Para Rodergas, amigo y empecinado lector de estos apuntes, con agradecimiento.

El pasado 24 de mayo falleció a los 97 años Marcel Ophüls al que bien podría considerarse el padre de la memoria histórica tal como hoy la entendemos, es decir, el intento de basar el recuerdo en hechos probados y no en las leyendas que lo envuelven. A finales de los años sesenta, la televisión pública francesa encargó a este cineasta un reportaje sobre la ocupación nazi en Francia, coproducido también por dos cadenas de televisión suiza y alemana. Ophüls eligió como escenario de su indagación una típica ciudad de provincias, Clermont-Ferrand, y basó el hilo argumental en los testimonios de los vecinos. El resultado es un documental de cuatro horas en el que las respuestas de los testigos, realizadas en un tono entre distraído e indiferente, revelan los pliegues y las estrategias de la memoria individual debajo de la cual se esconde una realidad turbia y desasosegante.

La televisión francesa se negó a emitir Le chagrin et la pitié (La tristeza y la piedad), que tal era el melancólico título del documental, mientras a través de pases en cines y el apoyo de los cineastas franceses de la época (François Truffaut a la cabeza), se convertía en una película de culto. Vista hoy, después de tantos años y tantos materiales acumulados sobre el tema, aún conserva su carácter hipnótico por lo que nos muestra del autoengaño en que puede basarse la creencia dominante de una sociedad que, sin embargo, tiene a su disposición todos los recursos materiales, morales y políticos para saber la verdad y hacerla valer.

En 1971, cuando se estrenó la película en un cine de arte y ensayo de París había pasado el famoso mayo 68 y, aún bajo la férula del general De Gaulle, el país no estaba en condiciones de aceptar su reciente pasado de treinta años atrás. A grandes rasgos, la historia es conocida. Francia había caído en manos de los alemanes (1940) tras una batalla de tono menor que duró apenas seis semanas y en la que el gobierno constitucional y el estado republicano francés se desplomaron como un castillo de naipes. Los vencedores ocuparon la mayor parte del territorio y crearon un estado títere en el sur del país con capital en Vichy y al mando del mariscal Pétain, que implantó un régimen fascista y colaboracionista con los alemanes, hasta que estos ocuparon también este territorio en 1942. Clermont-Ferrand estuvo dentro del perímetro de Vichy, lo que hace más escandalosos los distraídos recuerdos de sus vecinos, que Marcel Ophüls recoge con la cámara. Durante casi tres años de ocupación, hasta 1943, no hubo más resistencia visible en Francia que la voz de De Gaulle que llegaba desde Londres a través de las ondas y al final de la guerra la resistencia organizada no reunía más del dos o tres por ciento de la población francesa. Cuando De Gaulle llegó a París sobre las alas de los aliados angloamericanos y con la ayuda de republicanos españoles, para decirlo todo, tuvo que levantar el mito de una Francia liberada por los franceses y treinta años después este relato aún se tambaleaba en los recuerdos espontáneamente expuestos a la cámara.

Una nación, dice Renan, se soporta en un relato compartido y aceptado por toda la población, o la gran mayoría, de un grupo humano que tiene en común el territorio y la historia. La primera tarea del poder constituyente consiste, por tanto, en sentar las bases del nuevo relato y, por su propia naturaleza, este no puede incluir todos los hechos de la realidad. Una parte de esta queda condenada al olvido, a la amnesia, y a la amnistía en términos jurídicos. Por supuesto, este olvido es estimulado por la mejora objetiva de las circunstancias de la población y qué duda cabe que los franceses vivían mejor bajo De Gaulle que bajo Pétain. El olvido es un bien que la población compra a cambio de un futuro mejor, pero es un material inextinguible, como el amasijo de levaduras y bacterias que constituyen el kéfir: fermenta la leche para hacer una bebida nueva pero a la vez engorda y se hace más grande en su interior. Los hijos y nietos de los intervinientes en La tristeza y la piedad, que declaran no haber percibido ninguna anomalía en su ciudad durante la ocupación nazi de Francia, y cuyo testimonio fue cancelado, son hoy la primera fuerza en voto del país. Ignorar el pasado lleva a repetirlo, como dice el tópico.