La alianza atlántica (vulgo, otan) nunca sirvió al propósito para el que fue creada. Tampoco su némesis, el pacto de varsovia. Dos monstruos inmóviles mantenían una relación especular y estática, y se miraban enseñando los colmillos, pero la guerra fría era un teatrillo congelado, como indica su nombre. Entre 1914 y 1945, Europa había llevado a cabo un suicidio tenaz y sostenido y en la última fecha lo había conseguido, por fin. Un amasijo de sociedades devastadas quedaba a este y oeste en manos de dos imperios concurrentes que pactaron el reparto del botín territorial, la zona de influencia, para decirlo a la moda de estos días. Si Estados Unidos y Rusia (antes urss) no se enfrentaron en suelo europeo fue porque ambos estaban satisfechos con el reparto conseguido. Fijaron una frontera imaginaria en mitad del continente para justificar la retórica del enfrentamiento ideológico y político y llevaron los conflictos reales, en los que muere gente y los niños son condenados a la desnutrición, lejos del escenario europeo: Vietnam, Oriente Próximo, Latinoamérica. En esta circunstancia, bendecida por un largo periodo de crecimiento económico, Europa se convirtió en lo que es hoy: un parque temático.
En 1989 este equilibrio de imperios enfrentados, que siempre había tenido un aire de impostura, idónea para las novelas de John Le Carré, se vino abajo con la caída del muro que lo simbolizaba en Berlín. En aquel momento, el sentido común habría sugerido que se volviera al espíritu fugaz del 25 de junio de 1945, cuando soldados estadounidenses y soviéticos se encontraron a orillas del Elba y se abrazaron, bailaron y brindaron por la victoria compartida sobre los demonios europeos. Pero ¿quién ha dicho que el sentido común rige el destino de la humanidad?
Cuarenta y cinco años después del Día del Elba Rusia se vio empujada a desmantelar su armazón militar mientras Estados Unidos percibía el momento como una victoria planetaria y conservaba el suyo como emblema de la victoria; se decretó el fin de la historia y la otan se transformó en una especie de marca blanca para cualquier iniciativa del imperio triunfante. Es curioso que la única intervención militar de este organismo en suelo europeo tuviera lugar casi una década después de que hubiera desparecido la unión soviética y sobre un país, Yugoslavia, situado en el corazón geográfico del continente e históricamente neutral, que había representado una prometedora excepción al enfrentamiento este/oeste durante la guerra fría. Los bombardeos de la otan –entonces presidida por el español Javier Solana- sobre Serbia fueron ilegales desde el derecho internacional y, por lo que sabemos ahora, no tenían más objetivo que castigar al país de los eslavos del sur, históricamente aliado de Rusia, arrancarle un pedazo de su territorio nacional y levantar en él la mayor base militar exterior estadounidense a dos mil setecientos kilómetros de Moscú.
Es sabido que el lenguaje es impreciso respecto a los hechos, y si el lenguaje es público linda con el camelo o la mentira. Estos días, los europeos expresan su estupor ante la amenaza del emperador sobre Groenlandia autocalificándose como sorprendidos aliados de Washington. Los europeos nunca fueron aliados sino súbditos de un protectorado militar que nos evitaba convivir con nuestros propios fantasmas. Hace ochenta años que Europa, el continente que más violencia y poder ha desarrollado en el planeta desde el siglo XV, vive en una suerte de limbo histórico blandamente acunado por décadas de bienestar económico e hilachas de memoria al gusto de cada cual. Monsieur Macron quiere ser De Gaulle, ya que no Napoleón; míster Starmer quiere restaurar la quimera churchilliana de la relación especial con Washington; a su turno, herr Merz se pregunta dónde está el camino que le lleva a Bismarck. En el este, el protectorado era ruso, quizá más tosco y brutal pero no menos eficiente para su propósito, y lo que quieren los países de esa área es huir de su antiguo hegemón. Europa es un corral asediado y lo que es peor, infectado por las fuerzas tóxicas que llevaron a la catástrofe de la primera mitad del siglo pasado y que reaparecen ahora, como si hubiera estado hibernando a la espera de un tiempo más primaveral para sus tropelías.
¿Cómo se sale a la realidad cuando se vive en un parque temático?