El cine palestino está de moda y es apreciado por los espectadores a juzgar por el eco que encuentra en medios y redes y por las valoraciones que sus películas reciben de los usuarios en las plataformas digitales sin que medien campañas de marketing. Es un cine que no oculta el activismo y la urgencia. El carácter documental y la inmediatez de las historias, impregnadas de un dramatismo genuino y a menudo aterrador, justifican la afección del público. Ya veremos hasta dónde llega, porque el cine es engañoso: despierta emociones, a veces vivísimas, que tienden a esfumarse cuando se encienden las luces de la sala. En todo caso, no movilizan a los poderes que podrían acabar con las tragedias que se representan en pantalla.

Palestina 36 (Annemarie Jacir, 2025), aún en cartelera después de varias semanas de exhibición, no cuadra en el patrón urgente a que nos tiene acostumbrados la cinematografía palestina. Es una producción de alto coste y la puesta en escena y la narrativa recuerdan el cine de guerra que veíamos en los años cincuenta y sesenta. Es una peli de género histórico y lo que cuenta está fuera del foco en las actuales discusiones sobre el conflicto de Palestina. Puede decirse que la película trata de cuando empezó todo: la rebelión contra el poder de Gran Bretaña entre 1936 y 1939, la primera guerra anticolonial que libraron los palestinos cuando los incipientes colonos sionistas eran solo una sombra amenazadora y no la fuerza aplastante en que se han convertido.

En un cierto momento de la historia, un funcionario británico acude a una reunión con campesinos palestinos para convencerlos de que registren el perímetro de sus tierras a fin de hacer efectiva la partición del territorio con los colonos judíos; intenta fingir simpatía hacia sus interlocutores y en tono condescendiente le pregunta a uno por el nombre del asno que lleva con él y el campesino le responde, Lord Balfour. El funcionario toma nota de la respuesta y muda el semblante.

Veinte años antes del momento en que se desarrolla la historia de la película, en 1917, una declaración de sesenta y siete palabras en un folio proclamaba que Palestina era el hogar nacional de los judíos del mundo. La declaración se conoce por el nombre de su autor, Arthur Balfour (1848-1930), aristócrata conservador y primer ministro del gobierno británico, que abría así el paso a un conflicto interminable y agónico que, por último pero no en último lugar, es la expresión del histórico colonialismo europeo. El objetivo de la Declaración Balfour era sinuosamente dúplice: aspiraba a ganar para los intereses de Gran Bretaña a los judíos europeos, que empezaban a organizarse en el movimiento sionista, y al mismo tiempo era un  manifiesto antisemita porque invitaba a los judíos a abandonar el suelo europeo, de donde eran originarios y donde habían sido hostigados y segregados por los gobiernos cristianos desde siglos atrás. En resumen, una solución diplomática e indolora, menos para los palestinos, a la llamada en la época cuestión judía.

La Declaración Balfour tuvo efectos inmediatos. Los primeros enfrentamientos entre palestinos oriundos y colonos judíos datan de 1920 y si bien fueron escaramuzas más o menos esporádicas por causas generalmente relacionadas con la propiedad y el uso de la tierra, como se ve en la película, extendieron en la población palestina una conciencia política que desembocó en la convocatoria de una huelga general de todo el país, entre abril y octubre de 1936. Palestina no era una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, como proclamaba el tópico sionista, sino una sociedad tan compleja como cualquiera otra de aquel momento histórico, a la que sucesivos imperios –el otomano, el británico- le habían negado el derecho de autodeterminación y sentía que habría de ganarlo a través de la lucha. La primera fase de la huelga se hizo bajo la dirección de las autoridades tradicionales palestinas, personajes adinerados y con relaciones con la administración británica, que consiguió neutralizar el movimiento mediante concesiones, amenazas y, atención a este dato, el acuerdo de las monarquías árabes –Irak, Arabia Saudí, Jordania- que gobernaban territorios de facto protectorados británicos. La soledad de la causa palestina entre los árabes viene de lejos.

La segunda fase de la huelga, llamada la gran revuelta, se inició a finales de 1937 y revistió carácter de resistencia armada, dirigida por líderes campesinos, la clase social crecientemente despojada de las tierras donde los colonos judíos levantaban sus kibutz. En este periodo, el ejército británico reprimió la revuelta con la brutalidad que se ve en la película y con medios idénticos a los que utiliza ahora rutinariamente el ejército israelí: asesinatos de resistentes, arrasamiento de aldeas, detenciones masivas y arbitrarias, traslado forzoso de poblaciones lejos de sus hogares, etcétera. En este periodo, la resistencia palestina se dividió entre un sector pactista y otro partidario de seguir la lucha hasta conseguir el objetivo final, lo que dio lugar a un enfrentamiento con las armas en la mano entre ambas facciones, un patrón que se ha registrado muchas veces después, y ahora mismo está activo entre Hamás y Al Fatah. La facción radical estuvo liderada por Amir al-Husayni, muftí de Jerusalén, que intentaría pactar con Hitler para combatir a los británicos en Oriente Medio y frenar la migración judía. Husayni careció de influencia en sus propósitos pero su actitud ha valido para que Netanyahu le utilice como señuelo propagandístico atribuyéndole el papel de instigador del Holocausto.

La gran revuelta, que duraría hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, terminó con la derrota de la causa palestina. Según ciertas fuentes, afectó al diez por ciento de la población, entre fallecidos, heridos, deportados y encarcelados, y dejó devastados campos y aldeas. Los judíos que llegaron después de 1945 se encontraron con un patrón de conducta ya establecido y una novedad estratégica favorable: ninguna autoridad superior podía poner coto a sus conquistas y al modo de hacerlas. El imperio británico estaba en fase de extinción y, simplemente, sus fuerzas militares no podían hacer frente a los supervivientes del Holocausto, bien armados, apoyados por Estados Unidos y la mala conciencia europea, y resueltos a morir pero sobre todo a matar. Entre 1945 y 1948, los sionistas se enfrentaron menos a los palestinos que a los propios británicos y este es, por razones de épica obvia, el periodo histórico más publicitado por la propaganda israelí; la época que se describe en otra película histórica de gran fama cuando se estrenó: Éxodo (Otto Preminger, 1960).

La última imagen de Palestina 36 es una manifestación de palestinos que reivindican su país después de la derrota. En una localidad de la sala cercana a la que ocupaba este espectador otro coreaba a media voz las consignas de la pantalla. En Israel  han prohibido la película.

(La imagen que encabeza este comentario es una vista de la actual situación de Gaza, pertenece a la Unión de Comités de Trabajadores Agrícolas de Palestina (UAWC-PAL) y está publicada en la web Tierra Viva)