Un cronista sentencia y deplora la imparable decadencia de Pedro Almodóvar en su última película; resalta que su todavía abundante público no tenga menos de cincuenta años y esté formado por matrimonios de orden y grupos de amigas que vendrían de merendar en alguna cafetería, y en tono elegíaco se pregunta dónde está el director irreverente de ‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?’ y ‘La ley del deseo’. Por último, el  cronista denuncia que el cineasta manchego se ha rendido a la ideología de lo políticamente correcto, lo que quiera que sea eso.

Hay viejos que quieren ser jóvenes y jóvenes que sin saberlo son viejos. Al cronista le delata el adjetivo irreverente. Si hubiera visto en el momento de su estreno las irreverentes películas que evoca, le habrían parecido obscenas, ofensivas y delirantes. Que ahora solo le parezcan irreverentes ilustra sobre lo que la sociedad española debe a Almodóvar en el camino de la libertad y en el cambio de valores registrado en las últimas cuatro décadas. No cuesta mucho imaginar que una de aquellas películas irreverentes se hubiera topado hoy con una querella criminal de los llamados abogados cristianos o cualquier otro grupo ultra de los que campan por la actualidad política, y la consiguiente censura de algún juez de guardia, que se ha corregido.

Visto desde esta perspectiva, Madres paralelas no parece tan decadente como señala el cronista. Rebobinemos. La famosa transición discurrió por dos carriles. Por el de arriba fue un vaivén de negociaciones y acuerdos para sentar el nuevo marco democrático del estado. Por abajo, en la calle, fue un sentimiento de liberación que, como la lava de los volcanes, con perdón, encontró salida en una efusión de manifestaciones culturales de las que la llamada movida madrileña fue la más conspicua. Lo que se hacía en aquellos días en garitos, salas de concierto y platós de cine improvisados era parte sustancial del espíritu de la transición. Este magma se apagó pronto, como la transición misma, pero de él quedaron obras y artistas de largo recorrido que por buenas razones pusieron al país en el mapamundi. Almodóvar fue uno de los artífices del clima cultural que acompañó al nacimiento de la democracia y si luego ha seguido, y sigue, en el candelero no es solo por su enorme talento para venderse, como le reprocha el cronista  –esa cualidad también la tiene, por ejemplo, don Toni Cantó-, sino por méritos propios, acreditados en ámbitos muy alejados del reñidero español.

Madres paralelas es sin duda un manifiesto político en el que se funden, en dos discursos argumentales entrelazados y envueltos en compasión, la defensa de la libertad, la que anida en el cuerpo y en los sentimientos, siempre azarosa y contradictoria, y una vindicación de quienes fueron asesinados para acabar con ella. Carne y huesos, presente y pasado, atados por lazos indestructibles. Es, si se quiere, un mensaje conservador del espíritu de la transición, pero, que moleste a los mismos a los que hubieran irritado las primeras películas del cineasta, da noticia de que su cine sigue vivo.