Distraídos en nuestras quisicosas domésticas -ya conocen el repertorio de zarzuela: Pedro y Susana, Pablo e Iñigo, Soraya y María Dolores– y ofuscados por la antipatía instintiva que sentimos hacia Nicolás Sarkozy, hemos recibido con una tibia mezcla de satisfacción e indiferencia el resultado de las primarias en la derecha francesa, en las que el hiperactivo ex presidente de la república ha sido derrotado por quien fuera su primer ministro, François Fillon. Al contrario que su adversario electoral, Fillon no es glamoroso ni necesita coturnos para pasear con su chica, sino que presenta la apariencia respetable, grisácea, ligeramente cargada de hombros, el rostro ojeroso, típica de un enarca francés, así que, por alguna razón, parece más inofensivo que su derrotado contrincante. Los politólogos, esa chusma en declive, no previeron su victoria (¿les suena de algo?), de modo que tuvieron que leerse su programa aprisa y corriendo para descubrir, caramba, que el candidato cree que estamos en la tercera guerra mundial, esta vez contra el totalitarismo islámico y que hay que emprenderla con cualquier método, aunque sea antidemocrático, léase mediante una alianza con Putin y el dictador El Assad en Siria para seguir pulverizando Alepo, como durante la segunda guerra mundial pulverizaron Berlín, Hamburgo y Dresde con el concurso de Stalin. La querencia rusa está en el adn de la política de estado francesa y se manifiesta en cada ocasión a riesgo de tergiversar la historia. Lo cierto es que la alianza de las democracias occidentales con Stalin fue reticente y tardía (entre otras razones porque durante un periodo crítico Hitler y Stalin fueron aliados) y, en último extremo se hizo para liberar Europa occidental, es decir, el propio territorio de Francia, del dominio nazi al que obsequiosamente había abierto la puerta el gobierno francés de la época. Pero, ¿qué territorio hay que liberar ahora? El proponente parece olvidar que ya se liberaron Irak y Afganistán, con los resultados sabidos. Una intervención militar masiva –mundial, en la terminología de Fillon- en los países árabes sería vista por sus aparentes beneficiarios como una reedición del colonialismo para el que Fillon tiene palabras obscenamente naïves: la colonización se hizo para compartir con otros pueblos nuestra cultura. Es un lugar común que tiene de antiguo su versión paródica en francés. Nos ancêtres les Gaulois era la fórmula patriótica que tenían que aprender los niños de Senegal y Costa de Marfil en la escuela primaria de la colonia, y el último que la enunció en esta misma campaña electoral fue el húngaro Sarkozy, lo que provocó grandes carcajadas de la progresía nacional. En fin, esta es la derecha que se nos viene encima porque lo que va a ocurrir en las presidenciales francesas es que todo el voto republicano se unirá para votar a la derecha extrema de Fillon a fin de evitar que gane la extrema derecha de Le Pen. Los socialistas, al garete, como ya ocurrió hace quince años con Lionel Jospin, el último socialista con aspecto de socialista que ha tenido Francia. La buena noticia al sur de los Pirineos es que no tenemos que preocuparnos de estos asuntos porque la derecha, tanto la extrema como la faldicorta, ya está en el gobierno, con ayuda de Felipe González, el último socialista que jamás ha tenido aspecto de socialista, ni ganas.
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