Una de las ocurrencias más delirantes y arriesgadas que pueden sobrevenirle a un artista es la de crear una obra que ya está creada. No se trata de inspirarse en el precedente, ni de versionarlo, imitarlo o parodiarlo, sino justamente recrearlo, verbo que en el diccionario tiene la doble acepción de crear algo de nuevo y de divertir y alegrar. Es, por tanto, una operación jovial además de fraudulenta. El mecanismo que inspira este delirio puede resumirse así: esta obra es tan buena que merece que la firme yo.

La recreación de una obra ya creada discurre por un tortuoso desfiladero entre el Quijote literal que en vano intentó escribir Pierre Menard y el Quijote que vertió al castellano Andrés Trapiello. La recreación como género no es fácil en literatura o música porque de inmediato te acusan de plagio, y con razón; y en las artes plásticas, donde hay más tolerancia hacia los préstamos, el límite legal está en la copia. Pero en cine, por alguna razón, la experiencia está libre de peajes y pueden rastrearse piezas del género, todas ellas pifias colosales, como Lolita de Adrian Lyne (1997)  o Psicosis de Gus Van Sant (1998). A esta cinemateca de la infamia se ha sumado Steven Spielberg con su West Side Story (2021). ¿Qué buscaba el viejo cinéfilo cuando se acercó a la taquilla y compró una entrada para ver este engendro? Les contaremos lo que encontró.

Domingo, segundo día de pascua, sesión de media tarde, dos tercios de aforo en una sala de un centenar de localidades. Muchos espectadores son demasiado jóvenes para que tengan memoria del original de Robert Wise y Jerome Robbins, aparte del eco de la inolvidable música de Leonard Berstein. Las primeras imágenes ya advierten al viejo que va a pasar un mal rato. Spielberg, como es usual, ha llenado el cuadro de trastos de ambiente muy realistas y la estilización geométrica del escenario original ha desaparecido por completo. El resultado es como un interior de estilo Bauhaus amueblado por una abuela de clase media con lamparitas de tulipa, figuritas de Lladró y centros de mesa de punto de cruz, y que además está haciendo obras de reforma en la cocina y el garaje. El amueblamiento no es solo físico sino también discursivo. La pugna de las bandas juveniles, que es la lanzadera de la historia, tiene un trasfondo racial que en este tiempo de orgullo identitario y movimiento woke sale a la superficie e impregna el drama. La sobredosis de realismo social hace estúpida la romántica historia de amor que constituye el nudo de la trama y ociosos los números coreográficos.

Un musical exige un cierto grado de encandilamiento y soporta mal la grasa de la realidad. Aquí, la grasa no es una metáfora: los personajes viven en un barrio en proceso de gentrificación, entre grúas y escombros,  y aparecen sucios, malencarados y simiescos, y la interacción entre ellos resulta acartonada, tanto más en los números coreográficos. Curiosamente, el final es más trágico en la película de Wise y Robbins, donde era una consecuencia lógica, lineal, del desarrollo de los hechos, y en esta recreación se ofrece como una ceremonia de estética zombi, empapada en el insufrible providencialismo característico de Spielberg, que no renuncia al happy end aunque esté contando el juicio final. Y para no ahorrarnos ninguna mortificación, hace aparecer a la inolvidable Rita Moreno como la abuela que es ahora.

Los viejos deberíamos estar prevenidos contra lo que se puede llamar el efecto retorno, una trampa de la memoria que nos hace volver a los dorados lugares del pasado donde ya no queda nada para nosotros. Este consejo es tanto más pertinente para quienes, como Steven Spielberg, creen que pueden reproducir la emoción que sintieron sesenta años atrás con una sobrecarga de recursos y experiencia profesional. Nahia practica la gimnasia rítmica y el otro día invitó a su abuelo a seguirla en cierto sencillo ejercicio de equilibrio sobre una pierna, más o menos como los bailarines de West Side Story, y estuvo en un tris de quedarse sin abuelo.