El viejo pedalea y lee en las páginas de un libro apoyado en el manillar del velocípedo. De cintura para abajo las piernas llevan a cabo la encomienda con la ciega resolución del hámster  que mueve el molinillo de su jaula; de cintura para arriba, la cabeza busca paraísos inencontrables en la letra impresa. Entrambos extremos, el corazón bombea la sangre confiadamente mientras espera el infarto de miocardio. Esta certeza se ve aliviada porque el viejo tiende a creer, como el jefe cheyenne Old Lodge Skins (Pequeño Gran Hombre, 1970), que aún no ha llegado la hora.

El libro convocado para entretener el movimiento circular de las piernas es un tomito ínfimo que reúne las crónicas de la guerra civil española que Erika y Klaus Mann escribieron en diversos periódicos durante su visita al país en 1938. Pocas páginas, ninguna información relevante y una prosa naif y banal irritan al ciclista que acelera la pedalada mientras la imaginación se le emborrona con toda clase de ocurrencias peregrinas. ¿Por qué está leyendo estas crónicas insignificantes? ¿Por qué está dedicando su tiempo a las veleidades de estos artistas adolescentes?  Su precioso tiempo, insiste, antes de que llegue el infarto, el cáncer, el alzheimer o lo que corresponda, de los que parece huir cabalgando una bicicleta estática.

Cuando la ira amengua y la niebla de la mente se disipa empieza a entender por qué este libro está ante sus ojos. Entonces, el viejo suele explicarse a sí mismo mediante una hipótesis generalizadora. El comportamiento de los viejos se conduce por patrones previsibles, si bien íntimos y distintos, que revelan la derrota de la existencia, en la doble acepción de rumbo y de fracaso. El viejo se deja arrastrar por estos señuelos a los que es sensible y que operan en él como imanes del tiempo ido. Erika y Klaus, jóvenes, ilustrados, viajeros, activistas, dispuestos a que su oficio de escritores, que han abrazado con entusiasmo, sirva para cambiar el mundo, y la guerra civil, el origen de nuestra historia, el agujero negro en el que da vueltas la energía de la sociedad española. Una guerra civil no se crea ni se destruye, solo se transforma, como estamos viendo en estas fechas en el reñidero público.

La clausura de la historia, que se profetizó a principios de los años noventa, no ha ocurrido. Al contrario, como si quisiera vengarse del optimismo que quiso abolirla ha reaparecido como una hidra feroz e imprevisible. Las crónicas de Erika y Klaus Mann se leen como se ven las fotos del álbum familiar, con una mezcla de nostalgia e incredulidad porque ni la letra impresa ni la imagen fotográfica transparentan la hirviente realidad que hay detrás de lo que muestran. En los documentos del pasado reina una extraña tranquilidad y en ellos posamos para la historia, hacemos un aparte en el trajín de los días y aspiramos a pasar de esta guisa ante la posteridad. También el viejo posa en su bicicleta, que finge ser estática pero le lleva cuesta abajo a toda pastilla.