Apropiarse del relato, como se dice ahora, implica apropiarse de las palabras que lo construyen, así que el debate político aparece erizado, un día sí y otro también, de peleas semánticas, logomaquias, en las que lo que hay en juego son los sentimientos que despierta el lenguaje más que los hechos que designa. Hace unas semanas fue aquello de si España es o no una democracia plena, un sintagma estúpido porque pleno alude a un espacio completo o lleno y lo mismo podríamos haber debatido sobre si es o no una democracia ahíta, cebona u oronda. Ahora, el debate de los gramáticos se ha desplazado a Cuba y discutimos si es o no una dictadura. Antes de entrar en materia, conviene recordar que ese debate se refirió también en su día al tinglado de Franco y fue agitado por un sociólogo de campanillas, Juan José Linz, que postulaba que era un régimen meramente autoritario. Aquella concesión académica no salvó la vida de los cinco fusilados de septiembre de 1975, por citar solo a los últimos. Las palabras son muy golosas pero no dan de comer, aunque a veces maten. Lo de comer tocará cuando lleguen los famosos fondos europeos y la vacunación haya disipado, por fin, las tribulaciones de nuestros hosteleros. Entretanto, esperemos que la sangre de las palabras no llegue al río, y para distraernos y tener algo de qué discutir viajemos a Cuba, que vuelve a estar agitada.

Cuba, como el Sáhara Occidental, ocupa un lugar especial en la sentimentalidad histórica española. Fueron provincias del país antes de que España se viera forzada a renunciar a ellas y, si bien se acepta su independencia, soportamos mal que esta fuera para caer bajo la férula de otro país, que, casualmente, es el mismo que nos tutela a nosotros, Estados Unidos. El desafío de Fidel a la hegemonía de Washington –David contra Goliat- gozó de una simpatía generalizada que compartía la derecha, como lo prueban los viajes de don Fraga y don Aznar a ia isla, no precisamente por afinidad ideológica ni por la expectativa de réditos políticos. Esta simpatía instintiva que anida en la memoria colectiva nos impide ver lo lejos que está  Cuba y lo inalcanzables que son sus problemas para nuestra capacidad política.

Entre la galaxia de regímenes iliberales, como se dice finamente ahora, que rodean la burbuja democrática occidental, el de Cuba está muy lejos de ser el más desapacible pero está fosilizado y acusa un severo desgaste de materiales. La impotencia de una economía cerrada y vigilada ante los desafíos de la globalización y los efectos de la pandemia, que ha saturado un sistema sanitario hasta ahora modélico, están entre las causas de la protesta popular, enfrentada a la incapacidad del gobierno y del aparato del estado para encontrar una salida en circunstancias muy distintas al sistema bipolar que imperó en el siglo pasado y en el que el régimen sobrevivió con éxito y notable protagonismo. La energía que impidió el asalto de Bahía de Cochinos no a va a servir contra internet y las redes sociales; tampoco para llenar las estanterías de los supermercados. Y echar a la calle a los partidarios para frenar las protestas parece una muestra de impotencia. Claro que mejor eso que provocar decenas de muertos entre los manifestantes como ha ocurrido en Colombia sin que los guerreros del lenguaje hayan considerado oportuno discutir si el régimen colombiano es o una dictadura o una democracia ¿liberal?