El telediario estival es un catálogo de desgracias: incendios masivos, inundaciones devastadoras,  accidentes de tráfico y demás amenidades, sin contar este año con el adobo de la pandemia y su contabilidad, que todo lo envuelve, y con la espontánea aportación de los vídeos caseros en los que menudean trompazos en el jardín, palizas tumultuarias, robos en las aceras, motines vecinales,  etcétera. Este repertorio, que se renueva en los detalles todos los días siendo todos los días el mismo, más se asemeja  a un guión de los ejercicios espirituales ignacianos que a un informativo, pero, al contrario, que en el proyecto jesuítico, en el telediario no se nos exige arrepentimiento y en consecuencia tampoco hay esperanza. El único paliativo a este infierno es apagar el televisor y tumbarse panza arriba en la playa.

Las grandes desgracias son anónimas. Nadie sabe quién las provoca ni cómo se desarrollan, ni con qué fin. Lo único que las hace un grado más pavorosas es la extensión de su radio de acción. Nos gusta sentirnos a salvo, así que perimetramos, como se dice ahora, el riesgo procurando creer que no llegará hasta la puerta de nuestra casa. Arde Galicia, bien, ya estamos acostumbrados y podemos vivir con ello, pero ¿qué hacer si también arde Canadá y Australia? Están lejos, nos decimos, pero ¿están lejos? El fuego, el viento, el agua, incluso la estupidez humana, son elementos de la naturaleza y nada hay que acojone tanto como la vuelta al estado de naturaleza. Por eso necesitamos interlocutores que surgen de estos elementos naturales con un mensaje que, la verdad, no sabemos cómo interpretar pero que nos entretiene la espera. Este año los interlocutores son las orcas; las ballenas asesinas, como se las ha llamado a veces, básicamente por creer que tienen una inteligencia cercana a la humana. Se ve que los humanos medimos la inteligencia por su capacidad para hacer el mal.

Las orcas veranean este año en el acogedor espacio atlántico entre Tarifa y Barbate, se acercan a los veleros de recreo, husmean en el timón, lo apresan entre sus mandíbulas y se hacen con el control de la nave. El piloto no puede hacer nada porque la rueda ya no gobierna la embarcación y el viento en las velas es impotente ante la fuerza del cetáceo. Hemos de reconocer que es un comportamiento muy sofisticado y propenso a interpretaciones. La jerga del día ha puesto el nombre de interacciones a este juego de poder que dura hasta que la orca se cansa o cree que el mensaje ha quedado claro, y la embarcación debe pedir remolque para volver a puerto. Bien, tenemos un puñado de veraneantes con el miedo en el cuerpo y la consiguiente perplejidad  de las autoridades marítimas. No hace tanto, en época de pensamiento positivista, que este juego se hubiera resuelto con una cacería de ballenas al estilo Moby Dick, pero ahora somos inclusivos y la prioridad es entender el mensaje sin matar al mensajero. Los expertos no saben si las orcas están jugando o vengándose de alguna afrenta que les ha hecho el ser humano. No sabemos si la orca es el cuñado al que hay que soportar en vacaciones o si es un mensajero del infierno. La característica más relevante de los humanos es su extrañeza ante la naturaleza en la que viven. Podemos dominarla, a hachazos si es necesario, pero no la entendemos jamás.  ¿Por qué una estúpida ballena asalta mi yate como si fuera un inspector de hacienda?