Un blablabá de periódico dominical nos informa de que el pepé se dispone a conquistar el centro. Las rayas son imprescindibles en los juegos de competición. Definen el campo de los contrincantes y las reglas por la que se rige el encuentro. Hay rayas de pasa y falta, de penalización, de fuera de juego, de lanzamiento de la pelota, etcétera, y todas ellas se articulan en una lógica que da sentido al juego. Esta necesidad de las rayas se ha extendido a actividades no lúdicas y algunas de consecuencias mortales, como las rayas que marcan los carriles de la carretera o las que definen la posición de los ejércitos en el campo de batalla. El famoso manual de guerra de Sun Tzu puede leerse en esa clave de un espacio bidimensional surcado de rayas. Es inevitable, pues, que el juego se haya trasladado a la política. Los intentos teóricos de trascender la simpleza del eje derecha/izquierda han fracasado, como bien han experimentado aquí los partidos emergentes, cuya aspiración a la transversalidad no oculta más que su propia desorientación de principiantes. Ni el momento populista de Errejón ni el mantra de ni rojos ni azules de Rivera consiguen convencer al personal de que el primero no está a la izquierda y el segundo no está a la derecha. Lo crean ellos o no, esta certeza produce una enorme tranquilidad al electorado porque despoja a su voto de incertidumbre. Definido, pues, el eje de la competición, se trata de saber cómo se gana la partida. Hay una convicción generalizada de que ganar en política significa conquistar el centro, que no es solo el hipotético punto medio entre dos extremos sino una entidad sociológica constituida por personas y grupos inertes a fuer de moderados y pasivos; una especie de colina feliz en la que, según los expertos, acampa algo más del veinte por ciento de la población. Esta convención centrista no se ajusta a la realidad, claro, porque no hay individuo ni grupo organizado que no sea extremista en algo, pero constituye un desiderátum porque ciertamente ninguna sociedad puede ser estable y próspera sin centrarse, del mismo modo que un boxeador no puede mantenerse el pie sobre la lona si no consigue que el conjunto de fuerzas contradictorias que gravitan sobre su cuerpo se neutralicen entre sí y el predominio de una sobre otra no le haga perder el equilibrio. Pero el centro de gravedad no se corresponde con el centro geométrico ni el centro de la masa, como creen los políticos. El pesoe nos ha dejado todo el centro para nosotros, ha proclamado don Casado, un portavoz popular en el que la arrogancia es más manifiesta que la inteligencia, como si...
Hojalata
En un banco en el extremo del césped de la piscina pública, bajo una gigantesca conífera, el bañista hunde su atención en un libro de la poeta Wislawa Szymborska. El lector ha vuelto a la poesía, un género que no frecuenta desde no recuerda cuándo, porque la edad le hace presa de la urgencia por experimentar el peso, la música, las irisaciones de las palabras. Ha advertido que le falta tiempo y paciencia para dejarse entretener por otros géneros que fueron más de su gusto, como la novela y el ensayo. La primera le parece prolija; el segundo, distraído cuando no obvio. La poesía, por contra, forcejea con la atención, se niega a entregar su secreto a la primera lectura y obliga al lector a aceptar que las palabras significan lo que quieren significar. El carácter arbitrario de la versificación y el ensimismamiento del contenido hacen de la lectura un juego de azar, el desciframiento de un jeroglífico o el tanteo de un ciego. La esgrima lectora se ve perturbada por la charla de un grupo que ocupa el banco contiguo. Hablan de su infancia y juventud, y el lector no puede evitar desentenderse de Szymborska reclamado por la memoria compartida de los hechos a los que aluden los contertulios. Vuelve, sin embargo, a la lumbre del poema: la realidad exige / que lo digamos bien claro: / la vida sigue su curso. Entonces Hojalata. La palabra le arranca del libro. Una de las mujeres de la tertulia acaba de pronunciarla. Era el mote de un discapacitado que vagaba por las calles del casco antiguo diciendo y haciendo bobadas inofensivas y cuya presencia despertaba típicamente sentimientos de superioridad y ternura. La misión del tonto del pueblo es hacer soportable la vida de quienes no se consideran tontos. La mujer recuerda lo que decía y hacía Hojalata –por ejemplo, torear con su gabardina a los motocarros de reparto- y lo cuenta con fruición y sin duda con nostalgia. El lector ha oído tantas veces con anterioridad ese nombre y las hazañas que se le atribuyen que no puede decir que no sea un recuerdo inducido porque lo cierto es que no consigue poner cara al personaje y ni siquiera está seguro de que la sombra que habita en su recuerdo sea la de Hojalata o la de cualquier otro, o la de nadie. Hojalata es un pecio flotante en la memoria del vecindario de la generación del bañista. Una leyenda, un fragmento de poesía popular. El lector vuelve a Szymborska: Una cosa no acepto. Volver a ese lugar. Renuncio al privilegio de la presencia. Te he sobrevivido suficiente y solo lo suficiente para recordar desde...
Morosos
La pregunta es cómo se puede terminar adeudando trescientos sesenta y tantos millones de euros al fisco, que es la cifra del moroso que encabeza la lista hecha pública por el gobierno, en un país en el que mil euros se presentan como un salario prometedor. Qué debe hacer quién desee alcanzar esta cifra de deuda fiscal y qué no debe hacer el fisco para que lo consiga. Cuánto afán ha de acumular el deudor en su empeño y cuánta desidia la administración para que esto ocurra. La crisis que nos habita ha puesto al descubierto que el fraude fiscal no es un accidente, ni una circunstancia pasajera, ni siquiera un delito, sino un estado político perfectamente normalizado en el que opera un nutrido a la vez que selecto grupo de ricos riquísimos, gozosamente impunes. Porque, vamos a ver, aceptado que el moroso nunca pagará su descomunal deuda, qué se puede hacer para que repare el daño que ha ocasionado a la sociedad, qué punición merece: ¿arrancarle la piel a tiras?, ¿vender a su familia en el mercado de esclavos de Zanzíbar?, ¿condenar al destierro en una isla desierta a todo su linaje? Hay tal desmesura en la actividad predadora de estos personajes que cuesta creer que sean nuestros semejantes; desde luego, no son ciudadanos con los demás, pero podríamos preguntarnos si pertenecen a nuestra misma especie. La idea de que habitamos en el mismo ecosistema que ellos, que nos rigen las mismas leyes y que tenemos la misma apariencia física da escalofríos. ¿En qué soy igual a Mario Conde por mucho que nuestra bienamada constitución del setenta y ocho así lo diga? ¿Por qué ellos pasean por la plaza pública con una sonrisa enjaretada entre las orejas y yo he de trotar raudo hacia la oficina correspondiente para pagar una simple multa de tráfico? El común se enfrenta en esta época a un desafío intelectual sin precedentes, no porque antes no hubiera ricos, ladrones y defraudadores que lo esquilmaban como hacen ahora, sino porque esta actividad nunca había estado rodeada de tanta publicidad que, lejos de mover al escándalo, produce un raro efecto narcótico. En los términos del sistema, estos personajes adquieren una respetabilidad añadida. La quiebra de los partidos que han tolerado y fomentado esta situación se explica bien con las palabras apocalípticas: vomitaré a los tibios. La rampante eclosión de populistas, radicales, extremistas, etcétera, con que los sedicentes centristas califican a los partidos emergentes no son más que la expresión del apocalipsis que vivimos, palabra que, por cierto, no significa desastre, como suele creerse, sino revelación. ¿Qué hacer? Ya se ve que las fórmulas así llamadas moderadas no funcionan o son simplemente rechazadas por el electorado,...
El compañero
Los últimos años de vida profesional activa en una covachuela de la administración provincial estuvieron empapados en un aburrimiento mortal, lo cual es una redundancia porque vivir es básicamente vencer el aburrimiento. Una gas inerte envolvía las horas y los días y se filtraba por las rendijas del sistema nervioso poniendo a prueba hasta las virtudes teologales. Aquel estado llevó a un descubrimiento que el funcionario abatido formuló así: el aburrimiento es la materia oscura de la condición humana. Y se sintió complacido con el hallazgo. Los organismos vivos que necesitan la totalidad de sus energías y de su tiempo en funciones directamente asociadas a la supervivencia de sí mismos y de la especie -búsqueda de comida, reproducción, crianza- desconocen el aburrimiento. Una experiencia no precisamente liberadora que cada vez comparten más vecinos de la tribu. Pero el funcionario pertenecía a la era anterior a la crisis de 2008 y estaba en las antípodas de una mamá babuino. Había llegado al término de su competencia profesional y de su utilidad en el biotopo al que pertenecía y aún faltaba un montón de meses para que llegara la fecha de la jubilación administrativa. Es una humorada propia de los delincuentes que nos gobiernan la sugerencia de prolongar la vida laboral de los empleados cuando no se necesitan empleados. ¿Qué sentido tiene que se pueda trabajar hasta los ochenta años si apenas rebasados los cincuenta eres material desechable? Pero el funcionario no se planteaba estas cuestiones de orden, digamos, político, ya está dicho que era anterior a la crisis, sino que, al experimentar el tedio como una condición existencial, se empeñó en diversas tareas destinadas, primero, a combatirlo, y después, a comprenderlo, y, como Bouvard y Pécuchet, recopiló toda clase de documentos que le eran servidos por internet al teclear en los buscadores la palabra aburrimiento, con el objeto de levantar un estudio definitivo sobre este cansancio del ánimo, como lo define el diccionario rae. Es increíble la cantidad de ítems que impregna o contamina el aburrimiento. En el archivo digital que aún conserva el antiguo funcionario se pueden ver referencias a la economía, las emociones, la familia, el folclore, la jardinería, la moral, la medicina, los perros, la poesía, la política, la terapia, la violencia, sin contar la inevitable colección de citas célebres y los sinónimos y antónimos dispersos por enciclopedias y repertorios léxicos. Todo lo cual, sin embargo, revela una cierta poquedad, un tratamiento intrascendente o anecdótico del tema, como si lo que se puede pensar y decir sobre el aburrimiento no alcanzara ni a la millonésima parte de lo que se experimenta como tal. A la manera de los personajes de Flaubert, que fueron su modelo, el funcionario...
Confesión general
La confesión general fue (no sé si sigue vigente) una forma de tortura de matriz jesuítica que se aplicaba a los pupilos de los colegios religiosos de nuestra remota adolescencia y que consistía en compeler al reo a relatar ante un inquisidor todos los pecados contra las tablas de Moisés, cometidos o imaginados desde el comienzo de su todavía joven existencia. El principio fundante de esta práctica era la noción típicamente católica de la vida como culpa y el objetivo que persigue, el desguace de la conciencia para exponerla al escrutinio de un clérigo que se adueña de este modo de todo lo que te constituye como ser humano -pensamientos, actos, deseos, equivocaciones y perplejidades- a cambio de una desganada absolución que podía quedar sin efecto a causa de la falible naturaleza del penitente apenas abandonara el armario de madera donde tenía lugar la confesión. José María Conget ha urdido un hipnótico cuento cruel con este episodio en su último libro, que lleva este mismo título. El relato está narrado desde la conciencia del adolescente confeso, que intenta escapar de la ansiedad y el desasosiego que le produce el trance en el que está atrapado y del inmisericorde acoso del confesor. El lector se ve arrastrado a la compasión por el joven torturado a la vez que recibe una minuciosa información, tintada de rasgos de humor negro, sobre la mecánica de este procedimiento de dominación clerical. La confesión general fue una experiencia por la que sin duda también debieron pasar en su juventud la reata de ministros de don Aznar que desfilaron el otro día ante el juez para declarar sobre su presunta intervención en la financiación ilegal del pepé y que contestaron a las preguntas con un unánime, no sé, no me acuerdo, no me consta. Al verlos, era inevitable el recuerdo del cuento de Conget, leído apenas hace unas semanas. Claro que entre el personaje de ficción y los ex ministros, que también parecen de ficción, hay una diferencia significativa. La culpa que aflige al joven del cuento es de orden sexual, sexto mandamiento y la más importante fuente de nutrientes de la imaginación clerical, lo que da lugar a cierto regodeo en las inquisiciones del confesor y la correspondiente tribulación en las respuestas del confeso, mientras que los presuntos delitos por los que se inquiría a los ex ministros hacen referencia al séptimo mandamiento, que nunca ha ocupado demasiado a los moralistas católicos. Seguro que don Acebes, don Mayor Oreja et alii fueron inducidos en algún momento a creer que la masturbación les podía ocasionar la ceguera, pero ningún director espiritual les preguntó nunca de dónde salían las jugosas plusvalías que permitían su holgado nivel de...