El oficio de espía consiste en aguzar la mirada y pegar la oreja y luego reportar a quien corresponda sobre lo visto y oído, pero cuando eres jefe de espías tu misión es salsear en reuniones, encuentros, almuerzos y festejos celebrados por los prebostes que gobiernan el mundo. Esto es lo que se cuenta en El jefe de los espías, un documento encomiástico basado en las notas y apuntes de agenda del  que fuera director de la central española de inteligencia durante la época felipista de nuestra democracia, el general don Emilio Alonso Manglano.

Si el lector espera encontrar en estas páginas alguna información relevante sobre cuestiones relacionadas, digamos, con amenazas exteriores, cambio climático, posición de España en el mundo, guerras comerciales, conflictos diplomáticos, etcétera, más vale que no se empeñe en la lectura. Algunos de estas cuestiones se mencionan, desde luego, pero de pasada y sin resalte alguno, y las notas del protagonista del libro, transcritas literalmente en algunos casos pero despojadas de contexto, son de una asombrosa banalidad. El relato se hace vivaz e interesante cuando se refiere a las industrias y andanzas de un reducido cogollito de personajes, con el rey hoy emérito, que en ese momento es un felipista declarado, en el centro de la escena y alrededor el gobierno y un puñado de personajes de la picaresca caviar entre los que el general bracea para !defender al estado¡

El periodo álgido de esta tragicomedia es la primera mitad de los noventa, cuando al gobierno socialista de don Felipe le estalla lo que hoy llamaríamos una tormenta perfecta: corrupción interna (Ibercorp, Roldán), la guerra sucia (GAL) la aparición en escena de financieros fulleros y más peligrosos que un tiburón blanco (Ruiz Mateos, Mario Conde y Javier de la Rosa), un juez vengativo (Garzón), un funcionario desleal (Perote), un candidato a la presidencia de la inminente república (García Trevijano), funcionarios reales que hablan demasiado (Sabino Fernández Campo, Puig de la Bellacasa)  y la ofensiva mediática del sindicato del crimen (Pedro J., Ansón, Sebastián, Lago et alii). El buen pueblo está ausente de este estado que tan denodadamente defiende el general Manglano y en cuanto a la periferia madrileña solo aparece Cataluña por las corruptelas en las que participa el clan Pujol.

El rey, lejos de estar por encima de la melé, está en medio, participando activamente del tráfico de sobornos (recibe  préstamos del banquero Conde que no quiere devolver; obtiene cientos de millones de las empresas de De la Rosa, que en realidad son de los jeques kuwaitíes; cobra de los fondos reservados del ministerio del interior), a lo que añade sus cuitas de entre las sábanas, que también han de arreglarse con un grueso talonario de cheques. En esta batalla por la defensa del estado, el general recibe la confidencia de que el rey tiene cinco mil millones en Suiza. Todo ocurre en un hormigueo febril de llamadas telefónicas, despachos oficiales, encuentros discretos y conversaciones grabadas en el que unos y otros chismorrean, suplican, amenazan, sobornan, quieren ver muerto a su interlocutor, y todos dicen que le han dicho que el otro dijo, y por ahí seguido.

La crónica es asfixiante para el lector de provincias, aunque en este asunto todos menos los del cogollito somos provincianos, así que agradece cuando el relato adquiere coloratura de revista de El Paralelo. El rey convoca al general porque se ha metido en un lío con Bárbara Rey, a la que llama la Pariente por la homonimia del apellido. Resulta que la vedete ha llamado al jefe del estado para un almuerzo, el monarca acepta la invitación, se le va la mano y le toca un pecho [sic] y ahora la vedete le pide cien mil dólares. Hay fotos del encuentro. Es un chantaje, dice con perspicacia el jefe de la inteligencia, y se pone a trabajar. Manolo Prado, el administrador de los fondos del monarca, muy frecuente en este relato y que también terminará en la cárcel, se encarga de pagar a la Pariente veinticinco millones (pesetas) y un contrato en la tele pública, aunque reconoce que habrá que pagar más. La vedete lo intenta de nuevo un año después y el monarca se deja llevar, con el mismo efecto: Emilio, socorro, Bárbara Rey ha vuelto a pedir ayuda, sabe cosas. Esta vez son dos vídeos de la pareja en la cama y una conversación grabada en la que el monarca pone a parir al jefe de la casa real. Al parecer, la vedete está en una mala situación económica y su modista Hortensia es la inductora del nuevo chantaje. Esta vez el problema se complica porque Conde y De la Rosa quieren comprar el material. Crisis de gobierno: se habla de un gobierno de concentración o algo parecido, Aznar y Felipe tienen que sentarse a hablar. Y otro problema sentimental, la amante mallorquina Marta Gayà se queja al rey de que ya no se ven tan a menudo. Menos mal que la prensa sensata está controlada, aunque en el ambiente la relación se da por segura, también existe el apoyo de la élite, banqueros, empresarios…, explica Felipe González. Por fin, el monarca anuncia que la crisis ha pasado: la Pariente recibirá cien millones de entrada (pesetas) y cincuenta más anuales durante diez años, en total seiscientos millones. La pasta sale de las arcas del estado, que, uf, esta vez se ha salvado por los pelos.

Este es el nivel. El general Manglano, padre de la inteligencia moderna en España, como proclama el diario ABC tuvo que dimitir cuando se supo que el centro de inteligencia había grabado conversaciones por telefonía móvil del rey y a otros altos cargos del estado; se mantuvo como asesor de la defensa mientras estuvieron los socialistas en el gobierno; fue procesado, condenado en primera instancia y absuelto por el supremo por grabaciones ilegales hechas en la sede de herribatasuna  y, ya retirado del servicio, siguió salseando con unos y con otros en defensa del estado. Hay una placa que inmortaliza su memoria en la sede del cesid. Sería curioso saber en qué círculo del infierno de Dante está su alma.