Ocurrió el pasado domingo en Berriozar, una localidad que forma parte de la conurbación de esta remota ciudad subpirenaica, durante la retransmisión de la final del mundial de fútbol a la que asistían un grupo de paisanos en la terraza de un bar cuando fueron asaltados por unos encapuchados que les arrojaron sillas y les golpearon con barras metálicas. El ataque fue breve, apenas un minuto si hemos de fiarnos de la duración de los vídeos que registran el suceso.

El ataque es muy aparatoso y aparentemente resolutivo pero los saltos y aspavientos de los atacantes recuerdan a los homínidos de la película 2001 Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) en los albores de la humanidad y tienen el mismo propósito: expulsar a los atacados del abrevadero que ocupan. En el mundo de las conexiones intergalácticas y ante el espectáculo más visto y jaleado en el planeta, un grupo de primates intenta conquistar la terraza de un bar.

Los atacados eran militares, así que se infiere que los atacantes formaban una pequeña horda en guerra contra España en un momento de alto voltaje simbólico. España triunfa en Nueva York y es derrotada en Berriozar. Chúpate esa. La interpretación es tan disparatada y contraria a la razón que probablemente sea la cierta. Las erinias de la coalición reaccionaria, doña Muñoz (pepé) y doña Millán (vox) ya la han hecho suya señalando a los nietos de eta y aliados de don Sánchez. Si escalamos en la genealogía podríamos llegar más arriba, no solo nietos sino tataranietos de los que llenaron las calles de la ciudad hace noventa años para combatir y destruir la república democrática.

Los ocupantes de la terraza no cedieron el terreno, aunque hubo heridos por los golpes, pero ya habrá otra ocasión, mañana, en el próximo mundial o cuando sea; después de todo es una guerra que data de doscientos años atrás y conserva intacto el núcleo radiactivo. En el lado de los atacados también tienen lo suyo; uno de los militares de paisano ostentaba una camiseta de una organización neofascista española de lo que se infiere la penetración de la extrema derecha en los cuerpos de seguridad. La condena de las instituciones locales ha sido uniforme y rutinaria. Nadie se ha aventurado a identificar a los agresores. El estado de ánimo de la sociedad es de rechazo a volver a lo entonces, que parece lo de siempre. Solo los voxianos han visto una oportunidad y han denunciado el incidente en el juzgado. Debería haberlo hecho el ayuntamiento pero eso es ontológicamente imposible. Vivimos en el delicado equilibrio de un equívoco. La misma tarde, a la misma hora, en otro bar a ochenta kilómetros del lugar del suceso, un parroquiano imponía sus berridos contra el rey y su familia sobre la satisfacción reinante en el local por el triunfo futbolístico.

Episodios fugaces de una fiebre incesante que puede alcanzar picos irreparables. Hace veinticinco años, en la misma localidad del ataque fue asesinado a balazos un músico militar: Francisco Casanova. Pero, por lo que vemos, la historia es básicamente olvido.