El apocalipsis es consolador y gana adeptos en las tesituras confusas e inciertas como la que estamos ahora mismo. El apocalipsis es la raya zigzagueante que separa a optimistas y pesimistas. Algunos prebostes de la industria de la inteligencia artificial (IA para los restos) han profetizado que su desarrollo acabará con la humanidad en unos pocos, muy pocos años, en el 2030, según Jacob Coxon, un alto operario de esta industria e ingeniero del monstruo Anthropic.
Los optimistas creen que una obra humana puede producir grandes destrozos pero no acabar con la especie que la inventó y la puso en marcha, y ponen como ejemplo la bomba atómica. Después de todo, en el último minuto tiene que haber un enterrador o o un funcionario del registro municipal que atestigüe que no queda nadie vivo, y probablemente tendrá que hacer el cálculo con ayuda de la IA. Los pesimistas no renuncian al consuelo que inspira el fin del mundo y argumentan que tampoco los dinosaurios pensaron que el meteorito aquel iba a acabar con ellos. Es un argumento con trampa; los pesimistas lo formulan pensando en que pertenecen a los pocos dinosaurios que se salvaron convirtiéndose en alegres pajarillos, lo que significa que, bien mirado, salieron ganando del encontronazo. Los agitadores de la alarma, procedentes de la misma industria que la fomenta, son dinosaurios que quieren ser pavos reales o al menos buitres leonados.
Sea como fuere, la alarma ha tenido efecto y llevamos unos días que no se habla de otra cosa en el patio de recreo. La novedad de este apocalipsis radica en que no procede de un fenómeno natural (meteorito, pandemia, diluvio, etcétera) ni está provocado por la voluntad humana; en el peor de los casos, solo por su desidia. El único precedente conocido es la Creación, con mayúscula. Dios creó el universo y todo lo que contiene en seis días y luego se echó a descansar en un domingo eterno que aún dura, con los efectos que están a la vista. Si los pronósticos sobre la IA son ciertos, quiere decir que Prometeo ha cumplido su misión y ha arrebatado el fuego del conocimiento y la destrucción a los dioses. Pero, ¿cómo funciona este apocalipsis?
La primera observación es que no tiene forma reconocible. Es como una fantasmagoría atmosférica. Está a nuestro alrededor, interactuamos con ella, pero no la vemos ni menos conocemos sus designios. A este viejo cinéfilo le recuerda el efecto que utilizó Cecil B. de Mille en Los Diez Mandamientos (1956) para representar al ángel exterminador que acabó con los primogénitos de los egipcios: una niebla rastrera de color de rata que recorría las calles. Los sabios de los laboratorios de la industria digital, como los sacerdotes paganos de aquella peli, hacen conjeturas para anunciar el desastre. Una es la siguiente: un enjambre de agentes de IA ataca de forma coordinada los servidores de internet y si uno falla, la red, que opera de forma redundante, busca una ruta alternativa en otro y otro hasta que se apaga por completo. ¿Han entendido algo con este lenguaje forzosamente metafórico? ¿Qué significa agentes de IA, cómo y por qué forman enjambres, por qué la red es redundante? Ni idea, aunque alguien debe saberlo, pero la conclusión es inapelable: internet, el hogar donde hemos depositado nuestros ahorros y del que esperamos una vida larga y tranquila se funde como una galleta en el café con leche y en el mejor de los casos somos retrotransportados a la edad de piedra. Los primeros preocupados son los dueños de la industria porque es su negocio y no el de pompas fúnebres.
La alarma excita la paranoia del viejo, que mira alrededor en busca de rastros de la IA y encuentra uno que despertó sus sospechas desde meses atrás. Cada mañana recibe un mensaje por email que le avisa, ha fallado la actualización de algunos temas. El mensaje viene de la compañía que gestiona la plataforma donde escribe y publica este blog pero el viejo no consigue saber qué temas se resisten a la actualización y si el aviso es un homenaje a su resiliencia frente los avances de la tecnología o la advertencia de una muerte cierta en forma de apagón de este chisme que le acompaña como una mascota en su senectud. Y hablando de mascotas, el viejo también advierte que la plataforma quiere someterlo a sus querencias, como el perro empeñado en mear contra tal árbol y no otro. El caso es que la plataforma le vigila e instruye mientras escribe, como en el parvulario, y puntúa con suspenso o aprobado raspado sus titulares por demasiado crípticos y poco provocativos y le subraya ferozmente las frases demasiado largas y discursivas para que el vejete se acostumbre a hacerlas más directas, cortas y asertivas. La plataforma lo hace por el bien del viejo y de su quehacer porque, al mismo tiempo, chequea las visitas que recibe el blog y su duración, y, francamente, los indicadores serían deprimentes si al viejo no le importara una higa el apocalipsis.