A José María Asín, Aurora Moneo y demás actores y actrices que mantienen vivo el buen teatro.

Carlos Arniches estrenó Los caciques en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1920 y un siglo y algunos años después ahí va el viejo en un autobús urbano para asistir a una lectura dramatizada de la antaño famosa obra. Ha anochecido, el autobús está ocupado por trabajadores, la mayoría jóvenes inmigrantes, que vuelven a casa absortos sobre la pantalla de sus móviles, y el lugar de destino es un municipio satélite de la remota capital de provincia subpirenaica, un enclave industrial y de servicios lindante con un aeropuerto, la clase de lugar que en las sombras de la incipiente noche de invierno parece ninguna parte. El viejo piensa en el escenario de colorines, los personajes achulapados y las tramas irónicas del autor y estas imágenes livianas y guiñolescas en contraste con el espesor del entorno le hacen sentirse náufrago de un incongruente viaje en el tiempo. La casa de cultura donde se celebra la representación tiene un espacio escénico cómodo y bien equipado con doscientas y pico localidades, que ocupa al completo un público receptivo en el que es difícil encontrar a alguien menor de cuarenta.

El prolífico dramaturgo Arniches (1866-1943) fue el rey absoluto del sainete y la comedia popular en el primer tercio del siglo pasado. Escribió y representó con gran éxito innumerables piezas mientras el país atravesaba, la crisis de la Restauración, los sucesos de 1917, el desastre de Annual, el golpe de estado de Primo de Rivera y la dictadura posterior, la proclamación de la República y, por último, la Guerra Civil, y en medio de este oleaje de vértigo Arniches aspiraba a que sus farsas sirvieran para estimular las condiciones generosas del pueblo y hacerle odiosos los malos instintos. Esta bonhomía de fondo teñida de comicidad y su muy notable destreza en el trazado de tipos y situaciones y en la creación de lenguaje hizo que algunas pocas obras de tema social sobrevivieran en los escenarios conservando el aprecio del público: Los caciques, entre otras. Se levanta el telón.

Cardo, producciones teatrales, la compañía responsable de esta lectura dramatizada es un conjunto experimentado de actores y actrices que demuestran haber disfrutado en la puesta escena y contagian el disfrute al público, en el que se puede detectar el tránsito de la expectación a la complacencia, de alguna cautelosa risa inicial a la larga ovación final. El guion de la obra que los intérpretes llevan en la mano no es un estorbo sino  una muleta, casi un recurso brechtiano, que acentúa el distanciamiento de una historia convertida en esperpento, género con el que el público simpatiza de inmediato.

Lo primero que llama la atención es la absoluta actualidad de la historia, su asombrosa similitud con el telediario del día. Los caciques versa sobre la corrupción, el mal congénito del país bajo cualquier régimen, y su ecosistema de complicidades de partido, relaciones familiares y subterfugios administrativos, al que los agentes del estado –el delegado, en la obra, que no aparece en escena pero está en la trama- no pueden poner fin porque ellos mismos se dejan engatusar y corromper en el ejercicio de sus funciones. En el elenco de personajes que puebla la escena, uno tocado con boina roja empuña una pistola decidido a resolver la cuestión como dios manda. Arniches era afecto al carlismo, el Vox de un siglo atrás, y el personaje de la pistola adquiere una sorprendente vigencia en estos días de desclasificación de los papeles del último golpe de estado que ha encajado el país de los golpes de estado. El teatro es una burbuja que debe encandilar, entretener e ilustrar, y los comediantes han conseguido con creces los tres objetivos.

De vuelta a casa en el autobús, dos espectadoras comentan la obra. Una no ha entendido que la confusión de la identidad de un personaje es el motor de la historia y la otra se lo explica. El truco tiene un nombre técnico muy raro –anagnórisis- y es un recurso típico en el teatro porque engancha la atención del espectador y le hace cómplice de los enredos que provoca la trama, aunque puede confundirlo, como es el caso. Al viejo le asalta la ocurrencia de que también en los papeles desclasificados del 23F hay anagnórisis: ¿quién urde el complot?, ¿quién es tal personaje y por qué está en escena?, ¿a quién beneficia el enredo?, ¿hay alguien inocente ahí? Teatro, teatro. La luz de candil que emite Los caciques acompaña al viejo mientras el autobús le lleva en la oscuridad hacia la última parada.

(La imagen que encabeza este comentario es un dibujo de Mingote para el cartel de la reposición de Los caciques en el Teatro Marquina de Madrid con ocasión del 150º aniversario del autor en 2016.)