El Rubius se muda a Andorra, donde ya han acomodado su domicilio otros colegas del negocio, Vegeta777, Invicthor, Frank Games Ampeter, Willyrex o TheGrefg. colosos del streaming, como los llama la prensa untuosa. La razón de este exilio (como diría don Iglesias) o fuga de cerebros, el término exacto no está claro en estos tiempos globalizados, se resume en una rebaja de impuestos para los mutantes del 45 al 10 por ciento. Es la hostia, tío.

El pringao que escribe estas líneas intenta hacerse una idea de cómo será el bar de un hotel andorrado, o de las islas Caimán para el caso, y se lo imagina como la Cantina de Chalmun, un antro lleno de monstruos: reyes eméritos, estrellas del fútbol y de la televisión, narcotraficantes, premios nobel de literatura, corinnas, presidentes autonómicos e influencers de you tube. De entre esta heterogénea comunidad, los últimos no se ocultan –al fin, el exhibicionismo es su oficio- y todos han expuesto a sus seguidores las razones, evidentes e incontestables, de su cambio de domicilio. Legalmente, tienen que vivir medio año entre los picos nevados del Pirineo pero eso a quién le importa. Aun en el supuesto que sea una exigencia verificable, lo que está por ver, es intrascendente para quienes se ganan la vida en un espacio cerrado mediante una cámara de vídeo instalada frente a su nariz.  Ventajas de tener  un paraíso fiscal a la puerta de casa al que don Illa quiere donar vacunas por solidaridad; igual podría hacer con la república independiente de Madrid cuya carencia de recursos públicos tiene la misma raíz que en Andorra.

Influencer es un neologismo creado en el campo semántico de las redes sociales que designa a un personaje cuyo oficio es una mezcla de desparpajo y banalidad y cuyo mérito consiste en cautivar con sus ocurrencias a un público lo bastante amplio como para que su mera agregación produzca cuantiosos ingresos monetarios. En este sentido, los influencers significan un avance de gigante en el negocio del entretenimiento, mucho más sofisticados que sus predecesores en el oficio, los telepredicadores o las estrellas del rock, por dos razones: porque no necesitan ningún armazón externo para hacer la tarea –ni escenario material, ni publicidad, ni inductores intelectuales, ni soporte financiero alguno- y, sobre todo, porque establecen una relación mimética con su clientela. Los influencers no ofrecen nada específico y distinto a sí mismos, ni música, ni doctrina, ni consejos culinarios, son simplemente el espejo en el que los primates de la especie se reconocen y de una novedosa manera se sienten parte de la tribu, aunque sea virtual.

El influencer es una entidad plana, bidimensional. Un rey de España o un delantero centro del Barça, digamos, necesitan una doble vida en la que estén claramente estancos los deberes públicos y los vicios privados, y la parte que corresponda a Hacienda de cada uno de ellos, porque el rey y el futbolista representan unas banderas y unas instituciones a cuya sombra se acogen multitudes entre los que son mayoría los pobres y resentidos. Pero un youtuber no necesita de estas cautelas, son transparentes de puro incorpóreos y así es posible que debatan entre ellos y para sus públicos sobre la moral fiscal a seguir. Ibai Llanos, otro componente de esta farándula, ha defendido su opción de permanecer en España no sin reconocer que al ver lo que se paga en Andorra y aquí te llevas un hostión, pero yo vivo de puta madre y me da igual que me quiten la mitad porque sigo viviendo de puta madre y no voy a Andorra porque no me sale de los cojones. Y ese es del debate, en el que, ya sean evadidos o resilientes fiscales, a todos se les da una higa el estado y lo que representa. Más o menos como al rey emérito pero a cara descubierta. Si la tienes de cemento, para qué vas a ocultarla.