Arazuri es una pequeña localidad de esta remota provincia subpirenaica. El castillo medieval en lo alto de la colina le otorga abolengo y preside un caserío rural tradicional a su vez rodeado de chalés de nueva planta, destino residencial de las clases medias con buenos empleos en la cercana capital de la provincia. Es un lugar, como otros de la comarca capitalina, pulcro, apacible, alejado del mundanal ruido, en el que lo urbano coloniza mansamente lo rural hasta convertirlo en un decorado. Esta síntesis desigual de los dos mundos encontraba la revancha con ocasión de las fiestas patronales.
Esta parte de la provincia, ya cercana a la montaña y de cielos nublados, carece de tradición taurina. Las capeas, encierros y demás festejos de cornúpetas son más propios (capital aparte) del valle meridional de la provincia, donde el sol pega de firme en verano. Así que a algún vecino se le ocurrió instaurar un encierro de cerdos, que mientras duró recibió el nombre de la carrera de cutos de Arazuri. No era, como nos gusta creer por aquí, una tradición milenaria; de hecho, a ningún campesino se le hubiera ocurrido semejante estupidez. Fue invento de algún urbanita desplazado y se inició justamente cuando los hijos de la localidad se convirtieron en trabajadores industriales y la clase media urbanizada empezó a apoderarse del escenario rural. El festejo encontraba cada año la consabida y simpática resonancia en los medios locales y, como suele decirse, situaba a Arazuri en el mapamundi con la perspectiva, quién sabe, de que en algún momento la ingeniosa carrera de gorrinos fuera elevada a patrimonio inmaterial de la humanidad.
Para añadirle picante a la tontuna, los organizadores ponían a los azacaneados corredores nombres propios de resonancia pública y era motivo de gran jolgorio saber que la carrera había sido ganada por un lechón llamado como la alcaldesa de la capital o el presidente del gobierno provincial. Era un gesto dizque festivo de insumisión hacia el poder, tan popular y propio del terruño. Igual que en los toros, vamos. En la plaza de Gijón se ha lidiado una corrida en la que las víctimas tenían nombres como Feminista y Nigeriano. El toro deja de ser un toro para convertirse en chivo expiatorio de los males de la patria.
La tauromaquia como manifiesto político o psicoanálisis de la raza. Fábula en la que los animales representan el destino de los humanos: asesinos y víctimas. El magma emergente de la extrema derecha otorga a los toreros el papel de heraldos de la reacción pero esta vez parece que se han pasado de frenada. La tauromaquia desaparecerá de Gijón como viene desapareciendo de otras ciudades y no precisamente por ninguna decisión política, o no solo, sino porque es una industria en decadencia, que ha dejado de gustar al público. En 2017 se celebró la última carrera de cutos en Arazuri porque, ay, ya no había cerdos en el pueblo, según la crónica. Hubieron de pasar treinta y ocho años para que ciudadanos en pleno uso de razón y de sus derechos civiles se preguntaran qué coño hacían azuzando el trotecillo cochinero de un estresado lechón y qué divertimento había en ello.