El desastre

Posted by on Jun 30, 2017 in Miradas |

El rasgo característico de la época es la desesperanza. Nadie cree en un futuro mejor. Vivimos en una sociedad encorvada y cojitranca, y el muro de carga que, en la conciencia del común, puede evitar el derrumbe del edificio es la caja de las pensiones. Mientras los vejetes sigan cobrando su pensión el tinglado seguirá en pie, y hay una certeza absoluta de que en cuanto muestre la menor grieta –por ejemplo, el impago de una paga extra- el tinglado se vendrá abajo. Ningún gobierno, y quizás ningún régimen, podría sobrevivir a este terremoto. La relativa estabilidad electoral que muestra el país, incluso después de la fractura del bipartidismo, tiene su soporte en la regularidad de las pensiones. Nadie aspira a que suban, ni siquiera a que no se erosione su poder adquisitivo, como de hecho está ocurriendo, pero nadie quiere imaginar tampoco que puedan sufrir una brusca quita. De ahí, esa especie de estupor paralizante con que recibimos la noticia de que el fondo de reserva de las pensiones mengua cada día. Setenta y tantos mil millones en los últimos cinco años; del orden de los quince mil millones anuales. El déficit lo sufraga el estado que ha debido aumentar este año la emisión de deuda en diez mil millones para tapar provisionalmente el agujero. A cualquiera se le ocurre que esta medida es una huida hacia delante, no para salvar las pensiones sino para salvar al gobierno de las consecuencias de su quiebra. El adelgazamiento del sistema de pensiones, como el de cualquier otro patrimonio público, fue un objetivo de la política de la derecha dirigido en este caso a fomentar los fondos de pensiones privados. Este negocio, como tantos otros que sustentaron el cuento de la lechera neoliberal, no ha funcionado, uno, porque la incertidumbre de los mercados financieros no permite capitalizar las aportaciones privadas en un nivel suficiente para hacerlas atractivas y rentables (la misma hucha de pensiones ha llegado a pagar intereses negativos por sus inversiones en fondos del estado y en consecuencia ha dejado también de obtener réditos), y dos, porque la drástica devaluación salarial ocasionada por la reforma laboral no solo no permite el ahorro privado sino que reduce las cotizaciones a la seguridad social y en consecuencia los ingresos del sistema público. Los millennials con empleo escaso, precario y mal pagado no creen que lleguen a cobrar una pensión algún día, pero ahora mismo la noticia es si no se la quitarán a sus padres y abuelos. De momento, nuestro estólido gobierno no se da por aludido y nuestra parsimoniosa oposición ya ha pedido la comparecencia de la ministra del ramo y es de prever que será la próxima reprobada, lo...

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¿Qué hay de lo mío?

Posted by on Jun 29, 2017 in Miradas |

Las onomásticas, aniversarios, celebraciones y demás pompas son para reventarlas y a eso están aplicadas ahora mismo las tertulias mediáticas, en medio de las cuales se oye la llantina del rey emérito por no haber sido invitado a la celebración del cuadragésimo aniversario de la democracia. ¡Él, que fue el artífice de la cosa, según la doctrina oficial imperante hasta hace cuatro días! Emérito es un término que designa a un jubilado sobredorado, pero jubilado al fin, y a los jubilados no se les invita a las celebraciones de empresa, bastante buena vida se les reconoce como para que crean además que les echamos en falta. Menos aún en las instituciones absolutistas, como la monarquía o el papado, que se rigen por la ley divina, y donde emérito es sinónimo de estorbo porque su presencia anuncia o recuerda una indeseable bicefalia, una quiebra del principio de unidad y un potencial conflicto de legitimidades. Por ejemplo, ¿se equivocó el espíritu santo al designar al ensimismado y presumidillo Ratzinger como papa?, ¿le ungió primero y le abandonó después?, ¿es el espíritu santo un sujeto errático y antojadizo o tuvo motivos para hacerlo?, ¿cuáles? Son cuestiones teológicas muy peliagudas. Ahora y aquí mismo, y a causa de la celebración de nuestra democracia, ya se pueden oír en las tertulias comparaciones entre el padre emérito y el hijo en ejercicio. Que si aquel tenía más pesquis política, que si este está mejor formado, etcétera. La historia de Europa hasta hace nada fue una sucesión de guerras dinásticas y legitimistas y, para evitar que se repitiera la tragedia del rey Lear, el estado moderno inventó el sistema de pensiones: cobras sin trabajar pero no vuelvas por la oficina a dar la brasa. La monarquía española, por ende, tiene algunas características que obliga a los servicios de protocolo a un ejercicio de equilibrismo. La monarquía fue restaurada por un dictador después de que fuera abolida por el pueblo soberano en unas elecciones democráticas, y la restauración se hizo sobre el ahijado político del dictador y no sobre el titular de la línea sucesoria a la corona, que era su padre, lo que ocasionó un roce constante entre padre e hijo, que vino a resolverse en el último minuto mediante una ceremonia que urdió el gobierno de esta remota provincia subpirenaica desde la que escribo en cuya capital era tratado el rey no reinante de una enfermedad terminal. En aquella ocasión, el rey en ejercicio y su padre, el monarca frustrado, sellaron una paz que la muerte de este último a las pocas semanas hizo definitiva. En el salón de respeto del palacio de gobierno provincial, que parecía aquel día el camarote de los hermanos Marx,...

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Taras de fábrica

Posted by on Jun 28, 2017 in Miradas |

Alguna tara de fábrica tiene que tener un país cuya más alta aportación a la literatura universal es la novela picaresca, un término que goza de una benévola complacencia del público, como la lluvia en esta península condenada a la desertización. Los protagonistas de este género novelesco son vistos con simpatía y se asiste a sus actividades con un aquiescente encogimiento de hombros. Dos aspectos suelen obviarse en esta visión. El primero, que se trata de un mundo brutal y fraudulento, regido por las leyes de la jungla. El segundo, que no describe un espacio cerrado y exento sino a la sociedad entera. El pícaro aspira a romper la férrea estructura de clases y sacar la cabeza en un plano de la realidad más agradecido que el que le ha tocado vivir. En esas estamos desde los tiempos de El buscón don pablos. Abres el periódico o conectas el telediario y ahí está. ¿Quién iba a imaginar que un fulano o una mengana cualquiera podían hacerse ricos cobrando derechos de autor por obras de Mozart  o Rossini vendidas a la televisión y la radio y que solo escuchan un puñado de insomnes en los programas nocturnos de relleno? Pues bien, en el patio de monipodio sí, se puede, como diría el otro. Un tipo equis arregla a Mozart mediante el cambio de una nota o un compás, registra el engendro y lo endilga como música inaudible –ese es el término que recibe en jerga- a una tele o emisora de radio, que la difunde en horario de bajísima audiencia, y cobra por derechos de autor. Podemos imaginar el diálogo que acompaña a esta transacción entre el responsable de programación y el compositor: Pero esto, ¿no es de Mozart?. Qué va, es de Estebanillo González ¿no ha oído hablar de él? El programador musical se encoge de hombros y acepta la grabación que viene en un sobre envuelta en billetes de quinientos, y todos tan contentos. Vamos a ver, si usted viste un polo lacoste confeccionado en un sótano de una innominada ciudad de extremo oriente sin saber si es genuino o una falsificación, ¿qué más le da oír un mozart de Mozart o de perico de los palotes? Ni el polo ni la música clásica son hoy un signo de distinción como lo fueron antaño, así que, ¿a qué viene tanto remilgo?  Cuando uno recorre los escenarios de la novela picaresca ve edificios en ruinas, barro en las calles, habitaciones sin luz, nubes de desocupados en las esquinas, y recorriendo la escena, tahures, rufianes, mendigos, estafadores y algún mangante esposado entre dos alguaciles. Talmente como en el telediario, y como en los refinados programas de música...

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El desguace

Posted by on Jun 27, 2017 in Miradas | 1 comment

Lo que hace fastidioso un entierro es que la única persona presente que puede contar algo interesante está muda. Si el difunto ha sido escritor, el silencio se hace insoportable y quienes rodean el féretro se sienten obligados a decir algo. Este impulso atávico ha dado a la literatura el panegírico y el obituario, géneros malévolos donde los haya porque el dolor que deja el fallecido afecta a muy pocas personas de su entorno y es por definición inasible e inefable, así que, en el mejor de los casos, estos ejercicios de estilo son un encubrimiento y, en el peor, un ajuste de cuentas. Al conocer la noticia del fallecimiento del escritor Juan Goytisolo, el pasado cuatro de junio, este lector revivió algunos de los sentimientos contradictorios que le produjo su obra en medida parcial en que la conocía. Primero fue el deslumbramiento de sus relatos experimentales –Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián, Juan sin Tierra- que despertaron la empatía de quienes, como el autor, querían romper con una tradición cultural que consideraban opresiva y fraudulenta para rescatar otra, más abierta y vivificante. Pero después de esa época, este mismo lector creyó asistir a una larga decadencia del escritor, tapizada de tópicos y destilada en una prosa crecientemente falta de músculo. ¿Valía la pena poner por escrito estas impresiones?, ¿no es más justo y compasivo el silencio?  Goytisolo se situó con toda deliberación en el anticuado papel del écrivain maudit, que para nada lo era, y su última y notoria aparición pública fue en el centro mismo del cogollo nacional-cultural para recibir el homenaje del premio cervantes, sin duda merecido, pero del que él había denostado con ferocidad en tiempos mejores. El hombre que acudió a recibir el galardón era un anciano de aspecto cansado y desgalichado cuyo discurso pretendidamente rebelde alteró apenas por un momento a algunos guardianes del orden y sin duda dio al autor la satisfacción de reconocerse en su personaje. La siguiente noticia fue su fallecimiento y, tras él, el obituario y la venganza de los vivos. El diario de referencia del país, que venía acogiendo sus artículos literarios y de opinión desde años atrás, dedicó un reportaje inclemente a relatar los últimos meses del escritor, en el que no olvidó decir que este había sido beneficiario de una ayuda económica fija mensual que recibía del propio periódico aunque no escribiera en sus páginas. El reportaje y el amor a la verdad que le inspira recuerdan La ceremonia del adiós de Simone de Beauvoir en el que la escritora practica una ¿involuntaria? demolición de su compañero Jean Paul Sartre al relatar sus días postreros. No es extraño que la pieza periodística haya despertado...

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Policías

Posted by on Jun 26, 2017 in Miradas |

Parece una constante del funcionamiento del sistema. Cuando el desgaste de los materiales es tan notorio que amenaza ruina, siempre aparece un policía que encarna la confusión y el desorden que se ha adueñado de las instituciones y, por reflejo, de la opinión pública. Un tipo turbio y arrogante, perejil de todas las salsas, presente en todos los expedientes, que se maneja con la misma desenvoltura a ambos lados de la ley y que sale a la luz para representar de manera inequívoca la corrupción reinante. Así ocurrió en el ocaso de la era de Felipe González con el comisario Amedo y así está ocurriendo ahora -¿en el ocaso de la era Rajoy?- con el comisario Villarejo, convertidos ambos en heraldos de un mundo que ningún ciudadano decente querría habitar. La policía tiene la cualidad de las enfermedades crónicas: es indestructible y se reproduce igual a sí misma cualesquiera que sean las mutaciones del entorno. Fouché fue el fundador de la policía moderna y el primer personaje histórico que encarna el principio de que la policía es más importante que el régimen al que sirve, sea revolucionario o conservador, dictadura o democracia, Hay una línea de continuidad entre la ojrana zarista y el efeesebé de Putin que pasa por el kagebé soviético, y el señor Hoover, mítico director del efebei estuvo al mando con nueve administraciones sucesivas a cuyos presidentes tuvo vigilados sin excepción. El policía más famoso y celebrado de los primeros años de la transición española fue un torturador que había hecho su carrera en la dictadura,  el comisario Conesa, lo que por sí mismo da noticia de que aquel periodo ahora en revisión estuvo lejos de ser idílico. Sí, el pueblo había alcanzado la libertad pero tú podías ser molido a hostias en una comisaría. Estos personajes de las cloacas del estado, como se dice, tienen una función amedrentadora sobre la sociedad, revelan al leviatán que nos tutela y convienen a épocas de desesperanza. Cuando se les mira de cerca –por ejemplo, ayer en la tele al tal Villarejo-, la razón se repliega, cierra los párpados y prefiere creer que está ante un relato de ficción. La puesta en escena adoptada por los productores del programa ayuda a creerlo. Entonces, lo que quieres es que acabe la novela, no importa que el asesino siga...

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