El viejo sabía que iba a ocurrir y sin embargo fue al cine. Si le preguntas ahora, te dirá que lo hizo para sacudirse de encima el confeti de tanta fiesta acumulada, los sanfermines, el mundial de fútbol y, con suerte, el final del carnaval político hasta septiembre. Además, en la sala hay aire acondicionado. Todas estas razones, sin embargo, no ocultan la evidencia de que el viejo iba a detestar el espectáculo al que se encaminaba con decisión absurda. A cierta edad no puedes aspirar a que algo te seduzca o te encandile, dones de dispensaba el cine en otros tiempos, así que solo queda esa terquedad senil que puede confundirse con la intrepidez. Silencio, acaban los anuncios y se apagan las luces.
El péplum –ya saben, las pelis de romanos: falditas cortas, yelmos empenachados con cepillos industriales, machotes cejijuntos- es un género amortizado. Durante décadas los críticos finos vienen señalando a cada nueva película del oeste como western crepuscular, quizá porque o a pesar de que (casi) siempre aporta una visión inédita sobre un cuadro conocido. No hay crepúsculo posible en el péplum en el que cada nuevo intento es un álbum de cromos sobre la misma y consabida historia. Hay una razón para que sea así: el western es cinematográfico; el péplum, literario. Hace falta cierta humildad en la mirada y cierta visión poética para entender a los remotos ancestros que nos legaron el marco de nuestra imaginación. Lo mejor del mundo clásico son sus fragmentos y es más interesante y entretenida una charla de Mary Beard que una película de Christopher Nolan, y sin tanto ruido.
Ya les adelanto que este espectador mide el impacto de la película que está viendo por el número de veces que consulta el reloj y en esta ocasión pasó de la docena. Christopher Nolan quiere ser Homero y es un Cecil B. de Mille muy estrepitoso. Ha convertido una historia maravillosa e inspiradora en un engrudo indigestible. De su Odisea puede decirse que es aplastante en el sentido que lo son un tanque de guerra o un tiranosaurio. Al espectador solo le queda acurrucarse en la butaca y esperar que llegue la palabra fin. Lo primero es el sonido, atronador, que no subraya ni acompaña a la acción sino que la precede y la envuelve, como si tuvieras la oreja pegada a un amplificador en un concierto rave. Las pausas musicales están ocupadas por diálogos ñoños y estirados entre los personajes para explicar la acción que por sí misma es inexplicable. Porque, agárrense, Nolan ha hecho una menestra con ingredientes de otros ciclos de la mitología griega, como la Ilíada y la Orestíada, con la que aspira a formular una teoría histórica sobre el ocaso de la era del bronce, si no entendí mal el propósito entre tanto ruido. Al final, Ulises y Penélope no se quedan en Ítaca sino que emigran del bracete hacia el horizonte del crepúsculo, es decir, hacia el oeste: la América de Trump, quizá.
La peli ha recibido algunas objeciones por sus licencias temporales y raciales. Da igual, porque lo mismo podía haberse desarrollado en el espacio sideral. La objeción racial era más previsible habida cuenta el tiempo que atravesamos y se debe a que el papel de Helena de Troya lo interpreta Lupita Nyong’o. Pero la misma opinión encuentra natural que Ulises tenga la cara y la apostura céltica de Matt Damon, que parece un panoli, o que Calipso habite en el cuerpo y la cara de Charlize Theron en un papel que querrá olvidar cuando recuerde su carrera. El reparto típicamente hollywoodense, y sin duda necesario para financiar el mamotreto, no es el único elemento disonante. Los escenarios y el atrezo –ropones, armaduras, habitáculos- evocan una distopía del tipo Mad Max y están más cerca de los bosques boreales que de las islas griegas, y hasta las playas, extensas, planas y deshabitadas, parecen bálticas. Pero lo más imperdonable es el tratamiento elusivo y naturalista que Nolan da a las mejores aventuras de la historia. Polifemo y los cíclopes, los lotófagos, Circe, las sirenas, Escila y Caribdis se ofrecen de un modo trivial, despojado de dramatismo y prescindibles si así se hubiera decidido en el guion. He aquí un desafío de la imaginación arcaica al que Nolan no ha querido enfrentarse.
Este verano, el viejo no navegará a Ítaca ni a ninguna otra parte. Quién sabe, quizá la peli ha sido un aviso de Atenea.