“Fue designio providencial que se juntasen en Pamplona el general cabeza del Alzamiento, la guarnición más unánime y compenetrada con su general y el pueblo más dispuesto a echarse al monte con las armas” (José María Iribarren, Con el general Mola,1936)

“Hace un año hubiera temblado de firmar un fusilamiento. No hubiera podido dormir de pesadumbre. Hoy le firmo tres o cuatro todos los días al auditor de guerra y ¡tan tranquilo!” (general Emilio Mola, 14 de agosto de 1936).

“Qué burrada hizo el Frente Popular con llevarte a Pamplona” (general Francisco Franco al general Emilio Mola, 18 de agosto de 1936).

“Me estoy cargando a media España. En diez días les llevo hechos tres mil muertos. (teniente coronel Juan Yagüe, 14 de septiembre de 1936).

El azar ha querido que los hiperventilados dicterios de la virreina de Madrid, doña Ayuso, sobre la protesta pro Palestina durante la vueltaespaña  como síntoma que anuncia la guerra civil coincidiera en el ocio de este viejo con la lectura de un libro raro, oficialmente desaparecido e inencontrable, al que este lector ha accedido por la amabilidad de un amigo y en el que se cuenta lo ocurrido en el despacho oficial del general golpista Emilio Mola durante las primeras semanas de la sublevación militar y consiguiente guerra civil.

La generación de este viejo no conoce la experiencia de la guerra civil, que solo en fechas relativamente recientes se viene reconstruyendo, juntando sus piezas, como en un yacimiento arqueológico sin fondo. Y he aquí que el fantasma de la guerra y su predecesor el fascismo reaparece ahora en las mismas sociedades que lo padecieron un siglo atrás. ¿Cómo se vive en la normalidad de una guerra civil? ¿Cómo se deja penetrar la sociedad por su virus? En la respuesta –involuntaria- a estas preguntas está el principal interés del libro, que ofrece una visión costumbrista del infierno.

José María Iribarren es un escritor reconocido de la segunda mitad del siglo XX, singularmente en su tierra natal, la remota provincia subpirenaica, donde sus crónicas y estampas locales fueron objeto de universal aprecio, aunque fue su acreditada condición de lexicógrafo y paremiólogo la que le elevó al parnaso. Su obra de referencia, El porqué de los dichos, aún se lee con placer y provecho. Pues bien, el inicio de la carrera literaria de Iribarren coincide en punto y hora con el inicio de la guerra civil española. Un día de principios de julio de 1936, el joven abogado que era entonces responde a una convocatoria para escribiente en la comandancia militar de Pamplona y el general Mola lo coopta como su secretario personal.

La confianza entre ambos es absoluta y el general permite al joven secretario que tome notas sobre la actividad de la oficina de guerra, quién entra y quién sale, quién dice esto o lo otro, qué hace este o aquel. La leyenda contada por el propio Iribarren es que tomaba las notas en papelitos o en un paquete de cigarrillos con una punta de lápiz. El resultado es un dietario de trescientas ochenta páginas muy desenvuelto y entretenido, titulado Con el general Mola. Escenas y aspectos inéditos de la guerra civil y publicado en 1937 con el beneplácito y la dedicatoria del general protagonista. En el colofón de la obra, el autor promete una segunda parte, hasta la conquista de Madrid, que no verá la luz por una razón que se contará más adelante.

Iribarren fue un escritor costumbrista y, fiel al género, advierte en el prólogo que su propósito es recoger cuanto de interés o anecdótico llegaba a mis oídos o veían mis ojos procurando ser veraz y huir del comentario y la hipérbole, que para lo primero no valdría y para lo segundo no quisiera valer. En efecto, adopta el lenguaje, la perspectiva y la sentimentalidad de los personajes que retrata, la lógica de sus relatos y su vocabulario a menudo tabernario, que hace suyo, incluso imitando torpemente acentos y hablas de personajes pintorescos como los moritos del tabor o los legionarios del tercio. Tratándose de que el escenario principal de estas historias es la oficina de un general en guerra, se ofrece mucha información militar fragmentaria sobre los frentes y las batallas, que quedaría para el cotejo de historiadores profesionales, pero lo narrado carece de cualquier patetismo y el lector ha de abrirse paso entre las páginas para encontrar su sentido.

Sin que sea obvio, el personaje principal aparece en este anecdotario como lo que hoy sabemos que fue: un militar duro y resuelto, no muy brillante y moralmente rudimentario, que ha hecho de su vida una costumbre de la muerte. En cierto momento, el general está jugueteando con una granada de mano para espanto de quienes le rodean y el cronista lo cuenta así: este hombre esdrújulo, de expresión adusta, de ojos duros y labio seco, es en el fondo un sentimental y, a ratos, un chiquillo. A este chiquillo a ratos le dirigían cartas las madres que tenían dos hijos en el frente lamentando no tener cien para entregárselos para salvar a España. Iribarren sentía genuina emoción ante la fértil cosecha beligerante de su tierra natal y en un momento se deja llevar por su vocación lexicográfica para explicar al lector el origen de la palabra requeté que identificaba a los milicianos carlistas. Resulta que no se deriva del prefijo enfático requetebién, como se cree de ordinario, sino del desgarro de la tela o siete en la indumentaria de tal modo que en algunas regiones españolas se dice, se te ve el requeté para señalar el pantalón roto en la culera (apunte del 1 de agosto de 1936).

El lector advierte que el discurso costumbrista que sirve de envoltorio a la relación de los hechos es el que presidió el país durante las décadas siguientes, en el que el lector mismo fue adoctrinado, una especie de nube tóxica que ha sobrevolado nuestra historia desde aquel momento hasta hoy, a juzgar por lo que piensa doña Ayuso y compañía, no importa los progresos materiales y civiles que haya registrado el país. La guerra civil como estado del mundo. Sin embargo, el libro desapareció, literalmente.

Cuando se publicó en 1937, Iribarren fue convocado a la oficina de la censura del bando franquista en Salamanca y abroncado amenazadoramente por el censor. Mola había muerto en accidente de aviación y de nada valió su beneplácito al contenido del libro. El censor veía en él palabras y párrafos enteros intolerables y punibles, por los que bien podría ser fusilado el autor, que estaba aterrado. El incidente se conoce porque lo contó Iribarren años después con gran detalle y su versión fue publicada en una revista literaria tradicionalista. El censor ordenó la retirada de la edición cuando ya estaba a la venta aunque algunos ejemplares, como el que se menciona aquí, se salvaron de la purga. Quizá aquella decisión de la censura, que amargó a Iribarren, porque era su primer libro y lo había escrito primorosamente para halagar a los nuevos dueños de la situación, fue beneficiosa para su carrera porque la erradicó de sus orígenes golpistas. Los lectores que llegamos después nunca pudimos adivinar que sus leves y plácidas prosas costumbristas habían dado los primeros pasos en la caverna donde brotó la guerra civil.