Lunes, segundo día de pascua. Uno de esos días feriados que esmaltan el calendario y de los que nadie sabe su sentido. Un vacío silente se ha adueñado del barrio; incluso el campanero de San Miguel parece haberse concedido un asueto en su infatigable empeño de llevarnos al paraíso sordos como tapias. El viejo sale de buena mañana a comprar el pan y le detiene en el portal la visión de Antonio S., inmóvil y absorto en la acera bajo los castaños de Indias que se desperezan del sueño invernal. Después de un par de larguísimos minutos, Antonio parece advertir lo extraño de su situación y gira sobre sí mismo para posar la mirada en el escaparate de la zapatería infantil que tiene a su espalda. Uno o dos minutos más y echa a andar hasta el chaflán de la manzana para detenerse ante el establecimiento que expide pollos asados; luego sigue calle arriba, quizá hacia su casa, y el viejo vuelve a lo suyo, en dirección contraria.

Una de las inesperadas enseñanzas de la edad tardía es el descubrimiento de que la calle está poblada de fantasmas. Unos, los más, están muertos, convertidos en imágenes fugaces, pero unos cuantos, y no son pocos, aunque por razones obvias cada vez son menos, aún habitan el cuerpo que les ha dado la naturaleza. Antonio pertenece a este último rango. El viejo lo ve en ocasiones, resuelto a sus recados, pero esta mañana era la primera vez que veía en él un náufrago, y la visión le ha llevado al inasible puerto de la niñez.

Antonio es el mayor de los tres hijos de Inés, que vivían en el entresuelo del número cuatro de la calleja de los cutos, un destartalado edificio de tres alturas construido en buena parte con materiales de derribo, que alojaba familias de ferroviarios en el paisaje suburbano y neorrealista que discurría entre el regacho infatuado que bordea la ciudad amurallada y las vías del tren a tiro de piedra de la estación. El vecindario estaba formado por perdedores de la guerra civil y en la calle, justo enfrente de la casa de Inés y sus hijos, los falangistas que la dejaron viuda habían instalado un comedor del auxilio social frecuentado al mediodía por los que genéricamente se llamaban en aquella época pobres, una categoría que se identificaba con la mendicidad y de la que se podía salir si eras lo bastante joven y fuerte para trabajar como una mula por un salario de miseria. Los habitantes de aquel barrio, que hoy serían categorizados como clase media aspiracional, solo tenían dos objetivos concurrentes: ahogar el recuerdo de la guerra y abandonar aquellas calles hacia un lugar más hospitalario. Estos dos anhelos íntimos y a la vez universales constituyeron el suelo moral que sostuvo la dictadura y alimentó el mito de la transición. En la memoria del viejo, Antonio lo consiguió pronto, fue contratado por el primer equipo de fútbol de la provincia y el dinero ganado como futbolista le permitió comprar una licencia de taxi, que condujo hasta el final de su vida activa. Tal vez esa mezcla incompatible de atleta futbolístico y automovilista sedentario explique el cuerpo encorvado y retorcido que arrastra Antonio.

Una sola vez ha hablado el viejo con el fantasma. Fue hace unos años, antes de la pandemia, en que coincidieron en mesas contiguas de una cafetería y el viejo se atrevió a presentarse y recordarle que habían sido vecinos hace setenta años. Antonio desdeñó la conversación y dio la espalda al importuno. Esta mañana, el viejo ha sentido la tentación de acercarse al náufrago, plantado en la acera como si fuese la playa de una desconcertante isla desierta, y ofrecerse para ayudarle si necesitaba algo, pero un adarme de sensatez se lo ha impedido. ¿Qué podría necesitar y en qué podría ayudarle? Hubiera bastado una mirada de extrañeza o de rechazo por su parte para poner en evidencia la impostura de la oferta. Lo que el viejo pretendía con ese gesto presuntamente altruista era regresar a la infancia, reconstruir una memoria en ruinas, compartir una atmósfera de inocencia ida, volver a empezar, como en la peli de Garci.

Otro descubrimiento de la edad tardía es la insidiosa compañía del demonio del sentimentalismo, la propensión a comportarte como un moñas.

P.S. El viejo se reencuentra de nuevo con el hijo de la Inés. Le alegra ver que aún esté vivo, primero de agosto de 2025, han pasado dieciséis meses desde esa última vez. Está sentado en una banqueta en Langarica, la frutería más antigua de la ciudad, abierta el mismo año en que nació el viejo y paredaña al portal de su casa. El mismo lugar donde vio al hijo de la Inés la vez anterior en la acera. Ahora habla de champiñones con el frutero y acaricia algunos tomados de la barca y cuando ve entrar al viejo en el establecimiento se levanta y se encamina a la puerta. El viejo se atreve a llamarle por su nombre, Antonio, y aviva su interés. El viejo le recuerda que fueron vecinos en la calle de las Provincias y que fue amigo de sus hermanos, Jose y Txano; luego él se fue a jugar en el Osasuna. Los dos han muerto, dice. Supe lo de Txano, responde el viejo, pero no sabía lo de Jose y verdaderamente lo siente. Jose me trataba con afecto, como un hermano mayor, piensa el viejo, tenía un perro grande, corredor y dócil, Sorti. Algunas veces se había preguntado si Jose seguiría vivo, pero se calla estos pensamientos. Viví un tiempo con Jose, cuando murió mi hijo, recuerda Antonio. ¿Vivías en el número cuatro?, insiste intentando recuperar un recuerdo definitivamente desvanecido. Sí, y también me acuerdo de tu madre, dice el viejo. La Inés, responde Antonio como si hubiera encontrado el nombre que resume aquel tiempo oscuro, al borde del olvido, y ahí acaba el palique. El hijo de la Inés dice adiós y se va.