Este escribidor habló en una ocasión con Julio Iglesias o, para decirlo más precisamente, escuchó su mensaje y asintió con la anuencia servil de Mark Rutte o de María Corinna Machado ante el emperador de la cresta naranja. Fue en una fecha del verano de 1997 cuando el cantante universal celebraba una gira de conciertos bajo el patrocinio de la marca de gaseosas La Casera. Por razones ignotas, suspendió el concierto programado en esta remota ciudad subpirenaica y al equipo de relaciones públicas que le acompañaba se le ocurrió que sería una buena idea pedir disculpas a sus innumerables fans a través de llamadas personales a los dos periódicos de la región. Así que la telefonista del diario que el escribidor dirigía en ese momento le anunció sobriamente: Julio Iglesias quiere hablar contigo. El periodista de provincias se aplica el auricular a la oreja y una voz femenina muy bien timbrada pregunta, ¿es usted tal y tal? , responde el interpelado. Le habla don Julio Iglesias, subraya la voz bien timbrada. Y en ese momento, la inequívoca, inimitable, seductora voz del seductor: Hola, soy Julio, oye, chico, que no podemos dar el concierto en Pamplona, ha habido problemas y no sabes cómo lo siento, haz el favor de transmitir mis disculpas a tu público y otra vez será porque os quiero mucho.

El escribidor no recuerda qué le contestó al cantante universal pero si puede decir que recibió el mensaje en una estado de incredulidad y alelamiento que bloqueó sus reflejos periodísticos porque ni siquiera le preguntó la causa de la suspensión del concierto, como les ocurre a Rutte y a Machado cuando Trump les anuncia que va a meter en cintura a Venezuela y a apropiarse de Groenlandia. Los y las periodistas de la redacción sonreían también con asombro y se abalanzaron a escuchar la grabación de la conversación para comprobar que el milagro se había producido. Era la voz de Julio Iglesias. Oh, es él, tituló la gran Maruja Torres un libro sobre el ogro encantador. Lo cierto es que al escribidor y al resto de la redacción del periódico, bastante más joven, se les daba una higa Julio Iglesias y sus baladas de donjuán compulsivo, y es probable que la suspensión del concierto se debiera a que la venta de entradas no había dado para cubrir gastos. La luz de las estrellas extinguidas hace millones de años sigue atravesando la galaxia y llega a nosotros como si la fuente de la energía aún estuviera viva. Estos días de actualidad disruptiva, la opinión pública ha recibido una lección de astrofísica. La rutilante estrella es una enana marrón.

La lección la han dado dos mujeres corajudas y una investigación periodística robusta y bien armada. El efecto ha sido propio de un fin de época, cuando los ídolos son descabalgados de las peanas y el buen pueblo descubre que ya no los necesita como mediadores con la realidad. Hay un momento de estupor y algunos viejos creyentes, pocos y cautelosos, se niegan a la evidencia, pero la leyenda ha sido derogada. Ahora viene un largo proceso judicial cuyas pejigueras quedarán empequeñecidas por la rotundidad de lo ya publicado. Por lo demás, nada nuevo bajo el sol desde las melancólicas Memorias de Casanova, excepto la valentía y decisión de las mujeres que denuncian las tropelías a las que han sido sometidas.

La vejez es la peste de los seductores, también llamados adictos al sexo. Hay literatura, incluso recreativa, en la que ilustrarse sobre este asunto. La leyenda de la condesa Erzsébet Báthory, que se bañaba en la sangre de lozanas campesinas a las que ordenaba sacrificar para recuperar la prestancia y frescura de su piel maltratada por la edad. Hoy nadie, con la posible excepción del ministro de sanidad de Trump, el Kennedy chiflado, cree que un baño en sangre humana tenga virtudes cosméticas, además de que está mal visto el asesinato con este fin. Ya lo estaba en el siglo XVI y la condesa Bathory se ocupaba de que sus sesiones de rejuvenecimiento tuvieran lugar en el secreto de su castillo. Un castillo inexpugnable y un poder inapelable sobre sus víctimas también aparecen en las febriles manipulaciones crepusculares del cantante universal. La hermética finca de Punta Cana es la versión posmoderna y hedonista del castillo de Silling. Tras sus muros hay rabia por la belleza perdida, celos hacia quienes aún la poseen y violencia como lenguaje sustitutivo del amor imposible.