El modernismo, la corriente literaria que cambió el modo de ver y contar el mundo y de la que aún se nutren los escritores actuales porque no ha sido sustituida por otra ola equiparable, nació en los años veinte del siglo pasado en dos lugares alejados entre sí por casi seis mil kilómetros y un océano: la península de West Egg (Long Island, Estados Unidos) y esta remota ciudad subpirenaica a la que llamamos Pamplona (Navarra, Reino de España). El primero es el escenario de The Great Gatsby, la novela de Francis Scott Fitzgerald y el segundo acoge The Sun Also Rises (Fiesta) de Ernest Hemingway.  Ambos autores fueron coetáneos, compañeros de farras parisinas, hermanos en ambición profesional, competidores literarios y finalmente figuras trágicas cada uno a su modo en sus respectivos destinos.

West Egg y Pamplona son lugares literarios pero solo el primero es imaginario. El segundo es un sitio real, con su topografía, su historia, sus paisanos y sus costumbres, y este hecho ha creado un problema cognitivo irresuelto un siglo después y quizá para siempre. En la remota ciudad subpirenaica no se perdona al escritor que la convirtiera en escenario de una novela, que de inmediato será  famosa,  y menos aún que lo hiciera con tanta minuciosidad en los detalles. Los paisanos ven convertidos sus trabajos y sus ocios en leyenda novelesca y se ven a sí mismos como extras de una película de Hollywood de las que se rodarían unas cuantas en esta tierra décadas después. Claro que el sector turístico intenta aprovechar el eco de la  novela y sobretodo de su ostentoso autor para fines comerciales y las instituciones se ven obligados a reconocer que este forastero situó la ciudad en el mapa mundi, pero lo hacen con reticencia, al estilo Bartleby: preferiría no hacerlo. De hecho, Hemingway está oficiosamente acusado de haber atraído demasiados turistas a las fiestas de la ciudad y periódicamente es sometido a juicio por esta causa.

Este año se cumple el centenario de la publicación de Fiesta, un éxito editorial sin precedentes que desde entonces ha ejercido un influjo implacable en la literatura mundial y singularmente en lengua inglesa donde ha servido de guía de viaje a innumerables escritores de vitola y de pasto inagotable para la reflexión de historiadores y ensayistas. Un clásico, en resumen. En España, y más si cabe en la remota provincia subpìrenaica, no fue así, sin embargo, donde los denostadores son legión con argumentos generalmente extraliterarios. A las dificultades de publicación por razones políticas e indigencia cultural durante la dictadura, se vienen sumando la mencionada renuencia localista, la oposición activa de los taurinos, antes,  y el rechazo de los antitaurinos después, y por ende la representación excesiva del autor, que ha puesto en su contra a todo el pensamiento políticamente correcto de esta época mutante. No obstante, la novela conserva un asombroso vigor editorial. En los últimos tres años se han registrado tres nuevas traducciones al castellano, debidas a Miguel Temprano, Gabriel Rodríguez Pazos y Susana Carral, y una al euskera de Koro Navarro.

El Ateneo y la Biblioteca de la ciudad de Fiesta han conmemorado el centenario de la novela con un ciclo de charlas seguido por un público atento e interesado, y uno de los objetivos del encuentro era rescatar la novela de la espesa atmósfera de indiferencia y desdén que la envuelve. Un interviniente en el ciclo, el escritor argentino Rodrigo Fresán, que publicará un ensayo sobre la novela en octubre, dio por supuesto que las librerías locales tenían un amplio estante dedicado a la obra de Hemingway, y no terminaba de creer que no era así, no solo en la librerías sino que tampoco encontraría un ejemplar de la novela en algunas bibliotecas de la por lo demás bien surtida red pública de la provincia.

Estas perplejidades se ven oportunamente aclaradas en un reciente artículo de prensa firmado por el alcalde de la ciudad, don Joseba Asirón. El regidor es historiador profesional y tiene el hábito de publicar billetes costumbristas apoyados en una imagen del pasado y destinados a revelar el Volkgeist de la ciudad. En esta ocasión, la imagen es de la última visita de Hemingway en 1959 en la que el escritor aparece acompañado por dos jóvenes. El alcalde informa que Hemingway había conocido la ciudad en 1923, casi por casualidad, y que su novela dio a conocer al mundo las fiestas de San Fermín. Y ello supuso, a su vez, la apertura de Pamplona al turismo anglosajón [la negrita es tipografía del periódico]. Al alcalde le interesa sobre todo que la calle Mercaderes, donde está tomada la fotografía, sigue perfectamente reconocible y en su sitio, aunque hace ya 65 años que el bueno de Ernesto [sic] no se encuentra entre nosotros. Y de seguido anuncia que  este año se cumplen 100 desde que el novelista de Illinois [sic] escribiera ‘Fiesta’, y por eso el Ayuntamiento de Pamplona homenajeará a Hemingway durante las fiestas de San Fermín [ídem, la negrita]. Pero, ¿hay algún motivo para el homenaje municipal?.

La respuesta del alcalde es cautelosa y concesiva: No parece que ‘Fiesta’ sea la mejor de las novelas del Nobel de Literatura, puesto que la mayoría de los expertos ponen por delante la deliciosa novela corta ‘El Viejo y el Mar’, de 1952. ‘Fiesta’ no deja de ser la mirada sobre Pamplona de un anglosajón, cuajada de estereotipos y tópicos que nos sitúan como exóticos especímenes indígenas. Lo verdaderamente importante subyace detrás, al mostrar las debilidades y el dolor de toda una generación marcada física y psicológicamente por la guerra. En ese mundo roto Iruñea simboliza la tradición y la autenticidad, así que ni tan mal…[negrita del periódico]

El lema municipal de los Sanfermines de este año es Fiestas de verdad, al que el novelista de Illinois añadió en anglosajón hace un siglo, There is no other way to describe it [la negrita es del autor de estas líneas].