Davos, la montaña sagrada del dinero, el adormecido balneario de la conciencia neoliberal, donde cada año se reúnen los druidas del gran poder para intercambiar fórmulas e ingredientes de las pócimas que los hacen inmortales e invencibles. En las ediciones anteriores de este concilio, las sesiones discurrieron en un tono átono, rutinario, del que emanaban mensajes entre abstrusos y livianos, de quienes creen y confían, los verbos son sinónimos, en que el negocio que los reunía es eterno. Sin embargo, este año se ha detectado una perturbación en la fuerza, que diría el maestro Yoda. Al contubernio ha acudido un personaje hiperbólico al que una revista tan seria y tradicional como The Economist ha pintado como un anciano caduco que cabalga sobre un oso polar (rollo Putin, que diría un enrrollao). La decrepitud y el espanto han penetrado en la aplaciente e impostada atmósfera de Davos y han alterado el ánimo de los guardianes del dinero. ¿Cómo se consigue alarmar a un banquero? En esas estamos.

Mark Cartney es un banquero de vitola, antiguo gobernador de los bancos centrales de Canadá y Reino Unido, que, llegado a la política, ha salvado la honrilla y el poder del partido liberal canadiense y ahora funge de primer ministro del país. Su discurso en Davos ha estado inspirado por un realismo vertiginoso. El mundo está en medio de una ruptura, no de una transición, ha predicado (tomen nota los que se fingen espantarse por la polarización) y ha apelado a una línea de defensa hecha de alianzas y conjunciones de lo que él llama potencias medianas. Porque si no estamos en la mesa de negociaciones seremos el plato principal, ha subrayado con urgencia y firmeza . En estos discursos no se citan nombres porque el understanding se da por supuesto pero, entre los interpelados por míster Cartney están, estamos, los países de la temblorosa y desconcertada unioneuropea, que ha transigido que se negociara, y acordara, una solución para el expediente Groenlandia entre el promotor del conflicto y su pelota en jefe, don Mark Rutte.

Los lectores de estas líneas dispensarán el indecoro de que el escribidor se cite a sí mismo, pero los términos del acuerdo alcanzado por el emperador y su lacayo –ampliación de las instalaciones militares  estadounidenses en la isla ártica, cuyo sobrecoste pagará Europa a través de la otan, y la exclusiva de la explotación de las riquezas minerales a favor de Washington- ya fue esbozado en un comentario publicado el pasado 6 de enero en este rincón de ocurrencias. Y si a un distraído jubilado de la remota provincia subpirenaica se le ocurre la solución antes de que el mismísimo emperador la hubiera verbalizado, por qué insisten en su despiste  los prebostes europeos a los que pagamos una pasta con dinero de nuestros impuestos, que diría un liberal.

Que el viejo de la cresta color naranja, que parece salido de la isla del doctor Moreau, no pierde el hilo de sus intereses lo demostró en el errático y agresivo discurso que ofreció en la montaña mágica donde volvió a amenazar a España por su falta de ardor guerrero para aumentar hasta el 5% de pib el gasto militar que engrosaría las cuentas del complejo industrial-militar norteamericano. La amenaza fue jaleada por la prensa de extrema derecha española, heredera de los patriotas que cuando entonces jalearon los bombardeos alemanes y italianos sobre Gernika, Barcelona y Madrid.

Don Sánchez tiene una baza para su apuesta política en el antiamericanismo congénito y transversal de la sociedad española, cuyo origen podríamos datarlo en la guerra de Cuba. Los españoles nunca se han engañado respecto a la condición del amigo americano y a ningún paisano se le ocurre relacionar a los Estados Unidos con la democracia o el bienestar, aunque sí con la fascinación que ejerce, o ejercía, su característico way of life. Los acuerdos que convirtieron a España en un protectorado militar norteamericano (1953) dieron legitimidad internacional a la dictadura  y el ingreso en la otan fue un chantaje con las cartas marcadas. España es, al fin, el segundo país del mundo, después de Japón, bombardeado con artefactos nucleares que llevan pintadas en la carcasa las barras y estrellas, si bien en este caso no estallaron de milagro y merced a esa chiripa España aún conserva la provincia de Almería.

Veremos hasta dónde llega este discurso. Trump ha urdido a su alrededor, con el nombre de junta por la paz, una cooperativa de países clientelares para atender negocios comunes. El primer campo de inversión de la cooperativa es Gaza pero el patrón no oculta la aspiración de sustituir a las nacionesunidas en todos los contenciosos territoriales donde tenga intereses económicos y/o expectativas de lucro. El gobierno español ha rechazado la invitación a pertenecer al club del que ya es socio Marruecos. Continuará.