Ante la urna que me espera como una novia, me acicalo e intento poner en orden mis ideas, no porque sirva de algo al destino de la patria ni porque haya alguna posibilidad de que las ideas terminen ordenadas, sino porque acicalarse para salir a la calle y ordenar las ideas para no olvidar el puchero en el fuego o las llaves en el bolsillo del otro pantalón son rutinas propias y necesarias de la gente de mi edad. Los augures anunciaron ayer que el resultado del referéndum británico no va a influir en los votantes pero tengo para mí que va a ser decisivo para la formación de gobierno. Por el momento, los prebostes que dirigen Europa están como patos degollados dando vueltas en busca de la cabeza perdida. A su turno, los candidatos españoles disimularon como si el asunto no fuera con ellos. Algo de razón no les falta porque no son la cabeza sino la cola del pato. Pero no hay duda que the exit va a influir en la forma y en la rapidez con que se resuelva la formación de gobierno aquí, lo cual es una buena noticia. A nuestros políticos se les ha acabado el crédito, y ahora no solo por el hastío de la sociedad y la impaciencia de los poderes financieros sino también porque las autoridades europeas no tienen el humor para zarandajas. Y, en mi opinión, la resolución del jeroglífico va a ser conservadora, of course, es decir, un gobierno de centroderecha con la participación, el apoyo o la abstención de los socialistas. Esto exigirá el descarte de alguna ficha. Hasta el jueves pasado, hubiera apostado que sería la de Sánchez, pero me temo que también Rajoy ha entrado en el bombo, lo presiento porque ya estoy echándole en falta. Es la clase de político del que solo sus adversarios percibimos la gravedad de su oscura masa; sus partidarios lo respiran con absoluta naturalidad con el oxígeno del aire, así que tampoco le echarán en falta si les conservan el oxígeno. Lo único seguro es que, salvo vuelco imprevisible de las urnas, no habrá un gobierno de izquierdas: el mutuo rencor alimentado entre el melifluo Sánchez y el corsario Iglesias va a dar frutos, con ayuda de los ingleses (aquí, desde el siglo XIX los conflictos domésticos se han resuelto en uno u otro sentido con intervención de los ingleses). Desde que en este país se empezó con el vicio de votar hace cuarenta años, acudo a las urnas con reticencia, como quien va al médico, como si mi opción política fuera la amígdala que hay que extirpar para que el cuerpo de la nación continúe con su rozagante vida. Eso me ha hecho apoyar siempre a perdedores: soy del tipo de cenizo que en alguna ocasión votó al partido canábico. Así que no me hagan caso, si no quieren, pero yo votaré a los míos.
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