Una epidemia recorre a la clase política española. Los apósitos académicos con los que han venido cubriendo sus vergüenzas se han descubierto de pésima calidad y son tóxicos. Ya se han dado algunos casos de muerte política por su uso y los que aún sobreviven tienen los días contados. Poner en limpio el currículo puede ser tan letal como bañarse en el Ártico en enero. Los títulos falsos es una tradición española, no por casualidad sino porque la sociedad es obstinadamente estamental y ornamental y la apariencia prima sobre la esencia y la retórica sobre los hechos. Ya Quevedo señalaba a los falsos hidalgos que se pintaban las nalgas con carmín para figurar que llevaban calzas y no andaban en pernetas.

En la cultura católica la mentira y el perjurio son delitos menores, si llegan a ser delitos. No hay más que oír y ver el malestar de los portavoces de los partidos cuando se ven obligados a explicar el comportamiento de sus correligionarios pillados tapándose las vergüenzas con un título falso. Por supuesto, la primera reacción de uno y otro bando ha sido arrojar la culpa sobre el adversario, aunque los casos se han dado a derecha e izquierda y el falseamiento de los currículos es un rasgo de nuestra cultura política y un síntoma más del declive de la clase que la representa.

Cincuenta años atrás, los hijos del franquismo trajeron la democracia. A derecha e izquierda eran jóvenes bien preparados, según el criterio de la época, que ocuparon la cúspide del nuevo estado. Era un tiempo en que ser abogado, economista o ingeniero te situaba a años luz del nivel medio educativo de la sociedad, y la universidad conservaba, como los colegios profesionales o las oposiciones a la administración, un prestigio añejo e intangible, si bien a menudo exagerado. Esta estructura férreamente estamental iba en contra de los intereses de los partidos democráticos, que eran funcionalmente populistas y se nutrían de clases sociales deseosas de trepar en la escala y a medida que proliferaron los centros educativos superiores y aumentaba la muchachada deseosa de sentarse en una poltrona el prestigio de los títulos académicos menguó porque también dejaron de servir como llave de acceso automático a un buen empleo.

Los partidos reclutaban y reclutan a su gente por proximidad personal o pertenencia familiar y el ascenso en el escalafón se mide por la lealtad al mando y la eficiencia funcional en el cargo, aunque tengas una licenciatura de Oxbridge. Lo que hayas aprendido o no en la universidad sobre tal cual materia según lo acredita tu título académico no importa ni interesa porque si se necesitara algún refuerzo técnico se encarga a una consultoría externa que te resuelve la papeleta a medida. En esta situación paradisíaca, los políticos, como adán y eva, echan mano de la primera hoja de parra disponible para cubrir su indigencia y no parecer demasiado obscenos a las miradas del pueblo que les vota.

Este hábito instintivo tiene precedentes muy tempranos, como el de don Luis Roldán, que de inmediato falseó su currículo académico con la vista puesta en convertirse en el mayor corrupto del reino después de haber alcanzado el mando de la guardia civil. El falseamiento de la acreditación académica es el hermano menor de la corrupción y goza de amplia tolerancia en la clase política. Ahora mismo, decenas de altos cargos están en el trance de justificar los títulos de los que blasonan. Doña Cristina Cifuentes, ex presidenta del Gran Madrid, falseó un máster pero fue retirada de la carrera por un episodio muy menor de cleptomanía mórbida en unos grandes almacenes, un delito típicamente plebeyo y por completo impropio de una baronesa de nuestra rutilante democracia.

Derecha e izquierda han convertido los recientes episodios de titulitis (ya tiene nombre, muy imaginativo, como siempre) en la traca final, antes de vacaciones, de esa logomaquia del y tú más en que se ha convertido la lucha política. Es un mal que tiene poco arreglo porque afecta a una característica medular del régimen, consistente en sostener una estructura socioeconómica desigual e injusta con una retórica populista e igualitaria. Un mal de la patria desde que nuestros escritores enriquecieron la literatura universal con la novela picaresca.

Las trampas con la titulación académica son el subterfugio de quienes desean beneficiarse de un privilegio que no está a su alcance ni por cuna ni por méritos pero que es accesible en política, porque la clase política se forma por cooptación de los aparatos de los partidos y, una vez en el juego, la preocupación del político es su propio beneficio en el marco de los intereses del órgano que lo ha ensalzado. Qué hay de lo mío es la leyenda de los cuadros de los partidos, los cuales, una vez en la poltrona, se adornan con el currículo, como si significara algo. Toda guerra es de conquista del territorio y la guerra de los falsos títulos, que recién ha estallado, lo es por la ocupación de los sitiales en juego, a sabiendas de que estas pejigueras tienen poca influencia en la decisión del voto.