Don Iñaki Urdangarín ha cursado en días pasados una gira por diversos medios para promocionar su libro de memorias, que lleva el exagerado título de Todo lo vivido. Ex deportista, ex duque y ex presidiario, lo presenta el diario de referencia a sus lectores, lo que parece indicar que estamos no tanto ante una memoria cuanto a una reencarnación. Si don Iñaki hubiera vivido en la era en que se creaban las leyendas y no en este tiempo de pacotilla posmoderna sería Siddharta Gautama, pero, en fin, no todo es posible todo el tiempo.
Por lo que se anuncia en las entrevistas a las que se ha sometido, los lectores del libro quedan advertidos de que van a encontrar pocos alicientes para satisfacer el afán de cotilleo y tampoco argumentación alguna sobre los hechos que tejieron todo lo que el autor ha vivido, porque el libro es previsiblemente un manual de autoayuda, un arte de gran éxito en estos tiempos de la queja en la que el individuo se expresa poniendo nombre a sus emociones (gestionándolas, se dice también) con independencia de la realidad exterior y sus implacables mecanismos, los cuales son tomados en cuenta como mero referente de la verdad interior.
La autoayuda radica en la convicción de que el mundo empieza y termina en uno mismo. La experiencia de los hechos es real, personal e intransferible, pero hay la creencia de se le puede dar sentido agitando con un palito el piélago de la emociones. No es casualidad que la noción de inteligencia emocional –esa forma de retorno al cobijo del propio caparazón- sea estrictamente contemporánea de la globalización neoliberal y del decretado fin de la historia.
Don Iñaki es un ciudadano ejemplar de esta época: hijo de una clase media a la expectativa, joven atractivo y bien plantado, la suerte quiere que enamore a la hija del rey, como en los cuentos de hadas, y una vez en la nueva familia su visión del mundo cambia por completo. El dinero entra a espuertas por no se sabe dónde y miríadas de personajillos que no conoce de nada le rinden pleitesía, así que ¿por qué no hacer lo que ya hace su suegro? ¿qué mayor expresión de amor filial que seguir la senda del pater familias? Y después, pum, vino todo lo que sabemos. Las emociones son el patrimonio que le queda a quien ya no le queda nada y su único valor de cambio en el mercado, lo que significa que hay que compartirlas, ponerlas en valor, como suele decirse (también el suegro ha publicado un libro sobre sí mismo con este fin), y luego aplicar la experiencia emocional a otros que lo necesiten ejerciendo el coaching, que es una forma honrada y respetable de ganarse la vida.
Pero ¿qué ocurre si no puedes compartir tus emociones escribiendo un libro o haciendo coaching? La solución generalmente aceptada es que las compartas con el perro, el gato o el periquito de casa. Una mascota es un coach sin palabras, y ni siquiera necesita tener una formación específica como guardián de finca, pastor de ovejas o guía de ciegos, tareas estas de bajo valor añadido que en breve realizará la IA (no confundir con la IE). Cualquier mascota sirve a este fin. En el rescate de las víctimas del desgraciado accidente de Adamuz intervinieron centenares de seres humanos en tareas que exigían sacrificio y competencia, pero el sujeto más enternecedor, el que se llevó los únicos aplausos en estas jornadas aciagas fue Boro, un perro que había huido de la catástrofe como alma que lleva el diablo y que capturaron cuatro días después ante la desesperada petición de su ¿dueña, amiga, hermana? que con lágrimas en los ojos proclamó que los animales también son familia. No lo percibió así el tal Boro, que, renunciando a las virtudes atribuidas a su especie, pensó (valga el término) antes en su propia supervivencia que en el afecto de su compañera humana.
Estas reflexiones son pertinentes hoy en que se celebra el día internacional del galgo y en esta remota ciudad subpirenacia, ampliamente rural y de hábitos cinegéticos, se ha celebrado una manifestación contra la caza y un promotor ha dicho en la tele que debemos mirar a los animales a los ojos. Sea.
«Una mascota es un coach sin palabras». Una lúcida zambullida en la charca emocional de nuestro tiempo. Quizá Urdangarín sea un producto acabado de la psicopedagogía de corte liberal que nos va modelando. Lectura obligatoria de este lunes, Manuel.
Gracias, amigo. Tu comentario es un estímulo para el escribidor. Creo que fue García Márquez el que dijo que escribía para que le quisieran los amigos. En esas estamos.
Manolo, por fin he entrado a tu blog. Me mucho interés. Seguiré tus reflexiones. Un fuerte abrazo
Bienvenido a este rincón de ocurrencias. Un abrazo,