Marcó el comienzo de una era. En 1926 Ernest Hemingway se convirtió en vocero de una generación que solo podía estar segura de sus heridas. Y ya nada sería como antes (Juan Villoro)
Este año se cumple el centenario de la publicación de la novela Fiesta (The Sun Also Raises) de Ernest Hemingway y si celebramos la onomástica es porque el escenario de la novela es nuestra ciudad, Pamplona, en la ocasión anual de su fiesta mayor, los Sanfermines. Pero, ¿cómo se lee y qué importa en una obra de ficción de un siglo atrás que no sea una curiosidad de bibliófilo o un interés de académico? La lectura de Fiesta entre los pamploneses ha sido tradicionalmente una operación reticente y elusiva ya sea por prejuicios literarios o culturales o simple ignorancia, que han llevado a ver la novela como una irrupción indeseada en el recinto inmarcesible de la costumbre local. La utilización de Fiesta y su autor como reclamo turístico y las menciones volanderas que recibe en contados actos culturales no han ayudado al conocimiento y disfrute de la novela, que sin embargo puede considerarse como una de las obras de ficción más celebradas e influyentes del siglo XX. Que su escenario sea nuestra ciudad y sus peculiares fiestas debería despertar nuestra curiosidad y de alguna manera nuestro agradecimiento. En el centenario de la obra quizá deberíamos preguntarnos por los hilos que tejen esta relación del escritor y su obra con los lectores actuales y de este modo entender el proceso histórico que nos une con el legado de Hemingway. Este es el aventurado propósito de estas líneas.
Escritor en busca de su obra. Ernest Hemingway regresó a Estados Unidos en 1919 después de ser licenciado del servicio militar en Italia y dado de alta en el hospital donde le trataron las heridas de guerra. Tenía veinte años, había estudiado periodismo y escribía cuentos y poemas cuya primicia publicó en 1923 con el anodino título de Tres relatos y diez poemas. La experiencia de la naturaleza, la caza y sobre todo la pesca, como lenitivo del sufrimiento de la guerra, inspiraron el cuento El río de los corazones, que protagoniza Nick Adams, el personaje que opera de alter ego del autor en numerosas relatos. Naturaleza y muerte. Matar en una lid justa para ganar el derecho a vivir dignamente. Encontraremos en Fiesta este leit motiv de la inspiración literaria de Hemingway.
Una generación perdida. En Chicago ofició de periodista free lance para el Toronto Star Weekly y conoció a Hadley Richardson, que fue su primera esposa. Los afanes de esos días le llevaron a ser coeditor de una revista mensual donde colaboró con el que sería su amigo y mentor Sherwood Anderson, el cual recomendó a la pareja que se trasladara a París en busca de un entorno más abierto e inspirador si se tiene en cuenta el ambiente puritano y cerrado que reinaba en Estados Unidos donde se había promulgado la ley seca en enero de 1920. Las cartas de recomendación de Anderson dieron empleo al joven escritor en la capital francesa y lo situaron en la órbita de Gertrude Stein, escritora y coleccionista de arte cuyo granado círculo de artistas incluía a un puñado de jóvenes escritores norteamericanos como Francis Scott Fitzgerald o John Dos Passos, a los que se sumaría Hemingway y al que Stein señaló como una generación perdida. La etiqueta hizo fortuna y Hemingway estuvo en un tris de titular así su próxima novela pero es muy ambigua y más bien parece una expresión maternal e irónica de Stein hacia sus pupilos que una fórmula épica aplicable a los trémulos supervivientes de la pasada gran guerra. Fue Dos Passos el que ironizó sobre el término diciendo que era la única generación conocida que solo tiene tres personas. Lo que caracterizaba a este grupito de brillantísimos escritores es el hecho de estar al comienzo de su carrera literaria. Dos Passos, el más prometedor del grupo en aquel momento, había publicado dos novelas, La iniciación de un hombre (1919) y Tres soldados (1922) y publicaría pronto su gran obra Manhattan Transfer (1925); había publicado también un tomo de ensayos sobre España, Rocinante vuelve al camino (1923). Scott Fitzgerald era el autor de A este lado del paraíso (1920) y Hermosos y malditos (1922) y publicaría pronto su obra más conocida, El Gran Gatsby (1925). En esta carrera de méritos entre quienes forjarían el modernismo literario anglosajón, Hemingway iba rezagado; su único libro publicado era insignificante Tres relatos y diez poemas (1923) y aún tardaría dos años en publicar una gavilla de cuentos, algunos maravillosos e insuperables, con el título de En nuestro tiempo (1925). Ulises de James Joyce, la novela que revolucionó la ficción en el ámbito occidental y que, como Fiesta, versa sobre el desamparo del héroe (masculino), había sido publicada en 1922, también en París. Hemingway necesitaba, pues, su gran novela para entrar en la competición. You are all a lost generation no sería el título pero aparecería como paratexto de introducción al relato.
Las cosas más sencillas. Fue una vez más Gertrude Stein la que detectó las necesidades de Hemingway y la que apuntó hacia el escenario y el tema de la novela. Stein conocía España y había frecuentado las corridas de toros con su compañera Alice Toklas y pensó que serían de interés para el desorientado escritor y se lo dijo. La lidia encendió de inmediato la imaginación de Hemingway, que, sin haber visto ninguna corrida, escribió para The Little Review un cuento en el que un torero ha de hacerse cargo de la lidia de los seis toros del festejo porque sus compañeros de terna han sido corneados. El torero de Hemingway es un héroe que se enfrenta a la muerte y está obligado a conocer su oficio y ejercerlo con responsabilidad. En Muerte en la tarde, el ensayo sobre la tauromaquia que escribió en 1931, Hemingway lo explica así: El único lugar donde se podía contemplar la vida y la muerte, es decir, la muerte violenta, ahora que las guerras habían terminado, era en la plaza de toros. Intentaba aprender a escribir comenzando por las cosas más sencillas y una de las cosas más sencillas es la muerte violenta.
El valor es la gracia bajo presión. La primera corrida a la que asistió Hemingway fue en Madrid el 27 de mayo de 1923. Ese año visitaría después las fiestas de Pamplona en el mes de julio. Fue acompañado de su esposa Hadley Richardson, que estaba embarazado, y del editor Robert McAlmon y el periodista Bill Bird. Los tres hombres eran novicios en este trance y se sirvieron del whisky para aguantar lo que les esperaba en la plaza. En aquella época los caballos de los picadores no llevaban peto, que fue impuesto en 1928, y las cornadas que les infligían los toros eran la parte más horrenda y nauseabunda del espectáculo porque además era marginal respecto al quid de la lidia, resumido en la famosa frase de Hemingway: el valor es la gracia bajo presión. De esta experiencia, McAlmon concluyó: cualquier afición a los toros no podía ser más que una pose. Es una afirmación interesante para interpretar la obra de Hemingway porque es aplicable a todas las formas de lucha regulada en las que el hombre –torero, cazador o pescador- se enfrenta a la fiera que representa la muerte y en la que esta está por definición en inferioridad de condiciones. Al final, el torero y el cazador vencen a la fiera, de un modo u otro. Hemingway soslaya esta observación para detenerse en la complejidad de la lidia. La corrida de toros distaba mucho de ser sencilla, observó y al conocimiento de sus lances y normas dedicó su característico empeño reconocido por su colega John Dos Passos: Hem podía dedicarse en cuerpo y alma a cualquier cosa que le interesara. En Pamplona estaba resuelto a conocer a fondo todas las fases del ritual. Bill Bird, el segundo acompañante del escritor en esta visita, observó que algunos espectadores serían alistados al día siguiente para la guerra de Marruecos. Esta observación también es aplicable al conjunto de la obra de Hemingway porque lo que llamamos el contexto social nunca aparece en ella: el héroe de sus relatos está siempre solo ante el peligro, aunque esté, como en la plaza de toros, rodeado de una multitud, que nunca cuenta a efectos del desenlace de la situación.
El más maldito tiempo salvaje y divertido que hayas visto nunca. Las fiestas de Pamplona habían prendado a Hemingway y volvió al año siguiente, 1924. El escritor estaba eufórico, se había publicado su primer libro –Tres cuentos y diez poemas– y había tenido a su primer hijo al que llamó John Hadley Nicanor, en homenaje al matador de toros Nicanor Villalta, y al que dejó con la niñera para volver a los Sanfermines con su esposa Hadley y la cuadrilla a la que esta vez se habían sumado John Dos Passos y su pareja, la joven Crystal Ross. Fue un año memorable, el mejor entre sus viajes a la capital navarra, según recordaría en Muerte en la tarde. Dos Passos no lo experimentó así; sus recuerdos de aquellos días fueron reticentes, tanto en lo referido a la actitud de Hemingway como sobre la fiesta misma. Fue un tour de la agencia Cook dirigida por Hem como maestro de ceremonias, dejó escrito el autor de Manhattan Transfer. Es una observación pertinente porque, en efecto, Hemingway necesitaba sentirse acompañado para demostrar su superioridad en la actividad en la que estaba inmerso. A Dos Passos, que añoraba los momentos de intimidad con su novia Crystal, no le gustaron ni los comportamientos de sus compañeros de parranda (nos divertimos y comimos y bebimos bien pero había demasiados exhibicionistas para mi gusto en el grupo. El espectáculo de una pandilla de gente joven tratando de probarlo) ni su lugar en la fiesta (poner de manifiesto mi ignorancia sobre el ritual del toreo en una plaza llena de navarros que cantan y bailan no era mi idea de una tarde agradable). En Fiesta, Hemingway se tomaría la revancha de su colega y competidor aludiendo a Crystal Ross en una conversación entre hombres como una chica estupenda, entiéndase lo que se quiera, que vive en Estrasburgo, donde en efecto residía la muchacha, en realidad una brillante académica. 1924 fue el año en que el escritor conoció al hostelero y gran aficionado Juanito Quintana, paradigma de sabiduría taurina y de prestancia humana, y fue el año en el que el escritor y sus amigos, a los que la prensa local llamó los americanos, participaron en la suelta de vaquillas posterior al encierro y trasladaron su hazaña al otro lado del Atlántico a través de las crónicas para el Toronto Star Weekly, haciendo así que la incipiente fama del personaje Hemingway quedara asociada a los Sanfermines antes incluso de que se publicara la novela y que la fiesta fuera conocida fuera de la región, y fue también el año de la primera cogida mortal en el encierro, que se relatará en Fiesta. Los ingredientes de la novela ya estaban sobre la mesa.
Las fiestas de ‘Fiesta’. Los Sanfermines se habían convertido en el objetivo anual de Hemingway y Hadley, que ahorraban durante el año para asistir a las fiestas de Pamplona, y complementaban la estancia con una escapada a Burguete para pescar truchas en el río Irati. El primero de julio de 1925, Hemingway escribe a su amigo Scott Fitzgerald y le confiesa que, para mí el cielo sería una gran plaza de toros con mis dos asientos de barrera y un río truchero en la que ningún otro estuviera autorizado a pescar. El mensaje refleja el universo binario de Hemingway –la naturaleza y la lucha, lo claro y lo oscuro- y denota un estado de satisfacción y euforia que tal vez estaba relacionado con la certeza de la inminente escritura de la novela, como si el autor sintiera que ya está en condiciones de hacer un buen trabajo, término que en la jerga de Hemingway es el colmo de la excelencia y lo más que se le puede pedir a un hombre. Sea como fuere, la cuadrilla que visitó Pamplona ese año y sus cuitas internas y los lances y tropiezos ocurridos aquellos días nutrieron los episodios de la novela. Las fiestas de 1925 fueron las de Fiesta. Hemingway se transmutó en Jake Barnes, narrador y protagonista del relato; Bill Smith, amigo del autor desde la infancia, y Donald Ogden Stewart, amigo también y veterano de aventuras sanfermineras, sirvieron para componer al leal y bienhumorado Bill Gorton; el enamorado y alcohólico Patrick Guthrie se inviste de Mike Campbell, y el advenedizo Harold Loeb juega el papel del impertinente frustrado Robert Cohn. Hasta aquí, los papeles masculinos. La novedad del reparto es una mujer, lady Duff Twysden, pareja de Gurhrie, y convertida en lady Brett Ashley, que opera como dinamo de la interacción entre los personajes masculinos. Otros dos personajes, también masculinos y sin apenas disfraz representan el asidero de valor y autenticidad que buscaba Hemingway en la lidia: el hostelero Juanito Quintana, en la novela Juanito Montoya, y el diestro Cayetano Ordóñez, Niño de la Palma, Pedro Romero. Hadley Richardson, la esposa de Hemingway, que participó en la expedición, no aparece en la novela, que le fue dedicada, a ella y a su hijo, y más tarde fue la beneficiaria a perpetuidad de los derechos de autor como acuerdo de su divorcio del escritor en 1927.
Paris no era una fiesta. En la primera parte de la novela, los personajes vagan por un París nocturno, de café en café, de garito en garito, sin oficio ni beneficio. Son gente de clase acomodada pero impecune, que está a verlas venir: un giro postal, una transferencia de fondos, una oferta de negocio relacionada con la edición o la escritura. La excepción es Jake Barnes, el protagonista y conductor del relato, que oficia de periodista en una agencia de noticias, tiene ingresos fijos y la determinación de ir a las corridas de toros en España, empezando por la feria de Pamplona. Estos tipos de la generación perdida, a la vez marginales y representativos de un cierto estado de la sociedad de la época, colgados con pinzas en el tendedero de la década prodigiosa que media entre el fin de la primera guerra mundial (1918) y la caída de la Bolsa de Nueva York (1929), necesitaban imperiosamente hacer algo con sus vidas de las que ya había pasado previsiblemente la mitad; estaban en la treintena pero la media de edad en Estados Unidos en aquella época era de sesenta años. Una ansiedad difusa les llevaba al alcohol. El más estable de los personajes, Jake Barnes, que no es manco en este menester, ingerirá durante unas horas nocturnas nueve bebidas alcohólicas –whisky, pernod, cerveza, vino, coñac, champán- en ocho establecimientos distintos. Dato para una interpretación histórica: la vanguardia de la colonización cultural de Europa por Estados Unidos, convertido en la nueva potencia planetaria, está formada por alcohólicos funcionales que huyen de su país en busca de Un lugar limpio y bien iluminado, para decirlo con el título de un hipnótico cuento de Hemingway en el que por lo demás el personaje de referencia es un viejo alcohólico que ha intentado suicidarse. París es un lugar oscuro y sucio en el que Jake Barnes se encandila cuando encienden las farolas de la iluminación pública y las luces de los escaparates y los semáforos y el bateau mouche radiante en la noche.
El lugar de la inocencia. De camino a la fiesta y antes de que esta dé comienzo, Jake Barnes y su amigo Bill Gorton hacen una excursión de pesca al río Irati y se hospedan unos días en Burguete. El novelista y guionista de cine Nathan Asch, que era amigo de Hemingway, al que había conocido en París, leyó el borrador de la novela y calificó esta parte, que comprende los capítulos 11 al 14, como una guía de viajes y recomendó al autor que la suprimiera. Afortunadamente, Hemingway no le hizo caso. Las montañas y ríos del Pirineo navarro son el paraíso, el lugar de la inocencia. La excursión de pesca se desarrolla en tres actos. En el primero se describe el viaje de Jake y Bill en la baca del autobús hasta Burguete. El día es luminoso y el paisaje exultante y los dos forasteros confraternizan con los viajeros locales con franca simpatía, botella y bota de vino mediante. Estos vascos son buena gente, dijo Bill. En el segundo acto se relatan las jornadas de pesca, relajadas, amables, productivas en términos de capturas. Un tiempo que pasa sin notarlo, como quizá ocurra en el paraíso, y en él dos amigos intercambian bromas y su conversación permite al lector atisbar mejor al protagonista y su circunstancia. Así transcurren siete jornadas felices sin noticias de la cuadrilla con la que han quedado en Pamplona. El tercer acto es el de la vuelta a la ciudad, donde les aguarda la fiesta, que aún no ha comenzado. En el reencuentro de la pandilla se reinicia la cháchara, los malentendidos y las provocaciones ocasionadas por la tensión sexual entre Robert Cohn, el despreciado, y Michael Campbell, el borrachín arruinado, a causa del deseo que provoca Brett Hashley, la chica del grupo. Jake lleva a la cuadrilla a presenciar el desencajonamiento de los toros, una manera de introducirlos en la fiesta y de exhibir él una autoridad en la materia que les ha llevado a Pamplona y que le da una coartada para quedar al margen de la insidiosa situación protagonizada por sus compañeros de farra. El desencajonamiento es el espacio del toro, donde reina la verdad elemental, el instinto primitivo, la cosa más sencilla, que se opone al espacio del torero, el de la cuadrilla de amigotes, donde reina la confusión y el equívoco. Si el que ha de lidiar se queda en su espacio y se aleja del toro hace una faena indigna, reprobable. La introducción a la Fiesta es, pues, la aparición del toro que surge de la oscuridad del cajón donde ha sido transportado hasta el coso.
La marca del héroe. La atractiva lady Brett Ashley, aristócrata por matrimonio que está a punto de romperse, errática y desnortada, objeto de deseo de Robert Cohn y otros moscones, tuvo con Jake una relación sentimental imposible de traducirse en términos carnales. Ella aún se siente atraída por él y buscará su compañía y protección en diversos lances del relato hasta su fallido reencuentro final en Madrid donde termina la novela. Jake Barnes es impotente por una herida de guerra y esta es una de las claves de la novela; su impotencia no afecta al deseo sexual sino a su consumación. No es un eunuco sino que padece disfunción eréctil y lo tiene asumido. El personaje se lo cuenta a sí mismo cuando reflexiona en su habitación después de la agitada escena del desencajonamiento: Las mujeres son unas amigas estupendas. Estupendas de verdad. En primer lugar, para poder asentar una amistad con una mujer tenías que enamorarte de ella. Yo había tenido a Brett por una amiga. No había pensado en la contrapartida. Había conseguido algo a cambio de nada. Solo sirvió para retrasar el pago de la factura. La factura llegaba siempre. Es una de las cosas con las que podías contar. Esta brumosa dificultad de elección entre el amor y la amistad con las mujeres es una de las claves de la misoginia que se atribuye a Hemingway, que estuvo casado cuatro veces y tuvo tres hijos varones al primero de los cuales, John o Jack, puso el nombre de un torero y del menor, Gregory, no pudo aceptar que se sometiera a una operación de reasignación de género. La impotencia de Jake está en que tiene una misión –hacerse un entendido en tauromaquia- que no incluye a lady Brett. La impotencia es un recurso para mantener aislado y libre al héroe. En la mitología de Hemingway, el héroe, trágico a menudo, es siempre masculino y debe estar y está solo ante su destino. Dos magníficos cuentos de caza en África –La breve vida feliz de Francis Macomber y Las nieves del Kilimanjaro– son ilustrativos de la tarea del héroe en relación con el papel de su compañera. Nada de mujeres en el momento de la verdad, para decirlo en términos taurinos.
La muchacha del cabello a lo garçon. Las chicas llevaban el pelo cortado a lo chico en los años veinte del siglo pasado. Era una moda que quería significar emancipación y libertad. A Hemingway le gustaba ese corte de pelo, que era el de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, periodista de la revista Vogue con la que el escritor habría tenido relaciones en encuentros esquiando en Austria y tomando el sol en la Riviera francesa, y formó parte de la pandilla de los Sanfermines de 1926, donde también estuvo Hadley. Pauline y Hadley juntas en la fiesta, mirándose con incomodidad, recelo y quizá odio. Una entra y otra sale de la vida del escritor y el sol también se levanta y se pone, y se apresura a volver al lugar donde se levanta, en palabras del Eclesiastés. Lady Brett también lleva un corte capilar a lo garçon, lo que constituía un señuelo para los jóvenes que la rodeaban; la primera fantasía de un joven es creer que la chica que tiene enfrente y a la que desea es de los nuestros, aunque siempre hay alguna reserva respecto a su femineidad. En la plaza de toros de Pamplona, Jake teme que Brett rechace al espectáculo de los caballos reventados en la suerte de varas pero, no, conserva la atención sin mostrar ningún sentimiento. Es curioso –dijo Brett-.No se fija una en la sangre. Es de los nuestros pero también y sobre todo, es un ser vulnerable en busca de estabilidad y afecto. Los que la rodean quieren conquistarla; ella prueba suerte, los seduce y se deja seducir y los abandona. El último seducido y abandonado fue el torero Pedro Romero, que le pidió que se dejara crecer el pelo para parecer más femenina.
La fiesta estalló. No hay otra forma de describirlo. Se lee en el arranque del capítulo 15 de la novela. Y en efecto, no hay otra manera de describirlo ni aún ahora, cien años después, cuando la fiesta está altamente ritualizada y cientos de mozos y mozas esperan en la plaza consistorial la explosión del cohete anunciador para anudarse el pañuelo rojo al cuello. En los catorce capítulos anteriores, los personajes han ido de aquí para allá, buscándose, tanteando una salida en pos de reposo y sentido y dejando pasar los días en el empeño hasta que se encuentran en Pamplona. Un puñado de náufragos en una isla exótica. Fiesta fue el título que flotaba en la cabeza del autor mientras escribía el borrador pero cuando lo presentó a la edición optó por The Sun Also Rises. Pudo ser por una razón comercial. No quería que su obra se identificara con una palabra extranjera, aunque a él le sonase bien, así que recurrió a un enunciado familiar a los presumibles lectores, lectores también de la Biblia, que, además, otorga hondura y trascendencia al libro. Hemingway no quiere parecer el autor liviano que podría inferirse de su prosa y de sus temas, y ciertamente no lo es. El párrafo del Eclesiastés del que esta extraído el título habla crípticamente de la firmeza del mundo y de la volatilidad de la vida, de la muerte y la resurrección, y de un eterno retorno que marca la existencia de los humanos. El título Fiesta apareció en portada en la primera edición del Reino Unido (1927) y fue adoptado en diversas áreas lingüísticas, singularmente del ámbito del castellano, donde era más fácil de comprender que la cita del Eclesiastés, lo que tal vez ha introducido un equívoco cognitivo y fomentado el rechazo de la novela donde por razones de reconocimiento con más afición debería leerse porque no es precisamente una fiesta costumbrista lo que se cuenta en ella. Fiesta no es la novela de los Sanfermines.
Sísifo festivo. El chupinazo que anuncia el festejo, sin embargo, no detiene el flujo de la existencia, ni inaugura un periodo nuevo. La fiesta es un accidente, venturoso, jovial si se quiere, frenético y desconcertante, que sin embargo no cambia el destino humano. Hemingway observa el carácter narcótico de la fiesta a través de su protagonista: todo acababa volviéndose bastante irreal y parecía como si nada pudiera tener consecuencias. Pero cada día de fiesta, el sol sale y se pone y vuelve a salir al día siguiente. Media docena de capítulos de la novela empiezan con la expresión por la mañana… El sol es siempre igual a sí mismo y los personajes de la novela también. El astro no saldrá de su órbita y los personajes serán ese día como han sido el anterior, fieles a sus obsesiones y manías, vagando en sus propias órbitas. El escenario está formado por dos círculos secantes. El más vasto e ilusorio es el de la algazara, donde tiene lugar el desmadre etílico, el baile, los fuegos artificiales, los abrazos y los golpes, en la plaza mayor de la localidad (entonces plaza de la Constitución y hoy plaza del Castillo) y, pegado a ella, la plaza de toros, donde se celebra el ritual de la vida y la muerte, contenido, reglado y silencioso. Jake Barnes ha acudido a Pamplona para conocer el misterio de este ritual pero, para llegar a él, ha tenido que atravesar con su pandilla la plaza de la fiesta. Al final de la historia, se cumplirá la segunda ley de la termodinámica y la entropía se habrá apoderado de este universo.
El desorden del mundo. Entre los papeles asignados a los personajes de Fiesta, a Robert Cohn le ha tocado el de antihéroe. Es el primero en aparecer en la novela y el único que el autor describe a través de su narrador Jake Barnes, y lo hace en un tono condescendiente en el que desliza la caracterización de que es judío. El antisemitismo está presente en las páginas de la novela; en al menos nueve ocasiones los personajes señalan la condición de judío de Cohn, incluso en su presencia, como una forma de insulto. Cohn es un universitario que ha sido boxeador aficionado y ha escrito una novela, está esperando la ayuda económica de su mujer, una rica heredera llamada Frances, para algún proyecto literario y quiere viajar a Sudamérica. Todo apunta al advenedizo que busca sentido y salida a una situación estancada, el tipo dependiente de los demás para su propia realización; probablemente, el espécimen humano más detestado en el universo de Hemingway. En la noche parisina conoce a través de Jake a lady Brett Hashley de la que se enamorisca y consigue irse con ella a una escapada sentimental en San Sebastián cuando el grupo planea el viaje a Navarra. Esta breve escapada no tiene continuación en Pamplona pero él no cesa de acosarla, a pesar de que se ha unido al grupo el prometido de la dama, Mike Campbell, un escocés alcohólico y en bancarrota que se encara con el indeseado pretendiente preguntándole si no se da cuenta de que está de sobra. Brett intenta escapar de esta berrea de machos y se echa en brazos de Pedro Romero, el torero, el único ser excepcional y diríamos que sublime en aquel entorno ruidoso y torpe, que a su vez también quiere conquistarla. La nube de celos que ha flotado sobre la cuadrilla estalla en una tormenta de golpes. La ira del boxeador Cohn la emprende primero contra Jake y Campbell y luego contra Romero, al que da una descomunal paliza para llorar después pidiéndole perdón. La violencia para destruir a un competidor sexual rompe la barrera invisible que había mantenido separados lo profano y lo sagrado. El espacio de la jarana, el alcohol, los celos y malentendidos que han impregnado la convivencia de la pandilla y el lugar de la lidia donde se juega la vida y la muerte y el torero es un sacerdote. Pero no ha sido el único episodio de violencia protagonizado por los de grupo. Inmediatamente antes, Campbell y Bill Gorton se habían enzarzado a golpes en un bar con un grupo de turistas ingleses –los despreciables turistas ingleses, procedentes de Biarritz-, uno de los cuales había reclamado una deuda al escocés. Mientras la cuadrilla, ebria y magullada, comenta estos sucesos, un mozo ha muerto esa mañana en el encierro. Fuera de la plaza murió un hombre. ¿Ah, sí? –dijo Bill. Y así termina el capítulo. En una carta a su madre después de que la novela fuera publicada, Hemingway le explicó que era sobre tipos devastados, vacíos y rotos por dentro, pero a su entonces amigo Scott Fitzgerald le confesaría descarnadamente que la única moraleja de su libro es que cómo la gente se va al diablo.
Café, copa y toros. A mediodía nos vimos todos en el café, así empieza el relato del último día de fiesta. Se reanuda la rutina, intacta. Las calles están abarrotadas de pamploneses y de campesinos con blusones negros y a la plaza llegan autobuses de turistas, sobre todo ingleses, que se pierden en la multitud. A la tertulia llega lady Brett, altiva y decidida como si la fiesta se estuviese celebrando en su honor y le pareciera agradable y divertida. Cohn se ha ido de la ciudad y a nadie parece importarle. Beben y hablan del estado de Pedro Romero después de la paliza. Brett sigue con él pero busca el cobijo de Jake. Luego van a la corrida, la última de la feria; entradas de contrabarrera. La corrida que se relata tuvo lugar en la realidad, en la que Cayetano Ordóñez –Romero, en la novela- compartió terna con Marcial Lalanda y Juan Belmonte. Hemingway hace a través de Jake Barnes una crónica minuciosa de la lidia, como si quisiera dejar constancia en la novela de que era un aficionado, un entendido de verdad, título que le había otorgado Juan Quintana/Juan Montoya, el depositario del saber taurino. En aquella corrida la atención de los aficionados estuvo en la pugna entre Ordóñez y Belmonte. El primero era la revelación del año y el segundo estaba en decadencia y enfermo. El cronista está atento a los detalles y es capaz de llevar al lector hasta el estado de ánimo de los dos toreros y del trato cruel que recibió Belmonte del público, así como a la maestría indiscutible de Ordóñez/Romero. Son páginas maravillosas, en las que se describen el valor y la dignidad del oficio, y el sufrimiento que supone para el héroe, solo en su desafío: el tema central de la obra de Hemingway. Durante la faena, Jake continúa dando lecciones de lidia a Brett, como si de esta manera la protegiera del azar y la crueldad que reina en el ruedo. Romero ha ofrendado a Brett el capote de paseo y después de matar al toro le entrega la oreja que ha ganado. El ritual taurino parece sellar lo que en otro contexto sería una petición de mano. Brett se dejará la sanguinolenta oreja en su habitación del hotel, envuelta en un pañuelo de Jake junto a un montoncito de colillas de cigarrillo. Era el último día de la fiesta. Fuera empezaba a nublarse otra vez, escribe en narrador.
Por la mañana todo había terminado. Así, de la misma manera repentina y lacónica con que había empezado, termina la fiesta y el lector llega al último capítulo. Jake, Mike y Bill Gorton, los últimos de la pandilla que quedan en Pamplona, dejan el hotel sin que Montoya se despida de ellos, señal inequívoca de reprobación de su conducta durante las fiestas, e inician entre ellos una despedida larga y morosa, como si no quisieran despedirse nunca, que les lleva a Bayona y a seguir bebiendo, tristemente, hasta que la despedida se hace definitiva y cada uno sigue su camino. Los personajes vuelven a su incierta errancia de donde, para el lector, no saldrán nunca. Jake, después de dudarlo, decide quedarse a descansar en San Sebastián donde recibe un telegrama de Brett desde Madrid reclamando su presencia pues ha despedido al matador. A Jake le falta tiempo para acudir a la llamada. Se encuentran en Madrid, cenan en Botín y beben mucho vino y de vuelta al hotel, se acurrucan uno junto al otro en el asiento trasero del taxi.
-Ay, Jake, juntos podríamos haberlo pasado tan bien…
–Sí, es bonito pensarlo.
Fin.
Epílogo. Ni las notas anteriores ni probablemente ninguna otra extraída de la lectura de la novela puede explicar por qué Fiesta conserva su vigoroso atractivo durante un siglo marcado por cambios vertiginosos y radicales en las sociedades a las que se alude en sus páginas. El siglo XX, en cuyas postrimerías estamos ahora sin que logremos atisbar que nos depara el siglo XXI, creó un nuevo tipo humano, a la vez intrépido e inerme, para el que las aventuras terminan en fracaso. Los personajes de Fiesta buscan el momento de la verdad, para decirlo en términos taurinos, o la autenticidad, para descubrir que la única verdad posible la llevan pegada en la piel, inserta en el carácter. Están atados a su destino en un mundo mutante, plagado de incitaciones y de riesgos y son tipos a la vez solitarios por vocación y solos por necesidad, huérfanos de creencias trascendentes y en busca de una camaradería humana siempre circunstancial y fugaz. Este nuevo tipo de héroe exige una nueva forma de mirar la realidad y en consecuencia exige un nuevo estilo narrativo. El modernismo de los años veinte del siglo pasado desterró para siempre al narrador omnisciente, que construía el mundo a la vez que lo describía y toda arbitrariedad cabía en el relato. Ahora, el relato se genera en la experiencia interior del narrador, personaje él mismo de la trama, y en consecuencia está sujeto a sus limitaciones de percepción. El espacio, el tiempo y los acontecimientos que lo habitan son los que experimenta el narrador inserto en la historia, el cual se expresa para entenderse con los demás personajes no para dirigirse a un auditorio externo. El tiempo del relato es el de los episodios que se cuentan y la narración, despojada de adjetivos y tejida con frases cortas y funcionales, engarza descripciones genéricas con detalles significativos, como opera la atención del común, y los diálogos, muy frecuentes, fugaces y de apariencia banal, encierran una gran cantidad de información significativa en unas pocas palabras. Es la famosa teoría del iceberg, divulgada por el propio autor. El lector está invitado incorporarse al relato a su propio riesgo, ya que habrá de inferir la profundidad de lo contado a partir de la aparente liviandad de lo narrado. En este campo de juego, Hemingway fue un genio, de hecho fue uno de los creadores del juego, y Fiesta, una obra maestra absoluta.
La imagen que encabeza el comentario es el grafismo de portada de la primera edición de The Sun Also Raises en 1926.
(Este modesto ensayo ha sido compuesto a partir de las opiniones y datos aportados por Miguel Izu, Rodrigo Fresán, Manuel Hidalgo, Amor Towles, Miguel Temprano y José Gabriel Rodríguez Pazos, participantes en el ciclo-homenaje Fiesta 100 años organizado el pasado mes de junio por Luis Garbayo en representación del Ateneo Navarro y la Biblioteca de Navarra/Nafarroako Liburutegia. El autor se siente agradecido también a José María Romera, gran conocedor de Fiesta y divulgador de su valor literario).