Un juez del tribunal supremo en el ejercicio de sus funciones se siente amenazado por el dilema moral de un testigo. El enunciado es intrigante y bien podría ser el comienzo de una novela policíaca impregnada de ambigüedad y de culpa, como en los relatos de Patricia Highsmith. Ha ocurrido en el juicio que se lleva a cabo contra el fiscal general del estado, acusado de una revelación de secretos que podría perjudicar a un presunto defraudador fiscal, el cual, por cierto, ya ha sido  formalmente encausado por este y otros delitos.

En este momento la justicia que concierne a estos hechos discurre en dos planos paralelos: el proceso normal que imputa a una persona por delitos de fraude a la hacienda pública y falsedad documental y el proceso excepcional y casi etéreo, aunque no inocuo, en el que se acusa al fiscal general de atacar los derechos del encausado. No es muy frecuente que la justicia se someta a sí misma a juicio y ponga en riesgo la credibilidad del tercer poder del estado con el pretexto de defender a un (presunto) defraudador fiscal. Es como elevar el delito a norma y fue en este escenario en el que un testigo manifestó su dilema moral y el juez que presidía la vista se sintió amenazado.

Los hechos sucedieron así: uno de los testigos convocados en el juicio contra el fiscal general, periodista, después de responder a las preguntas que se le hicieron –y que tienen una pauta común en todos los testigos, dirigida a componer un delito trenzando un manojo de circunstancias– enfatizó el carácter reputacional de su oficio de periodista y declaró que él sabe a ciencia cierta que el acusado es inocente porque el cuerpo del delito –la famosa revelación del secreto- la recibió de otra persona cuya identidad no podía hacer pública. El dilema moral del periodista, pues, radica en que tiene que aceptar una injusticia para mantener a salvo su código de conducta profesional que, por lo demás, constituye el pilar básico de la prensa libre y de la libertad de información. A lo que el presidente del tribunal respondió, insólitamente: una cosa es que no revele la fuente y otra cosa es que nos amenace.

Diríase que al juez no le gustó que el testigo diera al tribunal lecciones morales pero ¿por qué lo interpreta como una amenaza? ¿A qué o a quién va dirigida? ¿Al veredicto, a los jueces que lo emiten, a la causa de la justicia? En una sesión anterior el mismo juez había escuchado sin reproche alguno por su parte a otro testigo confesar desenfadadamente la autoría de un bulo, precisamente el bulo que ha desencadenado el proceso. Quizá lo que el juez percibió como una amenaza fue cierta alteración del procedimiento, inapreciable para los legos. El testigo del bulo lo había declarado en el curso de su deposición; el testigo del dilema lo formuló como una coda o conclusión de la suya. En todo caso, el apercibimiento del juez fue muy chirriante ya que se podría pensar que los maliciosos bulos forman parte de orden procedimental de la justicia pero los dilemas morales no.

Otra explicación más rudimentaria podría ser que el bulo moviliza el ánimo de los jueces y refuerza sus convicciones mientras que las dudas morales les hacen perder pie y les empujan al vacío. Podemos imaginar el pánico de los juzgadores si se ven obligados a declarar la inocencia del acusado en un juicio donde la presunción de culpabilidad ha presidido todas las actuaciones desde el primer paso de la instrucción. ¿Qué pasaría si la fuente del periodista le autorizara a publicar su identidad después de que el fiscal general del estado fuera condenado?

El juicio contra el fiscal general del estado es político, es decir, busca un efecto político general más que la sanción de una conducta concreta y la sentencia es instrumental. Eso lo comprende todo el mundo y desde luego también los jueces que han dictar el veredicto. Si el desencadenante del juicio fue un bulo político, reconocido como tal y destinado a culpabilizar al acusado y por elevación al gobierno y a su presidente, la judicialización de sus consecuencias no puede ser sino política. No es extraño que a los jueces los dedos se les hagan huéspedes.