Confieso que no entendía el sentido la palabra inmatriculación ni el hecho material al que se refiere. Inscribir por vez primera un bien inmueble en el registro de la propiedad  es la definición que ofrece el diccionario, pero ¿cómo relacionar este predicado neutro con el hecho de que una persona física o jurídica acuda al registro de la propiedad con las manos en los bolsillos, declare sin más pruebas que tal finca le pertenece y por su cara bonita, como decían nuestras abuelas, salga de la oficina con el correspondiente título de propiedad bajo el brazo?

Si este trámite de naturaleza mágica es ininteligible en una sociedad basada en el derecho a la propiedad por encima de cualquier otro, lo es menos que el beneficiario de la patente de corso sea la iglesia católica, la cual ha engrosado de este modo su ya inabarcable patrimonio, con treinta y cinco mil nuevos bienes que componen un inventario del mundo físico, como en un cuento de Borges: edificios, parcelas rústicas y urbanas, cementerios, garajes, aparcamientos y, ya puestos, catedrales. Y aún hay un par de motivos más para el asombro. ¿Cómo es posible que en un mundo en el que todo es de alguien haya tal cantidad y variedad de bienes mostrencos susceptibles de ser apalancados por el primero que diga, esto es mío?, ¿y cómo sabía la corporación episcopal dónde estaban esos bienes (catedrales aparte) cuya condición de res nullius pasaba inadvertida para el común? Dejemos fuera del cuestionario las preguntas para tontos del tipo, cómo es posible tanta avarienta codicia en una institución que predica la pobreza y la caridad, etcétera.

La liberalización económica, de Thatcher a Aznar, consistió básicamente en el desmontaje del estado mediante el otorgamiento del patrimonio público a oligarquías amigas, y en España ningún oligarca es más amigo del patrimonio que la corporación episcopal. En la memoria histórica de la iglesia española está más vivo y es más lacerante el recuerdo de la desamortización de Mendizábal que la crucifixión de Cristo. Así que podemos imaginar sin esfuerzo a monseñor Rouco acudiendo a la convocatoria con el cepillo del óbolo. Don Aznar debió recibir al jefe de los obispos y decirle, mira, no te puedo dar telefónica o repsol porque lo vuestro no es la economía productiva y no es cosa de poner una capilla en cada gasolinera ni de que el tono del móvil sea el pange lingua pero podéis salir por ahí y lo que pilléis es vuestro, después de todo, tenéis órdenes mendicantes eh, eh, eh (aquí, el lector puede oír la risa cavernosa de don Aznar cuando cree que ha contado un chiste). ¿Podemos quedarnos con la mezquita de Córdoba? Claro, hombre, con más motivo, es botín de la cruzada, eh, eh, eh.

Hasta que llegó el gobierno social-comunista. ¿Y mandó parar? Bueno, veamos, un frenazo brusco puede lesionar las cervicales, así que se ha llegado a un acuerdo muy publicitado por el que la entidad beneficiaria reconoce que en menos de un millar de propiedades inmatriculadas (tres por ciento del total) hubo alguna irregularidad y ya vermos cómo se arregla. Control de daños. Cuando te han pillado manoseando la pilila de un monaguillo de once años no hay que reconocer que lo hiciste con decenas. La reputación ya está perdida, pero ¿qué es la reputación humana comparada con la misericordia de dios?