En algún momento de los años ochenta del siglo pasado germinó en las elites del mundo la prometedora ocurrencia de que la sociedad y el estado eran obstáculos para el desarrollo del individuo, cifrado éste en la consecución de tanta riqueza como fuera capaz de afanar, no importa cómo. A medida que esta idea libertaria y voraz se popularizaba, las mismas elites se ocupaban de ampliar el campo de extracción de riqueza, de derribar los controles a su acumulación, de crear espacios fiscalmente exentos y de poner precio a todo lo que había sobre la faz de la tierra, singularmente a los propios seres humanos, la mayoría de los cuales quedó convertida en calderilla. El proceso de demolición del viejo orden democrático y de los estados nación aún no ha concluido pero hoy ha alcanzado un hito memorable con la elección de un gorila rabelesiano como emperador de occidente. El ogro de cresta color panocha, que encarna como nadie este nuevo evangelio, ha dejado de ser una esperanza para convertirse en un monarca ejecutivo por los votos de sus mayoritarios seguidores. En términos de religión revelada, que entenderán los innumerables cristianos que pueblan la metrópli y que le han votado, se trata de una epifanía, una transubstanciación y una redención, todo en uno. No se entienden los aspavientos de los mercados, las cancillerías y los centros de opinión, aprendices de brujo que han trabajado intensamente para que ocurriera lo que ha ocurrido. Lo que nadie sabe es qué va a ocurrir. El fascismo es una alianza entre las elites y la chusma, según Hannah Arendt, y ahora toca sustanciar ese pacto en medidas concretas que satisfagan las apetencias de los irritados y vindicativos votantes del ogro. ¿Cómo? Después de que hayan agotado el repertorio de eslóganes nacionalistas, se hayan cansado de hostigar a las minorías y de inventar enemigos y responsables de sus problemas, ¿habrá más empleo?, ¿las grandes corporaciones verán recortados sus privilegios?, ¿la sociedad se verá aliviada de sus tensiones de clase?, ¿el mundo será más pacífico y cooperativo?. Hasta el nacionalismo, por rudimentario que sea y prometedor que parezca, es de difícil gestión en este tiempo. Que se lo pregunten a la señora May en Reino Unido. Entretanto, el ogro tendrá ocasión de corretear por el mundo, hacer amigos, acumular intereses, destrozar la vida de unos cuantos y volver luego a sus negocios privados más fuerte y rollizo de cuando los dejó para entrar en política. Como todos.