La gran ambición (Andrea Segre, 2024) es una ficción documental que trae al espectador la figura de Enrico Berlinguer (1922-1984), que fuera secretario general del partido comunista italiano (el admirado pichí de nuestra remota juventud), presentado en el momento crítico en que maduraba el proyecto político por el que ha pasado a la historia: el compromiso histórico (compromesso storico, decían los que leían a Gramsci en el original). El hecho mismo de la existencia de esta película da noticia de una subterránea añoranza de un tiempo, de una idea y de un modo de hacer política que se malograron casi de inmediato.
El pichí fue el mayor partido comunista de Europa occidental después de 1945, y el más influyente entre los partidos hermanos de esta parte del mundo. Con entre uno y dos millones de afiliados impregnaba la sociedad civil y servía de referencia cultural y soporte político a trabajadores industriales, jornaleros del campo, funcionarios y pequeños empresarios. Fue un partido nacional, presente en el consenso antifascista y tuvo representación ministerial en los gobiernos provisionales al fin de la guerra pero tras la institucionalización de la república y del sistema electoral, que apoyó, nunca alcanzó el gobierno, permanentemente ocupado por la democracia cristiana cuyas redes clientelares se nutrían de estratos muy arraigados de la sociedad y que, en el marco de la guerra fría, recibía el apoyo de Washington y de la iglesia católica. La competencia desigual de democristianos y comunistas inspiró la literatura popular en las novelas del cura Don Camilo y el alcalde comunista Peppone de Giovaninno Guareschi. Fueron los años de La dolce vita en los que el partido comunista hizo posible una más equitativa distribución de las rentas del desarrollismo y garantizó la estabilidad del régimen democrático.
A las alturas de 1973 el milagro económico de la posguerra había llegado a su fin. La llamada crisis del petróleo anunció una nueva era de incertidumbre para el modelo económico vigente y el fin del consenso sobre el que se basó la gobernanza de los países europeos occidentales vigente durante las tres décadas anteriores. Venían, aunque no lo advirtiera nadie, los años de plomo. El año anterior Berlinguer había asumido el liderazgo del partido comunista y emprendió una estrategia para restaurar el consenso con la democracia cristiana en base a reformas necesarias y mayoritariamente aceptadas. El modelo político daba muestras de desgaste, la economía se enfrentaba a retos internacionales nuevos y la corrupción institucional era generalizada. El compromiso histórico vino envuelto en una doctrina política nebulosa y prometedora que se conoció como eurocomunismo, una formulación de Berlinguer adoptada con mayor o menor reticencia y dificultad por los otros partidos comunistas occidentales, singularmente de España y Francia, que significaba la desconexión del comunismo soviético y la aceptación sin reticencias del sistema parlamentario pluripartidista. La liquidación de la primavera de Praga por los tanques rusos en 1968 fue determinante para este cambio de rumbo.
Berlinguer, como lo retrata la película, era un tipo familiar, de apariencia anodina, maneras cálidas, sonrisa empática y mirada entre inquisitiva y resuelta, dialogante, persuasivo y tenaz, tenía fama de no levantarse de la mesa de negociación hasta alcanzar el acuerdo, lo que le valió el mote de culo di ferro. El democristiano Aldo Moro aceptó la oferta del compromiso histórico, que era también un reto, y ambos líderes emprendieron negociaciones muy laboriosas que concluyeron con el acuerdo de un nuevo gobierno democristiano cuyos ministros contaban con la aprobación previa del partido comunista; lo que significó, y no era poco, la pérdida de soberanía del tradicional partido de gobierno en Italia. Era el primer paso y una fisura abierta en la férrea estructura geopolítica de la guerra fría.
En la mañana del 16 de marzo de 1978, Aldo Moro salió de casa para dirigirse al parlamento donde habría de votarse una moción de confianza al gobierno democristiano de Giulio Andreotti con la nueva lista de ministros pactada con Berlinguer, cuando fue asaltado por un grupo de encapuchados armados que asesinaron en pocos segundos a sus cinco escoltas y le secuestraron a él. Las Brigadas Rojas, un grupo terrorista que causaría mucho sufrimiento y daría mucho que hablar, había entrado en la historia de Italia y de Europa. El cuerpo de Moro asesinado fue dejado por sus verdugos en el maletero de un coche donde se descubrió el 9 de mayo, en una calle romana entre las sedes de la democracia cristiana y el partido comunista. El compromiso histórico había estado vigente durante 54 días y nunca volvió a reeditarse y en 1980 fue oficialmente cancelado.
Berlinguer falleció cuatro años después a consecuencia de una hemorragia cerebral que le sobrevino durante un mitin en Padua. A sus exequias asistió un millón de personas en la manifestación cívica más impresionante de la historia de Italia. Los asistentes quizá sabían que no solo despedían a un hombre sino a una época. Su última propuesta estratégica, una llamada alternativa democrática que habría de ser secundada por las fuerzas de la izquierda nunca se realizó. El partido comunista italiano no pudo resistir al desplome de la unionsoviética, si bien la democracia cristiana aún duró unos años más antes de desvanecerse entre corruptelas sin límite mientras la historia cambiaba de órbita y una vez más Italia mostraba su condición de adelantada. Berlusconi, que llegó al poder en 1994, puede considerarse el ancestro del actual trumpismo, con los mismos rasgos que él implementó hace treinta años: monetarización de las decisiones políticas, chalaneo comercial en lugar de diplomacia, champán, caviar y chicas para las clases altas y para las clases bajas, televisión con mucho brilli-brilli y realities estrepitosos (hoy transformada en redes sociales). La menguada herencia de Berlinguer quedó alojada en el partido democrático, de centroizquierda, tardía y tímidamente fundado en 2007 por democristianos y eurocomunistas.
¿Qué queda de aquello en este tiempo en que los deshilachados desfiles del primero de mayo son atravesados por impertérritos repartidores de glovo en biciceleta con los oídos tapiados por spotify? ¿Alguien puede imaginarse en esta atmósfera de zascas a un político que no se levanta de la silla hasta alcanzar un acuerdo con su contrincante? Cuando vuelven las luces de la sala, el espectador se ve como un náufrago que ha asistido al hundimiento del barco en el que inició el viaje.