Lo que hace fastidioso un entierro es que la única persona presente que puede contar algo interesante está muda. Si el difunto ha sido escritor, el silencio se hace insoportable y quienes rodean el féretro se sienten obligados a decir algo. Este impulso atávico ha dado a la literatura el panegírico y el obituario, géneros malévolos donde los haya porque el dolor que deja el fallecido afecta a muy pocas personas de su entorno y es por definición inasible e inefable, así que, en el mejor de los casos, estos ejercicios de estilo son un encubrimiento y, en el peor, un ajuste de cuentas. Al conocer la noticia del fallecimiento del escritor Juan Goytisolo, el pasado cuatro de junio, este lector revivió algunos de los sentimientos contradictorios que le produjo su obra en medida parcial en que la conocía. Primero fue el deslumbramiento de sus relatos experimentales –Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián, Juan sin Tierra- que despertaron la empatía de quienes, como el autor, querían romper con una tradición cultural que consideraban opresiva y fraudulenta para rescatar otra, más abierta y vivificante. Pero después de esa época, este mismo lector creyó asistir a una larga decadencia del escritor, tapizada de tópicos y destilada en una prosa crecientemente falta de músculo. ¿Valía la pena poner por escrito estas impresiones?, ¿no es más justo y compasivo el silencio?  Goytisolo se situó con toda deliberación en el anticuado papel del écrivain maudit, que para nada lo era, y su última y notoria aparición pública fue en el centro mismo del cogollo nacional-cultural para recibir el homenaje del premio cervantes, sin duda merecido, pero del que él había denostado con ferocidad en tiempos mejores. El hombre que acudió a recibir el galardón era un anciano de aspecto cansado y desgalichado cuyo discurso pretendidamente rebelde alteró apenas por un momento a algunos guardianes del orden y sin duda dio al autor la satisfacción de reconocerse en su personaje. La siguiente noticia fue su fallecimiento y, tras él, el obituario y la venganza de los vivos. El diario de referencia del país, que venía acogiendo sus artículos literarios y de opinión desde años atrás, dedicó un reportaje inclemente a relatar los últimos meses del escritor, en el que no olvidó decir que este había sido beneficiario de una ayuda económica fija mensual que recibía del propio periódico aunque no escribiera en sus páginas. El reportaje y el amor a la verdad que le inspira recuerdan La ceremonia del adiós de Simone de Beauvoir en el que la escritora practica una ¿involuntaria? demolición de su compañero Jean Paul Sartre al relatar sus días postreros. No es extraño que la pieza periodística haya despertado la protesta de amigos y allegados de Goytisolo. Pero aún faltaba situar al escritor difunto en el canon literario y a este objetivo se ha aplicado en el mismo periódico el premio nobel Mario Vargas Llosa, que fue compañero de viajes literaros y políticos de Goytisolo antes de que terminaran pareciéndose uno al otro como un huevo a una castaña. No entiendo que pueda haber afrenta mayor para la memoria de un écrivain maudit que su obituario esté a cargo del écrivain courtisan por excelencia.