Test de perspicacia para jubilados ociosos: ¿En qué se parecen el expresidente socialista don Felipe González y el crítico de cine en activo don Carlos Boyero?

Respuestas tentativas: 1) Ambos juzgan la materia en la que ofician de expertos por sus querencias personales como razón suprema e inapelable; 2) en consecuencia, no se sienten obligados a argumentar sus juicios de valor y 3) el criterio de los dos está congelado en un tiempo en el que dominaba una socialdemocracia grácil y amigable y un cine de héroes contradictorios pero héroes al fin. En resumen, el tiempo de la guerra fría, anterior a la era Jeffrey Epstein, cuando todo se entendía mejor y buenos y malos eran perfectamente distinguibles a pesar de algunas similitudes de detalle.

El crítico y el político conservan el carisma y la audiencia, aunque sea para ser denostados por sus opiniones. Los dos representan el triunfo profesional del hombre blanco, que fue capaz de construir con sus propias manos un Ford Gran Torino y ahora, sentado en la mecedora del porche de su casa empuñando una cerveza, observa con desconfianza cómo su barrio -el congreso de los diputados o los festivales de cine- está habitado por gente rara y sus propios hijos le ignoran. Don González y don Boyero dan el tipo entrado en edad que duda en si votar en blanco o a vox. Clint Eastwood, el que mejor ha representado a este personaje en el cine, votó en blanco en sus últimas películas pero eso no ha impedido que Trump fuera alzado al trono.

Don Boyero ha rememorado ahora la ocasión, dieciocho años atrás, en que un nutrido grupo de cineastas y críticos de cine, encabezado por don Víctor Erice, firmaron un manifiesto para que fuera relevado de sus funciones en el periódico de referencia. El periódico le mantuvo en el puesto y el crítico ha sobrevivido a sus críticos empezando por el que acaudillaba a los abajofirmantes cuya última película es una insufrible muestra de decadencia. Entre los que salieron en defensa de don Boyero hubo quien afirmó que le divertía más cuando escribe sobre películas que no le gustan. Boyero es muy previsible. Sabemos cuál es su vara de medir, la del Hollywood clásico y el llamado gran cine americano. No es alguien que vaya a tener mucha paciencia con narrativas experimentales y propuestas extrañas. El mundo, sin embargo, muda a través de narrativas experimentales y propuestas extrañas.

Este tránsito gramsciano entre lo que no aún no ha nacido y lo que se resiste a morir tiene en política efectos más inquietantes porque es el terreno de la realidad y no de su representación. En el pesoe, la mezcla explosiva de las declaraciones de don González y los resultados electorales en Aragón han provocado una alborotada discusión interna a la que han sido convocados hasta los muertos. Si como predica don Boyero para el cine, no te puede gustar Abbas Kiarostami si eres devoto de Howard Hawks, en el pesoe no puedes ser afecto a doña Pilar Alegría sin desacreditar al difunto don Javier Lambán.

En la política y en el cine hay nuevas voces, nuevas historias, nuevas industrias, que no beben del canon y pugnan por valerse a sí mismas pero no consiguen abatir al tótem de la tribu, quizá porque los viejos soldados nunca mueren, solo se desvanecen. La cita parece de una película de la caballería estadounidense que dirige John Ford y protagoniza John Wayne pero, ay, casi, es del general Douglas MacArthur en su discurso al congreso de los Estados Unidos con motivo de su retirada después de cincuenta y un años de servicio. Así que queda hilo para rato si hemos de esperar a que don González o don Boyero se desvanezcan.