Uno de los males que aflige a la humanidad, y no de los menores, es la creencia de que la economía es una ciencia. ¿Cómo puede ser ciencia el resultado de la codicia y del cálculo de los humanos? Ser humano es un arte, a menudo propio de artistas del alambre, como descubrieron los humanistas, que, por cierto, andan de capa caída desde hace un siglo. Pero, ¿se imaginan que las órbitas planetarias tuvieran el caótico comportamiento de la bolsa? Ya sabemos que el carácter científico de la economía está certificado por un premio nóbel, pero el nóbel es una superstición de nuestro tiempo. También la alquimia fue una ciencia hasta el siglo diecisiete, cada época vive de sus engaños. La prueba de que una ciencia lo es realidad se verifica mediante el principio de falsación y basta hacer un cotejo de las predicciones de los economistas y de los datos de la realidad para ver que no coinciden nunca. La economía es siempre economía política, o política económica, y, en los tiempos que corren, es básicamente una murga para joder a los que menos tienen. Una afirmación que puede parecer arriesgada, además de malsonante, pero que tiene demostración empírica. Veamos. El comportamiento de nuestra derecha en esta materia se ha guiado por dos afirmaciones que siguen una lógica consecuente: primera, la derecha gestiona mejor que la izquierda la economía, y segunda, Rodrigo Rato ha sido el mejor ministro de economía que ha tenido el país. Ha sido necesaria una crisis económica inacabable y el malestar social consiguiente, más un gasto ímprobo en recursos del estado en investigaciones judiciales, para desbaratar estos argumentos. Las raterías de Rato no son una anécdota sino una categoría, para decirlo en d’orsiano. El descubrimiento de que sociedades privadas del ex ministro felón y presidente ful del fondo monetario internacional facturaban a empresas antes públicas y luego privatizadas por el gobierno al que pertenecía constituye la pistola humeante de esta historia en la que la economía aparece como lo que en realidad es, una forma de crimen. Aquí sí estamos ante un hecho empírico irrefutable que deja en pura mojiganga el cubileteo de conceptos como mercado, oferta y demanda, interés, inflación, etcétera, que constituyen la materia de los economistas. La economía aplicada de Rato y sus secuaces consistió en la privatización de ingentes cantidades de patrimonio público, el más valioso para el bienestar de la sociedad, a beneficio de corporaciones oligárquicas para cobrar sustanciosas comisiones por la operación, las cuales, para redondear el negocio, se refugiaban en esa forma posmoderna de la isla de la tortuga que son los paraísos fiscales. Mientras escribo estas líneas, las horrísonas campanas de la parroquia de san miguel, al otro lado de la calle, lanzan al aire la consabida melopea cuaresmal: perdona a tu pueblo, señor, perdona a tu pueblo. Sí, perdónalo por gilipollas.
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