Alguna tara de fábrica tiene que tener un país cuya más alta aportación a la literatura universal es la novela picaresca, un término que goza de una benévola complacencia del público, como la lluvia en esta península condenada a la desertización. Los protagonistas de este género novelesco son vistos con simpatía y se asiste a sus actividades con un aquiescente encogimiento de hombros. Dos aspectos suelen obviarse en esta visión. El primero, que se trata de un mundo brutal y fraudulento, regido por las leyes de la jungla. El segundo, que no describe un espacio cerrado y exento sino a la sociedad entera. El pícaro aspira a romper la férrea estructura de clases y sacar la cabeza en un plano de la realidad más agradecido que el que le ha tocado vivir. En esas estamos desde los tiempos de El buscón don pablos. Abres el periódico o conectas el telediario y ahí está. ¿Quién iba a imaginar que un fulano o una mengana cualquiera podían hacerse ricos cobrando derechos de autor por obras de Mozart o Rossini vendidas a la televisión y la radio y que solo escuchan un puñado de insomnes en los programas nocturnos de relleno? Pues bien, en el patio de monipodio sí, se puede, como diría el otro. Un tipo equis arregla a Mozart mediante el cambio de una nota o un compás, registra el engendro y lo endilga como música inaudible –ese es el término que recibe en jerga- a una tele o emisora de radio, que la difunde en horario de bajísima audiencia, y cobra por derechos de autor. Podemos imaginar el diálogo que acompaña a esta transacción entre el responsable de programación y el compositor: Pero esto, ¿no es de Mozart?. Qué va, es de Estebanillo González ¿no ha oído hablar de él? El programador musical se encoge de hombros y acepta la grabación que viene en un sobre envuelta en billetes de quinientos, y todos tan contentos. Vamos a ver, si usted viste un polo lacoste confeccionado en un sótano de una innominada ciudad de extremo oriente sin saber si es genuino o una falsificación, ¿qué más le da oír un mozart de Mozart o de perico de los palotes? Ni el polo ni la música clásica son hoy un signo de distinción como lo fueron antaño, así que, ¿a qué viene tanto remilgo? Cuando uno recorre los escenarios de la novela picaresca ve edificios en ruinas, barro en las calles, habitaciones sin luz, nubes de desocupados en las esquinas, y recorriendo la escena, tahures, rufianes, mendigos, estafadores y algún mangante esposado entre dos alguaciles. Talmente como en el telediario, y como en los refinados programas de música nocturna.
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