Arde Oriente Medio bajo las bombas de unos y de otros y una joven de clase media de Bilbao ingresa como novicia en un convento de clausura. Lo primero ocurre en el telediario; lo segundo, en el cine, y ambas acciones tienen en común  el misterio de la fe. Siete días después del feroz ataque combinado de Estados Unidos e Israel a Irán no sabemos por qué y para qué se ha producido y cuando se encienden las luces de la sala donde se proyecta la multipremiada película Los domingos tampoco entendemos por qué la joven Ainara quiere enterrar su vida entre cuatro paredes. Los dos acontecimientos son sendos éxitos de crítica y público.

Los momentos de crisis histórica se caracterizan por la atracción del abismo. Las rutinas mentales heredadas del pasado estallan y la razón se muestra incapaz para articular otras que expliquen el futuro, así que, hala, de cabeza al barranco de lo desconocido. La palabra pierde significado y el discurso imperante se traduce en la verborragia desenfrenada de Trump o en el silencio pétreo de Ainara y de las monjas que la reciben en el convento. El parloteo de unos y el mutismo de las otras se presentan inspirados por un dios innombrable: ese vacío sin límites al que la humanidad no quiere o no puede renunciar.

Comandantes del ejército norteamericano arengan a sus soldados diciendo que la guerra en que se han embarcado es parte del plan de dios para el que Trump está ungido por Jesús. Desde que los obispos españoles llevaban a Franco bajo palio no se había visto en Occidente una escena tan ofensiva a la libertad y a la razón. A su turno, los iraníes denominan a sus dos enemigos como el pequeño y el gran satán. Ya están, pues, en sangrienta liza las tres versiones del colérico dios de Abraham –el tipo que se disponía a degollar a su único hijo para satisfacer la voluntad divina– en esa parte del planeta a la que los más piadosos aún llaman tierra santa.

Si en el telediario todo es ruido y furia, en la película –al otro extremo de esta cuerda mística que nos tiene atados a todos- la historia se cuenta con silente precisión y un naturalismo hipnótico, prendido en el detalle de lo cotidiano, que nos lleva a través de la protagonista a un destino inopinado frente al que es inútil cualquier resistencia. Cuando la puerta del convento se cierra tras la novicia secuestrada por dios, queda a este lado una familia rota de individuos abrumados por el rencor y la impotencia. Nada diferente a esto será la herencia de la actual guerra de agresión en Oriente Próximo. Diríase que la expectativa de este futuro postbélico es tan insufrible o más que la guerra misma y se advierte cierto regusto en las incipientes especulaciones sobre el inicio de una tercera guerra mundial de la que la imaginación dice que no tendrá supervivientes.

En el telediario y en la película, los perdedores son los mismos: los racionalistas, los dialogantes, los pacientes; en resumen, los llamados a conservar el orden convivencial. En la admirable obra de Alauda Ruiz de Azúa estos caracteres están finamente perfilados: el padre de la joven en el que se confunde la tolerancia y la falta de autoridad; la tía a la que la vehemencia de su discurso laicista no sirve para frenar el designio de su sobrina; los compañeros de colegio cuya calidez no retiene a la amiga que se aleja de ellos. Todos forman un coro cacofónico y componen una realidad –convencional, tangible, conocida- que se diluye por la determinación sigilosa  y tenaz de la muchacha que quiere retirarse a un convento donde le espera una vida mínima, iluminada por una lucecita que solo ella ve. En el telediario, este personaje menguado y dubitativo que en la película encarna la familia y la sociedad que rodea a la monja lo interpretan los representantes de la unioneuropea que visitan el despacho oval de Washington, como herr Merz haciendo de don tancredo mientras el ogro denigra y amenaza a su socio y aliado español.    

Es sabido que al final de la fe está el apocalipsis. Se necesita un evento estrepitoso y definitivo para poner fin a la comedia humana. La protagonista de la película espera que le alcance en el búnker del convento y ni siquiera se entere de su llegada porque ella ya se ha convertido en espíritu puro. Pero el protagonista de los telediarios tiene prisa porque es viejo y grotesco y ha decidido provocarlo él mismo. El apocalipsis tiene, sin embargo, poco predicamento entre los católicos porque su religión les garantiza un lugar en el paraíso mientras tengan una fracción de segundo para el arrepentimiento, aunque no sepan de qué hay que arrepentirse ya que las hogueras siempre están justificadas para los otros. Esto explica la postura de la coalición reaccionaria ante la agresión de Irán: celebran que liberará a las iraníes del velo por el procedimiento de matar a las niñas obligadas a llevarlo. ¿Se puede ser más idiota y miserable? En esas estamos mientras el telediario se repite día a día.