Durante los años de hegemonía neoliberal, es decir, desde hace casi cuatro décadas, la izquierda se ha visto enfoscada en la búsqueda de un nuevo sujeto histórico al que representar. Este fenómeno de orfandad política se identificó filosóficamente como el fin de la historia, y, en efecto, los que andan por la izquierda se pasan el rato buscando el motor de arranque que la ponga otra vez en marcha. Desde que la señora Thatcher dobló el brazo de los rocosos sindicatos ingleses, la clase obrera entró en una fase que podríamos llamar de fantasmagorización, uy, lo siento, quiere decirse, se hizo más difusa, inasible y por último, intrascendente.
Lo que queda de la antigua clase obrera se fragmenta en tres categorías, por lo menos: precarios, autónomos y pobres, es decir, inseguros, insolidarios y dependientes. Y con estas credenciales, ni dan miedo al capital ni anuncian para nadie un futuro mejor. El viejo proletariado ha quedado bajo la jurisdicción de cáritas y de las políticas de cuidados de las que se ocupan las oenegés, dirigidas, como explica la wiki, a la sostenibilidad de la vida, lo que, por otra parte, produce gran hilaridad en las fuerzas de choque del gran capital que llaman a los efectos de estas políticas, paguitas, chiringuitos y mamandurrias. Nada excita más la salivación homicida de la neoderecha que una hilera de menesterosos en un comedor social o a una voluntaria de la cruz roja consolando a un inmigrante.
No hace falta dar ejemplos de esta conversión de la izquierda a la política identitaria. Hoy mismo lo ha ilustrado la vicepresidenta doña Calvo con una sentencia sobre el recibo de la luz destinada a la antología del pensamiento político post moderno: El temazo no es cuándo se plancha y se pone la lavadora, sino quién plancha y quién pone la lavadora. Imposible decirlo más claro y más certero: el precio de la energía de consumo ha dejado de ser un problema de política económica para convertirse en un problema de política de género. Si plancharan los hombres, cosa que no hacemos, no sería tan grave hacerlo a las tres de la mañana. Olvídese de las plusvalías, los oligopolios y demás zarandajas con que se juzgaba en el pasado el funcionamiento de la economía y hágalo con perspectiva de género, o racial, o religiosa, o territorial, o gremial, o lo que sea, y ya verá cómo hay más motivos para luchar que por el recibo de la luz.
Nuestro buen gobierno social-comunista ya ha dado muestras de que no va a tocar ni un tornillo del armazón económico que nos envuelve, en gran medida porque no podría hacerlo aunque lo intentase, lo que no quiere decir que no haya temazos en la agenda para mantenernos distraídos. Ahora mismo, ¿cuánto llevamos con la murga de los indultos a los indepes catalanes? He aquí un temazo de la subsección identidad territorial que, se resuelva como se resuelva, no tendrá ninguna consecuencia sobre el recibo de la luz, las pensiones, el salario mínimo o los alquileres, por mencionar algunos temitas de actualidad. El indulto, si se materializa, permitirá a unos particulares volver a su casa y solo falta que no quieran poner la lavadora a las tres de la mañana. Hay gente que no se contenta con nada.