August is the cruellest month, podría escribir míster Eliot si viviera para ver el telediario. Bosques en llamas, ciudades sumergidas en aguas desbocadas, epidemias letales convocadas en aquelarres multitudinarios, noches de insomne algarabía, remotas guerras perdidas, ¿se nos olvida algo? Ah, sí, el recibo de la luz, la factura de la energía que avanza como un tiburón blanco entre los bañistas, devora las frágiles conquistas salariales y vuelca la durmiente inflación, la tabla de surf sobre cuya planitud reposa una incierta esperanza de bienestar.
Entonces aparece doña Ribera, la ministra de la cosa cuyo marbete administrativo le sigue como un tul de novia, largo, vaporoso, inconsútil: ministra de la transición ecológica y el reto demográfico, título que sugiere un acceso directo al paraíso de la verdura haciendo abstracción de las pejigueras eléctricas que tienen encabronadas a las clases menestrales. Doña Ribera cubiletea un poco con números y porcentajes (el recibo de la luz es un enigma digno de Alan Turing y los desencriptadores de Bletchley Park) para concluir que no hay nada que hacer y la dichosa factura seguirá subiendo hasta quién sabe dónde. Es ilegal que el gobierno regule los precios de un servicio básico, como piden los socios podemitas, pero no lo es que los operadores privados vacíen embalses para producir energía hidráulica cuando el precio está por las nubes.
La transición ecológica que patrocina la ministra es, por ahora, una combinación de aire acondicionado solo para ricos y tierra reseca donde antes había agua para todos los demás. Parece el boceto de guión de una peli post apocalíptica. Doña Ribera ha debido advertir lo que su gobierno se juega en este envite y ha reconvenido finamente a las hidroeléctricas por su falta de empatía social, un término tan vacío como transición ecológica. Si esto ocurre con un gobierno social-comunista podemos comprender que el capital asista sin inquietud a que la oposición de derechas esté dirigida por una cuadrilla de botarates. Simplemente, no lo harían mejor.
Por cierto, doña Ribera debería vigilar mejor su corral competencial. Si las eléctricas le chulean la transición ecológica, su colega de gobierno don Marlaska hace lo mismo con el reto demográfico. El ministro de la policía se ha reunido con sus homólogos de la unioneuropea para frenar la crisis migratoria (otro cliché) que se avecina tras la derrota en Afganistán; es decir, para impedir la entrada de refugiados que huyen de los talibanes. Entre los inmigrantes a los que cerramos la puerta, los indígenas que se mueren de calor en verano y de frío en invierno porque no pueden pagar la factura eléctrica y los precarios que no pueden tener hijos porque la inflación devora sus modestas mejoras salariales, el reto demográfico es, en efecto, un reto.