terreno a cada etapa de su autoconocimiento. La vanidad y la incredulidad han debido someterse a la evidencia de los hechos. Primero, por citar un momento inicial, fue cuando descubrimos que no somos la única especie humana que ha vivido en este planeta; de aquel barullo conservamos la estola del apellido, homo sapiens, y cierta simpatía de cuñado hacia los extintos neandertales.
Después, un paso más hacia el abismo del origen, hubimos de aceptar que procedemos del orden de los primates, una denominación más fina y elusiva que la de simple mono pero que significa lo mismo, lo que nos llevó en tropel a asomarnos al habitáculo de chimpancés y gorilas en el zoo. Esta contemplación, como el recuerdo reconstruido de los neandertales, tiene un tinte melancólico, como de quien reconoce que ha perdido algo en el tránsito. Oh, no es que queramos ser chimpancés para ser amados por Jane Goodall (q.e.p.d.), aunque por qué no en algún momento, Jane parecía una chica estupenda, sino que adivinamos una pérdida de oportunidades en la deriva que ha tomado la evolución. Vistas las cualidades de un chimpancé, y no digamos las de un gorila de montaña, cuesta creer que lo mejor que ha podido hacer la evolución somos nosotros.
Pero aún habríamos de pasar una nueva prueba en el conocimiento de la razón de nuestra estancia en la Tierra. La vida terrestre procede del mar. Al difundirse la noticia por los altavoces, el tropel de turistas asomados al habitáculo de los mandriles se desplazó a la piscina de los delfines y las orcas donde de nuevo encontramos motivos para la admiración por nuestro parecido con estos seres. De los delfines envidiamos su gusto por el juego, tan humano, los ojillos de beodo y su chasquear característico, que parece contar chistes, y de las orcas, su capacidad de organización grupal para perpetrar asesinatos. De nuevo nos invade la melancolía pero el viaje al origen no ha terminado.
Los sabios que se encargan de estos menesteres han encontrado las cinco moléculas básicas que determinan la vida en una muestra del asteroide Ryugu que orbita alrededor del Sol a una distancia variable de la Tierra de unos ciento setenta y nueve millones de kilómetros. Apréndanse los nombres de las moléculas que codifican la vida porque son el colmo de la modestia: adenina, guanina, citosina, timina y uracilo. La vida en su expresión originaria estaba ya en el Big Bang. Los investigadores se han apresurado a contener el entusiasmo por el descubrimiento, que no quiere decir que el asteroide sea nuestro ancestro ni que la vida haya llegado a la Tierra por panspermia, es decir, porque el pedrusco se la sacuda cada vez que entra en la órbita terráquea.
No obstante, ninguna cautela podrá evitar que alcemos la mirada al firmamento y lo veamos con otros ojos, no ya como una infinitud indescifrable sino como la casa solariega y que encontremos similitudes de nuestro carácter con la piedra que nos sobrevuela, en su opaca constitución, en su terquedad e indiferencia, en el hermético sentido de su órbita, y nos preguntemos también si era inevitable que tanto aparato tuviera como fin el bípedo implume que somos. En resumen, volvemos a la casilla de salida. El buen dios no creó a adán moldeando el barro sino espolvoreando el universo con adenina, guanina, citosina, timina y uracilo. La ciencia no nos libra de la melancolía ni de la necesidad de las leyendas.