Las imágenes publicitarias que este verano han difundido de nuestro presidente del gobierno en actividades vacacionales al aire libre muestran a un hombre que no siente especial aprecio por batir ninguna marca. Desganado y fondón, intenta aliviar el embarazo de la situación con una media sonrisa concesiva que parece ser su gesto estándar cuando le enfoca una cámara. La naturaleza que le rodea es un decorado y los mismos ejercicios de senderismo podría hacerlos en la cinta sin fin y los de natación, en una pileta doméstica. Hace ejercicio físico, quizás, por recomendación médica o por consejo de sus asesores de imagen. El hombre fiable, previsible, con sentido común, que es su marca registrada, hace en cada ocasión lo que tiene que hacer y si es verano toca un chapuzón en la poza del río y un paseo entre pinares. Eso no le hace más atractivo, sino más obvio, si cabe. Nada que ver con su jefe espiritual y mentor político, que entra en el gimnasio y no sale de él hasta que ha conseguido un par de músculos abdominales más que el resto de la raza humana. Eso sí que es un líder. El de ahora, en cambio, cifra su honra en someterse al mandato de los hechos. Si fuera hindú podríamos decir que espera que su virtuosa existencia le haga merecedor de reencarnarse en un ser superior, por ejemplo en Aznar. Pero aun esto implica una ambición inimaginable en un hombre mimetizado con la realidad. Si esta no fuera tan aflictiva, ni repararíamos en que está ahí. Rajoy solo espera cumplir con su deber, lo que implica el reconocimiento de que alguien le impone el deber en cada momento, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional que acaba de advertir sobre la caída del crecimiento en España. Aparte de que este pronóstico le ha aguachinado el único argumento que tenía urdido para la próxima campaña electoral, crucemos los dedos para que su sentido del deber no le lleve a tundirnos con otra mano de recortes cuando vuelva de su paseo bajo los pinos.