¡Que no quiero verla! (Federico García Lorca, La sangre derramada. Llanto por Ignacio Sánchez Mejía)

Las cifras son provisionales y al alza. En el momento de escribir estas líneas, las víctimas mortales del asalto a Ceuta el pasado jueves son más de setenta, en el lado español, y los buzos siguen buscando. ¡Que no queremos verla! Así que la atención de los espectadores se dirige al fútbol, lo verdaderamente importante. En Ceuta se ha jugado la preparatoria para establecer la sede de la final del campeonato mundial de fútbol en 2030. La muchachada sacrificada en el espigón del Tarajal no luchaba por su porvenir ni el de sus familias sino porque el gran partido se celebre en el estadio que construye el rey de Marruecos en Casablanca. En la retaguardia del asalto a Ceuta, junto al estado mayor de la operación, estaba don Gianni Infantino, el baranda del fútbol mundial, que profetizaba, el de 2030 será el mejor Mundial porque se celebra en el país más hermoso, Marruecos, mientras los jóvenes marroquíes se ahogaban en el mar.

Quién posee el fútbol, posee el mundo, y quítense de minucias como Groenlandia, Venezuela, Cuba, Irán, etcétera, países feos, pobres y costosos. Esta es la enseñanza que don Infantino ha inoculado en el oído del ogro de la cresta naranja, el cual, hasta oírlo de este rapaz, no sabía qué era una tarjeta roja. Y resulta que una tarjeta roja exhibida en el momento oportuno contra el adversario es más poderosa y muchísimo más barata que un portaviones nuclear. El portaviones da preocupaciones y la tarjeta roja da dinero.

Para demostrar su proyecto, don Infantino ha hecho un experimento en el mismísimo despacho presidencial de la casablanca, convertido en el centro administrativo del gran zoco de occidente (si vamos a Marruecos, hablemos árabe, Infantino ya lo hace) y ha intentado privatizar una tajada de los ingresos del mundial de fútbol a favor de un fondo de inversión en el que participa la familia del ogro. De manera no necesariamente inesperada, el experimento ha fracasado por la oposición de la unión europea de asociaciones de fútbol (uefa).

Esto es Europa. Los mismos países que piden la expulsión de España del espacio común por presuntamente favorecer la inmigración del sur, se niegan a que se privatice a Mbappé,  Dembelé, Camawinga, Bukayu Saka, Serge Gnabry, Romelu Lukaku, y así hasta quinientos nombres, que incluyen a nuestros Lamine y Nico, imprescindibles para el funcionamiento del fútbol y su rendimiento económico. Sin estos futbolistas de piel oscura estaría en grave riesgo la estabilidad social de los países europeos de los que son ciudadanos y sin ninguna duda Europa perdería el glamur que aún conserva malamente. Una parte de los jóvenes asaltantes de Ceuta también quieren vestir la camiseta del Barça, del Arsenal y del PSG y arriesgan su vida para conseguirlo. Al otro lado del mar les esperan jóvenes como ellos, de piel rosada, que berrean en el graderío musulmán en el que no bote y votan a vox.

El mundial de fútbol que celebrará en 2030 va a tener dimensiones planetarias e inéditas: jugarán sesenta y cuatro selecciones y los partidos inaugurales serán tres y se celebrarán en Uruguay, Argentina y Paraguay, para celebrar el centenario de esta competición. Después, el tinglado atravesará el Atlántico y el resto de encuentros tendrán lugar en España, Portugal y Marruecos, países organizadores, si bien este último se sumó a la tríada después de que la iniciativa española y portuguesa fuera aceptada. La guinda del pastel es la sede de la final, aún sin determinar.  El reglamento de la federación internacional de fútbol exige que el encuentro final del campeonato mundial se celebre en un estadio con capacidad para al menos ochenta mil espectadores. El Bernabéu está a priori descartado porque su aforo no llega a lo prescrito por unas dos mil plazas. La competencia está entre el Spotify Camp Nou de Barcelona (ciento cinco mil espectadores cuando se acaben las obras de reforma) y el estadio en construcción de Casablanca, que tendrá ciento quince mil plazas. España argumenta su condición de promotor de la candidatura del mundial y el indiscutible nivel de su fútbol cuando sus selecciones masculina y femenina son campeonas del mundo. Ya veremos, entretanto permítasenos una hipótesis no exenta de maldad.

Don Feijóo quiere ganar las elecciones y pacta con Rabat cuatro años de tregua olímpica en aguas del  Tarajal a cambio de favorecer, subrepticiamente, desde luego, la candidatura de Casablanca para la final del mundial. Ay, la eficacia de esta estrategia reside en que el gobierno del pepé dependa o no de los votos de los puigdemonteses en el parlamento, como le ocurre ahora a don Sánchez. ¡Qué carajo, siempre los catalanes de por medio!