Un oligarca ruso cercano al zar del Kremlin (los oligarcas que no están en esta órbita han desaparecido del mapa) aporta un montón de pasta para financiar la boda del hijo del dinosaurio de la cresta naranja, Donald Trump Jr. La donación de varios cientos de miles de dólares incluye setenta mil para un espectáculo de fuegos artificiales. A la hora de leer la noticia en el digital, 10.15 de la mañana, solo tiene ocho comentarios. En la misma página, otra noticia sobre don Sánchez y Ceuta ha motivado 219 comentarios a la misma hora, y las varias noticias sobre un tema en el fondo tan abstruso como la IA ya registran comentarios de dos dígitos. Estos nos dice algo sobre la opinión pública y su capacidad reactiva ¿pero qué?
En una primera lectura de estos indicios podría decirse que los aficionados a comentar las noticias –representantes en este ámbito del buen pueblo- responden cuando se sienten estimulados por la fantasía de lo ignoto (caso de la IA) y/o por hechos que creen conocer bien y sobre los que creen tener algún poder de intervención. Don Sánchez se juega la poltrona en elecciones que se celebrarán en pocos meses pero ¿qué se puede hacer con las maniobras en la oscuridad de don Trump y don Putin?
Hay otra manera de ver esta abdicación de la opinión pública frente a ciertas cuestiones de indudable importancia para el común. Es una suerte de impotencia ante acontecimientos a los que asistimos con el fatalismo de quien ve caer un meteorito sobre su cabeza. La colusión de intereses de Trump y Putin es un hecho conocido aunque no podamos aventurar sus consecuencias. Ambos tienen el poder para su satisfacción personal, económica y sentimental, y ambos han demostrado que se puede llegar a la autocracia desde perspectivas opuestas, ya sea por elecciones democráticas o por imposición del aparato del estado, o por una mezcla de ambas. La moraleja parece decir que la gente siempre quiere y acepta lo mismo, no importa el régimen político que lo consiga. Ocho comentarios de entre los miles de lectores de la noticia para celebrar este hecho es una señal de consentimiento, o de abatimiento si se quiere. El cambio de paradigma está en que la guerra ya no es una prolongación de la política, como dijo Clausewitz, sino de la economía. La guerra es la última consecuencia del reparto de mercados después de la globalización desigual y fallida. La retórica es patriótica, como ocurre siempre que falta el pan y el trabajo. A las trincheras.
La cuestión es quién se librará de pasar meses en el barro a la espera del dron que le está destinado. Las elites y ciertas clases medias instaladas pelean porque no les ocurra y acumulan recursos económicos y financieros, ya sean de origen privado o mejor público, como quién acumula papel higiénico para encerrarse en el sótano de su segunda residencia. No solo Trump sino nuestra doña Ayuso y sus áticos descomunales y, por lo que sabemos, el muy conservador preboste de Ceuta, el vivales don Vivas, que ya ha otorgado la gestión de los menores indeseados en la ciudad a empresas de su confianza y cercanía. No hay guerra sin que alguien no engrose la bolsa vendiendo mascarillas, como los que venden paraguas en la acera cuando sobreviene un chubasco inesperado.
La exministra doña Arancha González Laya ha escrito una vehemente apología del europeísmo con el título Solos en el mundo. El título tiene la involuntaria comicidad de un chiste de gallegos, ya saben aquel que dice que un paseante se encuentra con un millón de gallegos llorando y al preguntarles qué les pasa responden, que nos hemos perdido. No es una analogía del todo inadecuada para caracterizar a los europeos y más a los europeístas. La autora hace un interesante análisis con profusión de datos de la situación actual y sus líneas de fuerza y concluye inevitablemente que Europa debe ser una entidad con identidad propia y reconocible frente al exterior. Para eso, empieza por la necesidad de un rearme, en la línea de los informes Draghi y Letta. Pero en estas apretadas páginas no se alude a lo que hace imposible la culminación del proyecto, a saber, lo que llamamos Europa es una confederación de estados-nación, cada uno con su historia, su prurito soberanista y sus élites gobernantes descangalladas, lo que quiere decir que el continente carece de un demos común e identificable sobre el que asentar la unidad. Y en esos estados-nación operan fuerzas económicas con sus propias perspectivas e intereses, que, por ejemplo, han dado al traste el pasado mes de junio con el proyecto de avión de combate europeo.
Entretanto, a este escribidor le hubiera gustado estar invitado a la boda del chico Trump, aunque solo fuera por ver el traje de la novia y los fuegos artificiales. Quizá Bruselas debería pensar en la oportunidad de organizar una boda entre oligarcas para galvanizar a la opinión pública. Esta función la han cumplido con relativo éxito hasta ahora las casas reales, que están en manifiesta decadencia. Se podría probar con las familias republicanas de los grandes partidos europeos antes de que también entren en decadencia arrasados por los neofascistas de todo pelaje.