La vida es ondulante, decía Josep Pla. Una montaña rusa en la que cambian vertiginosamente la altitud donde se sitúa el sujeto y los sentimientos que lleva acompañados. Desde la cumbre celestial al valle de lágrimas; del triunfo al fracaso; de la exultación de creerse entre los elegidos a la ansiedad de saberse entre los réprobos. Quizá ahí radique la eficiencia de la religión y de su mito más conspicuo: el juicio final es el momento definitivo en el que se detiene la montaña rusa y se sabe de una puñetera vez, sin apelación ni réplica, quienes están arriba y  quiénes abajo. Aquí está el quid de la desenfrenada ovación de los diputados al discurso papal en el parlamento: todos quieren tener boletos de preferencia para la gran final. Entretanto, la vida ondula y los alaridos de júbilo y de pánico de los viajeros no cesan.

Las visitas del papa de Roma y los conciertos de Rosalía (lo más parecido a la aparición de la virgenmaría que puede ofrecer la sociedad post industrial) nos llevan en fase ascendente hacia las nubes y los ateos no pueden, no podemos, ocultar un malestar íntimo. En España, el ateísmo práctico y difuso de la sociedad tiene una explicación fácil. Los más viejos del lugar fuimos sumergidos en la pila bautismal por un militarote de pistola al cinto que dejó en manos del cura los argumentos de la vida humana, la policía de costumbres y, eventualmente, las prácticas de una sexualidad pervertida basada en la dominación del pupilo y la preterición de las mujeres. Para decirlo en seco: el catolicismo está asociado a la barbarie. Escapar de este paisaje fue un acto de supervivencia, el  único posible. La generación que ya está de salida practica un ateísmo manso, tolerante con los vestigios del irritante pasado que aún quedan a su alrededor, pero no puede evitar un escalofrío ante cualquier signo que sugiera una vuelta atrás, como el prisionero fugado que gira la cabeza y ve las alambradas y las torres de vigilancia de las que no consigue escapar del todo.

Probablemente, ahí radica el muro invisible que separa el mensaje beatífico del papa Prevost de la experiencia histórica. La religión no puede disociarse de la coerción social ni puede evitar que los creyentes aprovechen su fe para obtener algún adelanto material de las ventajas y privilegios que les están prometidos en el cielo. Y estas cautelas son aplicables a todas las religiones llamadas del Libro, herederas del dios rencoroso y colérico de Abraham, como se puede comprobar con solo echar un vistazo al mapa de nuestro entorno. Es posible que el catolicismo atraviese ahora mismo un feliz periodo de paz y tolerancia en su propia casa y con sus vecinos pero no conviene tentar la suerte.

La mayoría del millón de feligreses que secundó la misa del papa en Madrid puede adscribirse sin error a votantes de la derecha que hoy llamamos moderada; gente de orden y de bien. Pero aún no había despegado de Barajas la aeronave que se llevaba al pontífice cuando la portavoz del partido que mejor representa a esta masa de fieles anunció el final de la pax dei para reanudar la tanda de hostias que vierte de continuo sobre el gobierno y su presidente. Y hablando de hostias, ¿saben de algún otro idioma que nombre con la misma palabra el cuerpo sagrado del flagelado y el acto de molerle las costillas? Quizá sea una expresión lingüística de la fe ancestral.

Con el anuncio de la reapertura de la normalidad nacional llega de inmediato la vox populi a través del horrísono graznido de las tertulias televisivas. Oído a un tertuliano esta mañana: está bien que el papa hable en Barcelona de tierra de acogida porque en Cataluña hay tres partidos xenófobos. Y lo dice desde el ombligo de la meseta, donde cada día se sella un pacto de gobierno que eleva a programa político la xenofobia. Quizá habría que contratar al papa para que haga bolos por el país a tiempo completo (24/7) y, sin bien no se espera que cambie la naturaleza de la raza, al menos nos mantendrá distraídos y alejados de nuestros instintos básicos. Nuevo lema para la convivencia social: ¡papa y fútbol!

(La imagen está tomada de la revista Vida Nueva)