Un señuelo de la vejez es la promesa de un tiempo de sosiego en el que el lector podrá entregarse a obras de sublime literatura y dejarse acariciar por una poesía traslúcida y una prosa evocadora y redondeada. Nada de eso. La atención atropellada, el apetito de novedad de imposible satisfacción, la urgencia del tiempo escaso y la impostura propia de los artefactos literarios hacen que el viejo e impaciente lector mude sus expectativas y busque una suerte de fraternidad en las páginas que tiene ante los ojos. Una historia truncada, azarosa, tentativa, pero tallada con una prosa briosa y tenaz, en la que parece comprometida la existencia misma del autor, es más consoladora que cualquier otra fórmula. Los viejos necesitamos hacer ejercicio, incluso con un libro en la mano. Este lector ha encontrado este recurso en la obra de Olga Merino.

En La forastera, una mujer ha dejado atrás su vida anterior de urbanita muy viajada de clase media y vive solitaria en la casa solariega de una aldea remota en ese universo rural, sombrío y pedregoso, que no es infrecuente en la literatura española y que a este lector le recordaba a veces las espesuras de Juan Benet. La novela es un desafío no solo narrativo sino existencial desde las primeras líneas: Ellos no lo saben pero aquí estoy bien, con el huerto y los perros, las trochas y mis piernas. La cancela siempre está abierta. No les tengo miedo. Chismorrean. Saben que escondo una escopeta en la cámara del grano, una vieja Sarasqueta del calibre 12.

La narradora/protagonista es una mujer sitiada y desde ese arranque su tarea será construir un mundo en el que es forastera y hacerlo convincente al lector: personajes, escenarios, antecedentes, se engarzan más por imperativo de la pluma que los crea que por la lógica orgánica de sus interacciones. La historia no fluye pero el lector no puede abandonar la lectura, arrastrado por una prosa fiera y musculada de cazador que se interna en la niebla del bosque sin certeza de que vaya a ganar la pieza. La alusión a las piernas y a la escopeta de las primeras líneas del texto es un indicador del espíritu del relato.

El antecedente de esta ficción lo encuentra en otro libro de la autora: Cinco inviernos. Es un libro fascinante. No es una novela sino una colección de apuntes y comentarios sobre hechos de la realidad en un escenario novelesco: la implosión de la Unión Soviética en los primeros años noventa de la que Olga Merino fue testigo por su condición de corresponsal de El Periódico en Moscú. El golpe de estado de Yeltsin, la guerra de Chechenia, la vista a Chernóbil, las penurias de la sociedad postsoviética, la obra de Solzhenitsyn y de Salamov, la entrevista fugaz al creador del fusil kalashnikov, el homenaje a la bailarina Maya Plisétskaya, son fragmentos de un universo vertiginoso que la prosa de Olga Merino atrapa con gran viveza y que conviven y se entrelazan con la experiencia personal de sus cuitas diarias en un contexto de escasez, suspicacia y dificultades de todo tipo, en el que la narradora se confiesa forastera. Extraña no solo ante los hechos que cuenta sino respecto a su propio observatorio como periodista.

Me hice periodista para escribir pero para periodista me falta aguijón, escribe. En medio del bullente mundo que la rodea regresa a menudo a la tortura del escritor que no encuentra la senda de su verdadera obra. Kafka, Virgnia Woolf y Sylvia Plath estuvieron en esta tesitura, se dice a modo de consuelo y fija este inquieto estado de ánimo en la palabra rusa toská, un término de titilante traducción para la que recurre a la definición que ofrece Vladimir Nabokov, una sensación de intensa angustia espiritual, a menudo sin una causa explicable, de un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que anhelar, una comezón, una ansiedad vaga. Es propio de un escritor o escritora de raza dedicarse a explorar la palabra justa que defina el temblor de su alma cuando el mundo se desploma alrededor. Bien mirado, es una pulsión muy rusa, y literatura de primera calidad.

No volveré a España sin haber escrito un libro. Abandonar Rusia sin el manuscrito de una novela bajo el brazo sería un fracaso vital insoportable, resuelve Olga Merino. No hubo tal fracaso. De aquella experiencia salió el manuscrito de Cenizas rojas (1991), la historia de un expatriado involuntario en Rusia que decide volver a España mientras sobrevive en el disloque en que se ha sumido el país. Luego ha publicado Espuelas de papel y Perros que ladran en el sótano, y La forastera, donde la protagonista pega fuego al mundo en que ha buscado acogida sin conseguirla, y huye hasta el mar. En la playa, el cascarón de una barca boca abajo será su nuevo hogar esa noche.

(A Dolores Payás, que orientó a este lector hacia la obra de Olga Merino, con agradecimiento)